En un rincón remoto de la provincia ecuatoriana de Pastaza, el río Conambo acaba de entrar en el mapa científico con fuerza. Un equipo de investigadores ha documentado allí 118 especies de peces de agua dulce, agrupadas en siete órdenes y 31 familias, en el que se considera el primer inventario integral de la ictiofauna de esta cuenca. El estudio, con participación del Inabio y la Universidad de las Américas, se ha publicado en PeerJ y avisa de que el recuento aún puede crecer.
Este “laboratorio natural” sigue guardando biodiversidad que no está completamente registrada, pero el avance de actividades como la agricultura, la minería o la construcción de represas ya aparece en la lista de amenazas. ¿Cómo se protege lo que ni siquiera está inventariado?
Un río difícil de alcanzar y por eso valioso
El Conambo se encuentra en una zona de selva tropical de tierras bajas y se mantiene casi prístino por una razón sencilla. Llegar no es fácil.
Ese bajo nivel de intervención humana es justo lo que lo convierte en un lugar ideal para entender cómo funciona la Amazonía cuando el ecosistema no está “tocando techo” por presión externa. El Inabio lo resume con una frase muy gráfica, “laboratorio natural clave para entender la biodiversidad amazónica”.
Su geografía también ayuda a entender su importancia. El Conambo se une al río Pindo en la frontera con Perú para formar el río Tigre, que desemboca en el Marañón y, finalmente, en el Amazonas. Es decir, lo que ocurre aquí no se queda aquí.
Qué significa encontrar 118 especies en una sola cuenca
El dato de las 118 especies no es solo una cifra llamativa, es un recordatorio de lo poco que sabemos de muchos ríos amazónicos. El propio Inabio subraya que el inventario aún no está completo, así que lo razonable es pensar que la diversidad real es mayor.
En el listado dominan los characiformes y los siluriformes, dos grandes grupos típicos de la Amazonía, que incluyen peces tan conocidos como tetras, pirañas o “bagres”. También destacan familias como Characidae, Loricariidae y Cichlidae, con especies de interés ecológico y también alimentario y económico. Y el Inabio añade un matiz importante, hay indicios de especies no reportadas antes en el país e incluso posibles especies aún no descritas por la ciencia.
Para ponerlo en contexto, el estudio recuerda que en el mundo se han descrito formalmente más de 6.000 especies de peces de agua dulce. Solo en Sudamérica, las estimaciones sitúan la riqueza total entre 8.000 y 9.000, y en la cuenca del Amazonas se han registrado 2.406, con 1.043 endémicas.
Ciencia y conocimiento indígena en el mismo cuaderno
Un detalle que cambia el tono de esta investigación es cómo se construyó la información. El trabajo incorporó aportes de pescadores de las nacionalidades Shiwiar y Zápara, que conocen el río en su día a día y no solo en campañas de muestreo.
Según el Inabio, estas comunidades aportaron datos sobre especies de importancia local, técnicas de pesca tradicionales y también sobre dónde aparecen los peces según la época del año. Entre las prácticas mencionadas figura el uso de anzuelo y sedal, redes de lanzamiento y el barbasco en arroyos pequeños.
Además, esa lista “baja a tierra” la biodiversidad. No son solo nombres científicos, también son peces que sostienen alimentación, cultura y economía local, desde cíclidos como Aequidens tetramerus hasta especies muy buscadas como Prochilodus nigricans o Pseudoplatystoma punctifer.
El problema de fondo es que el reloj corre más deprisa
La Amazonía no pierde biodiversidad de golpe, suele hacerlo por goteo. El estudio advierte de presiones que se repiten en muchas cuencas, como la expansión agrícola, la exploración petrolera, la minería, las represas y la sobrepesca, todo ello asociado a cambios de hábitat, contaminación y destrucción.
En la práctica, las represas no solo “paran” el agua. También cortan la conectividad de los ríos, que es clave para migraciones, reproducción y alimentación de muchas especies, especialmente en sistemas que conectan Andes y Amazonía.
Hay otro punto menos visible. Cuando aumenta la presión en ríos más accesibles, los tributarios remotos pueden convertirse en refugios. Eso es una buena noticia mientras dure, pero también una señal de alarma si la frontera de la intervención se sigue moviendo río arriba.
Lo que conviene tener en cuenta a partir de ahora
El primer paso ya está hecho y es enorme. Poner nombres y datos donde antes había un vacío. A partir de aquí, la prioridad suele ser doble, completar el inventario con más campañas y traducir esa información en decisiones de gestión, desde controles de pesca hasta zonificación y protección.
También conviene mirar la letra pequeña. Que existan especies no reportadas antes en el país, e incluso posibles especies aún no descritas por la ciencia, significa que la conservación no puede esperar a tener la foto perfecta. Se trabaja con la mejor evidencia disponible.
Para cualquier lector, la idea clave es sencilla. Si un río casi intacto aún está revelando su diversidad, una lectura práctica es que conviene mantenerlo así mientras seguimos aprendiendo.
El estudio científico ha sido publicado en la revista PeerJ.













