Las ranas arlequín se caracterizan por los colores que advierten a los depredadores, pero desaparecen para evitar que finalmente las cacen. Algo que no pasa con el género *Atelopus*: al haber nacido en cautividad, carecen de tetrodotoxina, lo que las hace detectables, y esto es un problema para ellas.
El Proyecto de Rescate y Conservación de Anfibios de Panamá está probando alimentarlas con larvas de polilla que contienen tetrodotoxina, porque el 93 % de las 97 especies de *Atelopus* están amenazadas.
Un escudo químico complejo
Kannon Pearson y Rebecca Tarvin, de la Universidad de California en Berkeley, han localizado los grupos de defensas de estos anfibios: los bufadienólidos, fabricados naturalmente por el animal, y los compuestos de guanidinio, incluida la tetrodotoxina, que proceden del entorno en el que viven, sin saberse con claridad si es por la dieta, por las bacterias del animal o por una combinación de ambos.
Volver al bosque no basta
Un equipo puso en libertad a 458 ranas que habían sido criadas en cautividad. Doce de ellas permanecen en recintos dentro del bosque para comprobar si pueden recuperar la tetrodotoxina gracias al entorno. Las bacterias cutáneas sí son más parecidas, pero la toxina no apareció ni siquiera pasados 79 días.
Cuando el color deja de avisar
Estas ranas tienen colores o tonos amarillos, rojos o naranjas, pero cuando un depredador se acerca a ellas, estos colores se desvanecen de forma natural y así se libran de ser una presa fácil.
Se documentaron dos muertes, una causada por un escorpión látigo y otra por una araña pescadora. Ambos ejemplares habían sido criados en cautividad y se cree que no tenían las toxinas de los ejemplares silvestres.
Larvas con tetrodotoxina
Para buscar un remedio, el equipo de Panamá, junto con el químico Phil Jervis, alimentó a las ranas con larvas de polilla a las que se les había inyectado tetrodotoxina, para ver si podían absorber de esta manera el compuesto, almacenarlo y llevarlo a las glándulas de la piel.
De momento, solo se sabe que las ranas toleran este alimento, pero el análisis sigue en marcha. A fecha de julio, no se puede afirmar que hayan recuperado la toxicidad, y esto es clave. De no ser suficiente, los científicos deben identificar qué es lo que hace que tengan esta toxicidad, clave para su supervivencia.
El hongo sigue marcando el límite
Recuperar este veneno solo supondría resolver una parte del problema. El hongo quítrido infecta la piel de los anfibios y está presente en las zonas donde se reintroducen los anfibios. Las pruebas señalan que el 70 % de los anfibios en recintos de adaptación murieron por quitridiomicosis.
El plan internacional HarleCAP se ha marcado una estrategia que va hasta el año 2041, con el objetivo de salvar a esta especie en peligro de extinción y, para lograrlo, es esencial dar con la clave para recuperar esta toxicidad y que queden protegidas.



