Los expertos ponen el grito en el cielo: la contaminación lumínica llega al océano por el calentamiento global y está afectando a las especies submarinas

Publicado el: 19 de abril de 2026 a las 18:34
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Contaminación lumínica en ciudad de noche con luces intensas afectando el entorno natural.

En invierno, en el círculo polar ártico, el sol puede pasar semanas sin asomarse por el horizonte. Parece una oscuridad total, pero bajo el agua la vida sigue funcionando con un reloj propio. ¿Puede una simple luz de cubierta cambiar lo que ocurre a 200 metros de profundidad? Según los científicos, sí, y más de lo que pensábamos.

Un estudio publicado en Communications Biology muestra que la iluminación normal de un buque puede alterar el comportamiento de peces y zooplancton a profundidades de al menos 200 metros. El hallazgo no solo abre preguntas sobre el impacto ecológico, también apunta a un detalle incómodo, muchas mediciones científicas y algunas evaluaciones pesqueras se realizan desde barcos iluminados.



La oscuridad ártica no es silencio

La noche polar no es un “apagón biológico”. Muchas especies siguen activas y ajustan sus rutinas a cambios de luz tan pequeños que el ojo humano ni los nota. En buena parte, se guían por variaciones de la iluminación solar y lunar, incluso cuando el sol está siempre bajo el horizonte.

Esto importa porque, si los animales detectan señales tan sutiles, también pueden ser vulnerables a una luz artificial relativamente potente. Para un pez o un copépodo adaptado a la penumbra, un foco de cubierta puede ser como encender un estadio en mitad de la madrugada. Y eso se nota.



Lo que pasa cuando un barco enciende las luces

El equipo analizó qué ocurría en plena noche polar cuando el barco trabajaba con “luces encendidas” y cuando apagaba todas las fuentes de luz posibles. Compararon ambos escenarios en enero de 2018 en el mar de Barents, y el artículo se publicó el 5 de marzo de 2020.

El resultado central es llamativo por su escala. La luz de trabajo provocó respuestas casi instantáneas en peces y macrozooplancton y esa señal se detectó hasta el fondo, a 200 metros, con una “huella” que podía extenderse más de 0,125 km² alrededor del buque. Los autores también describen reacciones en menos de 5 segundos cuando las luces se encendían.

Finlo Cottier, coautor del estudio, lo explicó así en una nota de su institución, “durante la noche polar, los organismos marinos responden incluso a la luz natural más tenue”, por eso temían que introducir luz artificial “de un barco o incluso de una linterna frontal” no dejara ver lo que ocurre de verdad. “Apagar las luces nos dio una imagen mucho más clara del comportamiento natural”, añadió el investigador.

Un problema que puede crecer con el deshielo

Esta presión no llega sola. El Ártico pierde hielo marino y eso cambia la luz disponible en el océano. El mínimo de septiembre, el indicador clásico del final del verano, muestra una tendencia de descenso de en torno al 12% por década entre 1979 y 2024, según el National Snow and Ice Data Center.

Además, el IPCC recoge una reducción muy marcada del grosor del hielo marino ártico, con una caída del 66% entre 1958 a 1976 y 2011 a 2018. Y cuando el hielo es más joven y aparece más superficie con charcos de deshielo, puede dejar pasar bastante más luz que el hielo multianual.

A esto se suma una realidad práctica. Con menos hielo, la navegación es más frecuente y más larga. En 2025 entraron 1.812 buques únicos en el área del Código Polar (la zona definida por la OMI para operar en aguas polares), un 40% más que en 2013, y la distancia total recorrida aumentó un 95% en ese periodo, según datos del Consejo Ártico.

De la conducta individual al efecto en cadena

La luz en el océano no es solo “visibilidad”. Es una señal que marca cuándo subir o bajar en la columna de agua, cuándo alimentarse y cómo evitar depredadores. El propio estudio recuerda que, en la noche polar, señales naturales como la luna, las estrellas o la aurora boreal pueden guiar distribuciones y comportamientos, incluidas interacciones depredador presa.

Si una iluminación artificial fuerte enmascara esas señales, el patrón de quién se encuentra con quién puede cambiar. También puede distorsionar los datos, los autores advierten de sesgos en muestreos biológicos y en sondeos acústicos si se hacen desde barcos iluminados.

La advertencia no se queda en 2020. Otro trabajo posterior en Scientific Reports observó que organismos pelágicos pueden evitar no solo luz blanca o azul, también luz roja, un detalle relevante porque muchas cámaras submarinas usan luz roja pensando que “molesta menos”.

Medidas simples sin comprometer la seguridad

Nadie propone navegar a oscuras. En el mar, la iluminación tiene una función de seguridad evidente. Pero el debate ya no es “luz sí o no”, sino “cuánta luz, dónde y durante cuánto tiempo”, sobre todo en un entorno tan sensible a señales débiles.

Las guías sobre iluminación responsable suelen repetir ideas que también encajan en el entorno marino. Usar luz solo cuando hace falta, dirigirla al punto de trabajo, reducir intensidad y tiempo, y elegir tonos más cálidos cuando sea posible para limitar el componente azul. Revisiones científicas sobre luz artificial nocturna en ecosistemas marinos también señalan medidas como atenuar, programar encendidos parciales y ajustar el espectro.

Lo que falta por responder

La gran pregunta sigue abierta. ¿Este efecto puntual se traduce en cambios duraderos si se repite noche tras noche y temporada tras temporada? El estudio muestra una respuesta inmediata y medible, pero los impactos a largo plazo en cadenas alimentarias y poblaciones requieren más seguimiento.

Aun así, ya hay una conclusión práctica. A medida que el Ártico pierde hielo y gana tráfico marítimo, la contaminación lumínica deja de ser un problema “de ciudades” y se cuela en uno de los últimos grandes paisajes de oscuridad del planeta. El reloj corre, y la ciencia está intentando leer la hora en mitad de ese brillo nuevo.

El estudio “Artificial light during the polar night disrupts Arctic fish and zooplankton behaviour down to 200 m depth” ha sido publicado Nature.

Imagen autor

Adrián Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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