ONU alerta falta leyes químicas pone en riesgo salud en México, pero lo que realmente pone en alerta a la comunidad internacional no es únicamente la ausencia de dos normas clave, sino la magnitud acumulada de un problema que lleva décadas creciendo de forma silenciosa y que ahora empieza a aflorar con datos, testimonios y evidencias científicas cada vez más difíciles de ignorar.
El relator especial de Naciones Unidas sobre sustancias tóxicas y derechos humanos, Marcos Orellana, ha recorrido el país durante once días —del 9 al 20 de marzo de 2026— visitando territorios industriales, zonas rurales y comunidades afectadas, recogiendo 42 aportaciones documentadas.
Además, ha mantenido encuentros con autoridades, científicos, empresas, organizaciones sociales y población local, en un proceso que dibuja una radiografía compleja de cómo se gestiona —y sobre todo cómo no se controla— la exposición a sustancias peligrosas en el país.
El resultado de esa investigación preliminar no es un documento técnico más, sino un aviso de alcance estructural: México, pese a haber fortalecido su marco regulatorio ambiental en las últimas dos décadas y a mantener una posición activa en foros internacionales sobre sustancias químicas, sigue careciendo de dos pilares normativos esenciales —una ley general de sustancias químicas y otra sobre plaguicidas altamente peligrosos—.
Esta es una ausencia que, en términos prácticos, deja abiertos múltiples vacíos legales que afectan directamente a la salud de millones de personas, especialmente en contextos donde la actividad industrial, agrícola y extractiva se ha intensificado de forma acelerada en los últimos años.
ONU alerta falta leyes químicas pone en riesgo salud en México y expone una crisis estructural creciente
Un análisis tras recorrer 13 estados y revisar más de 40 evidencias científicas alerta de exposición masiva a químicos, aumento de residuos importados y expansión de zonas altamente contaminadas.
Una de las ideas más impactantes del informe es el concepto de “zonas de sacrificio”, utilizado por las Naciones Unidas para describir áreas donde la industria pesada y la contaminación causan daños a largo plazo a la salud, los ecosistemas y derechos básicos como el acceso a un medio ambiente seguro.
En México, estas zonas se encuentran en varias regiones industriales, donde refinerías, plantas químicas e instalaciones cementeras coinciden con mayores índices de enfermedades respiratorias, alteraciones hormonales y ciertos tipos de cáncer vinculados a la exposición prolongada.
Lo que describe el relator no es un problema puntual ni localizado, sino un fenómeno que combina crecimiento económico, debilidad institucional y exposición ambiental en un país que, según datos del Banco Mundial, se sitúa entre las 15 mayores economías del planeta, con un fuerte peso de sectores como la industria química, la minería y la agricultura intensiva, todos ellos altamente dependientes del uso de sustancias potencialmente peligrosas.
En este contexto, la ausencia de una legislación integral no es un detalle técnico, sino un factor que multiplica los riesgos, porque impide establecer controles homogéneos, dificulta la trazabilidad de los contaminantes y limita la capacidad de respuesta ante emergencias ambientales o sanitarias, especialmente en un país donde más del 70% de la población vive en entornos urbanos o periurbanos expuestos a contaminación atmosférica y química, según datos de organismos internacionales como la OMS.
Zonas de sacrificio: territorios donde el crecimiento económico ha superado los límites de la salud
Uno de los conceptos más contundentes del informe, y también uno de los más reveladores para entender la dimensión del problema, es el de las llamadas “zonas de sacrificio”, una categoría utilizada por Naciones Unidas para describir áreas donde la concentración de actividad industrial y contaminación ha generado impactos crónicos sobre la salud humana y los ecosistemas, hasta el punto de comprometer derechos básicos como el acceso a un entorno saludable.
En México, estas zonas no son anecdóticas ni aisladas, sino que se han identificado en múltiples estados como Nuevo León, Coahuila, Hidalgo, Puebla o Veracruz, donde convergen refinerías, plantas químicas, industrias cementeras o corredores industriales, y donde diversos estudios académicos y sanitarios han detectado incrementos en enfermedades respiratorias, alteraciones hormonales e incluso ciertos tipos de cáncer vinculados a la exposición prolongada a contaminantes.
El propio Gobierno de México ha reconocido parcialmente esta realidad con la creación de las Regiones de Emergencia Sanitaria y Ambiental (RESA), pero el relator advierte que este reconocimiento institucional debe traducirse en acciones concretas, con inversión pública, regulación efectiva y mecanismos de reparación, porque de lo contrario el concepto de “emergencia” corre el riesgo de convertirse en una etiqueta sin impacto real sobre el terreno.
Un cóctel químico invisible: más de 350.000 sustancias en circulación global y control limitado
Uno de los aspectos más inquietantes del informe de México es la constatación de que la exposición a sustancias tóxicas ya no se limita a entornos industriales, sino que forma parte de la vida cotidiana.
En un contexto donde, según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), existen más de 350.000 sustancias químicas registradas a nivel global, muchas de ellas presentes en productos de uso diario como plásticos, cosméticos, detergentes o medicamentos.
En este escenario, el relator subraya que en México una parte significativa de estas sustancias:
- No ha sido evaluada completamente en términos de toxicidad
- Puede actuar como disruptores endocrinos
- Tiene efectos acumulativos a largo plazo
Esto significa que la población de México puede estar expuesta simultáneamente a múltiples compuestos sin información clara sobre sus efectos combinados, un fenómeno conocido como “efecto cóctel”, que preocupa especialmente a la comunidad científica por su impacto potencial en la salud pública.
Residuos importados y “coprocesamiento”: cuando el ahorro industrial genera costes sanitarios
Otro de los puntos más críticos del análisis introduce un elemento económico clave que conecta directamente con la globalización de los residuos: México ha incrementado en los últimos años la importación de desechos industriales bajo el concepto de coprocesamiento, una práctica que consiste en utilizar estos residuos como combustible en procesos industriales, especialmente en la industria cementera.
Desde el punto de vista empresarial, esta estrategia permite reducir costes energéticos en México, en un contexto de volatilidad de precios del gas y el petróleo, pero desde el punto de vista ambiental y sanitario plantea serios interrogantes, porque la combustión de estos residuos puede liberar sustancias tóxicas como dioxinas, furanos o metales pesados, con efectos documentados sobre la salud humana.
Como resume el propio Orellana en una de las frases más contundentes del informe:
“El combustible barato resulta caro para la salud de la gente”
La brecha institucional: cuando las políticas no se hablan entre sí
El problema en México no es solo normativo, sino también organizativo. El informe señala una falta de coordinación entre autoridades ambientales y sanitarias que se reproduce a distintos niveles —federal, estatal y municipal— y que dificulta la aplicación efectiva de las políticas públicas.
Este desajuste institucional tiene consecuencias prácticas:
- Retrasos en la identificación de riesgos
- Falta de respuesta coordinada ante emergencias
- Escasa integración de datos científicos en la toma de decisiones
En términos comparativos, países con marcos regulatorios más avanzados han desarrollado sistemas integrados donde salud, medio ambiente e industria comparten información en tiempo real, algo que el relator considera clave para reducir la exposición de la población.
Plaguicidas altamente peligrosos: una deuda legislativa con impacto directo en la salud
Uno de los vacíos más urgentes señalados es la ausencia en México de una ley específica sobre plaguicidas altamente peligrosos, un tema especialmente sensible en un país donde la agricultura representa alrededor del 4% del PIB, pero tiene un impacto mucho mayor en términos de empleo y territorio.
Según la FAO y la OMS:
- Estos plaguicidas están asociados a enfermedades neurológicas
- Pueden provocar alteraciones hormonales
- Se vinculan a determinados tipos de cáncer
Su regulación insuficiente implica que miles de trabajadores agrícolas y comunidades rurales están expuestos a riesgos que podrían prevenirse con una normativa más estricta.
El mensaje de fondo: la contaminación química ya no es ambiental, es social y económica
El informe concluye con una idea que redefine el problema: La exposición a sustancias tóxicas es una cuestión de derechos humanos, pero también de desigualdad económica.
Porque los impactos no se distribuyen de forma uniforme:
- Afectan más a comunidades con menos recursos
- Se concentran en territorios industrializados
- Se agravan en contextos de falta de acceso a información
En otras palabras: la contaminación no solo daña el medio ambiente, también amplía las brechas sociales
Las autoridades han reconocido parte de esta realidad mediante la declaración de zonas de emergencia. Sin embargo, los expertos advierten que este reconocimiento debe traducirse en inversión, regulación y medidas de remediación. De lo contrario, se corre el riesgo de que esta declaración sea una mera formalidad sin mejoras reales sobre el terreno.
El informe también destaca la exposición generalizada en la vida cotidiana, con cientos de miles de sustancias en circulación, muchas de ellas insuficientemente probadas, potencialmente perjudiciales y capaces de producir efectos bioacumulativos en la salud con el tiempo.


















