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Parece extraño pero en 1948 científicos lanzaron más de 70 castores en paracaídas sobre una terreno silvestre. Sus dotes de ingeniería fueron clave para la flora y la fauna de la zona

La increíble operación de 1948 que lanzó 76 castores en paracaídas y cambió para siempre un ecosistema de Idaho.

Parece extraño pero en 1948 científicos lanzaron más de 70 castores en paracaídas sobre una terreno silvestre. Sus dotes de ingeniería fueron clave para la flora y la fauna de la zona

En 1948, el Departamento de Pesca y Caza de Idaho convirtió un conflicto con castores en una operación aérea difícil de imaginar hoy. Un total de 76 animales fueron trasladados a la remota cuenca de Chamberlain dentro de cajas de madera sujetas a paracaídas, 75 sobrevivieron al descenso y, un año después, ya había ejemplares construyendo presas y refugios.

No fue una exhibición ni una ocurrencia sin pruebas. El objetivo era evitar un viaje terrestre largo, caro y peligroso, además de llevar a los castores a un lugar donde su capacidad para modificar arroyos podía beneficiar al hábitat. La idea funcionó en su propósito inmediato, aunque los datos disponibles no permiten convertirla en una receta para repetir sin más.

Un conflicto junto a las casas

Tras la Segunda Guerra Mundial aumentó la construcción de viviendas alrededor de McCall y Payette Lake. Los castores que llevaban tiempo ocupando esos espacios empezaron a bloquear canales, inundar terrenos y dañar árboles, huertos y sistemas de riego.

El problema no era que el animal careciera de valor ecológico. Ocurría justo lo contrario. Los responsables de fauna sabían que, lejos de carreteras y plantaciones, sus presas podían crear refugios para peces, aves y otras especies.

El viaje por tierra era peor

La solución habitual consistía en capturar a los castores, llevarlos en camión hasta el final de la carretera y completar el trayecto con caballos o mulas. En una zona sin accesos, eso significaba varios días de calor, manipulación y estrés. Y eso se notaba.

Elmo W. Heter, responsable del proyecto, describió aquel método como «arduo, prolongado, caro y con una mortalidad elevada». También explicó que los animales de carga se volvían nerviosos cuando transportaban cajas con castores agitados. Había que buscar otra salida.

La caja que se abría sola

¿Qué sentido tenía lanzar castores desde un avión? En la práctica, reducía de días a minutos el tramo más duro del traslado. Heter recurrió a paracaídas de rayón de 7,3 metros procedentes de excedentes militares y diseñó una caja ventilada que podía llevar a dos animales.

El recipiente medía aproximadamente 76 por 40 por 30 centímetros y estaba formado por dos piezas encajadas como una maleta. Las cuerdas lo mantenían cerrado durante la caída, pero el sistema se liberaba al tocar tierra y colapsar el paracaídas. El castor podía salir sin que una persona tuviera que llegar hasta el punto de aterrizaje.

Gerónimo hizo las pruebas

Antes de usar animales, el equipo lanzó pesos para comprobar la apertura del paracaídas y el funcionamiento de la caja. Después llegó Gerónimo, un castor macho adulto que repitió varios descensos sobre el aeródromo mientras los técnicos ajustaban el sistema.

Heter dejó una frase que hoy resulta difícil leer sin cierta incomodidad. «Al final se resignó y volvía a meterse en la caja cuando nos acercábamos», escribió. Gerónimo terminó viajando en la primera misión real junto a tres hembras jóvenes.

El día del gran lanzamiento

La primera operación comenzó el 14 de agosto de 1948. Un avión bimotor despegó con ocho cajas, un piloto y un agente de conservación, y durante los días siguientes se lanzaron los 76 castores sobre praderas próximas al agua.

Solo murió uno. Parte del amarre de su caja se soltó, el animal consiguió salir antes de llegar al suelo y cayó en el último tramo. No se registraron más bajas durante el resto de la operación.

Lo que se comprobó después

Las observaciones realizadas a finales de 1949 encontraron castores que habían construido presas y refugios, almacenado alimento y comenzado a establecer colonias. El resultado apoyó la conclusión de Heter de que el transporte aéreo ahorraba tiempo y reducía las pérdidas frente al viaje con animales de carga.

Pero conviene mantener los pies en el suelo. El informe no detalló cuántos de los 75 supervivientes seguían vivos al año, ni aportó un censo a largo plazo o un grupo con el que comparar los resultados. La evidencia confirma el establecimiento de al menos parte de los animales, no el destino individual de todos ellos.

Por qué importaban los castores

Las presas de castor frenan el agua, aumentan la variedad de hábitats dentro y junto al cauce y ayudan a suavizar algunas variaciones del caudal. El actual plan de gestión de Idaho sigue considerando la restauración apoyada en castores una herramienta importante para mejorar riberas y beneficiar a distintas especies.

Eso no convierte a cada presa en una solución perfecta. Un castor instalado junto a una carretera, una alcantarilla o un cultivo puede provocar inundaciones y daños reales. La clave está en elegir bien el lugar y gestionar el conflicto, no en presentar al animal como héroe o villano.

Hoy se haría de otra forma

Los criterios modernos para trasladar fauna exigen justificar la intervención, comparar alternativas, evaluar riesgos y fijar un programa de seguimiento. También deben tenerse en cuenta los efectos sobre el lugar de origen, el destino, las personas y el bienestar de los animales.

En muchos casos, antes de mover un castor se prueban medidas no letales, como proteger árboles o controlar el nivel del agua mediante dispositivos específicos. El propio plan actual de Idaho pide mejorar las técnicas de translocación y ampliar estas herramientas. El paracaídas ya no sería el centro del proyecto.

La lección que quedó en Idaho

La operación de 1948 fue ingeniosa para su época y resolvió un problema logístico concreto. Su mayor enseñanza no es que lanzar animales desde un avión sea una buena idea, sino que la gestión de fauna funciona mejor cuando busca reducir el conflicto sin perder de vista la función ecológica de la especie.

La película oficial «Fur for the Future», recuperada décadas después por Idaho Fish and Game, conserva las imágenes de aquellas cajas descendiendo sobre la montaña. 

El informe original de Elmo W. Heter fue publicado en 1950 en The Journal of Wildlife Management.

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