Surinam no se salvará con la soja: la promesa del agronegocio extranjero suele dejar bosque arrasado y poco más

Publicado el: 7 de julio de 2026 a las 08:02
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Claro abierto en el bosque primario de Surinam para uso agrícola rodeado por selva tropical.

Surinam tiene sobre la mesa una promesa que suena conocida en muchas partes de América tropical. La agroindustria extranjera, ya sea brasileña, menonita o de otro origen, llega con un mensaje sencillo. Modernizará el campo, creará empleo y traerá prosperidad. Pero el comentario publicado por Mark J. Plotkin en Mongabay advierte justo de lo contrario, que ese modelo puede dejar más costes que beneficios si se basa en grandes monocultivos, exportación y control externo de la tierra.

La cuestión no es si Surinam debe producir más alimentos. Claro que debe hacerlo. El problema es qué tipo de agricultura quiere construir un país que conserva una de las mayores coberturas forestales del planeta, con un 94,5 % de su territorio cubierto por bosque, según el Banco Mundial. Ahí está el dilema real. ¿Desarrollar el campo o vaciar el bosque para alimentar mercados de fuera?



La promesa de la soja

La soja suele venderse como una puerta rápida al desarrollo. Grandes parcelas, maquinaria moderna, exportaciones y una imagen de eficiencia que resulta atractiva para cualquier gobierno que busca ingresos. Sobre el papel, todo parece ordenado.

Pero en la práctica, este modelo necesita poca mano de obra. Unas pocas personas con cosechadoras, pulverizadores y sistemas guiados por GPS pueden trabajar miles de hectáreas. Los empleos que aparecen suelen ser temporales o de baja remuneración, y no siempre acaban en manos de la población local.



Plotkin sostiene que ese patrón ya se ha visto en otros lugares de América tropical. Se talan bosques, se contaminan aguas y la riqueza sale hacia otros destinos. Para un país pequeño, eso no es un detalle menor. Es una decisión de futuro.

El bosque no es tierra vacía

Surinam no parte de cero. Su bosque es parte de su economía, de su identidad y de la vida diaria de muchas comunidades. No es un terreno abandonado esperando una excavadora.

El análisis de MAAP sobre documentos revisados por Mongabay estimó que unas 467 000 hectáreas podrían estar incluidas en nuevos planes agrícolas, de las cuales alrededor de 451 000 hectáreas serían bosque primario. Para comparar, el mismo análisis recuerda que Surinam ha perdido de media unas 6560 hectáreas al año durante las últimas dos décadas. El salto sería enorme.

Además, el país anunció en 2025 el compromiso de proteger de forma permanente el 90 % de sus bosques tropicales. Esa promesa sitúa a Surinam como una referencia mundial, pero también aumenta la presión para que sus decisiones agrícolas no contradigan su propio discurso climático.

Los ríos también cuentan

El monocultivo industrial no solo cambia el paisaje. También cambia el agua. La producción intensiva de soja y ganado suele depender de fertilizantes, herbicidas y otros productos químicos que pueden acabar llegando a ríos, estuarios y zonas de pesca.

Y aquí el matiz importa. Para muchas familias de Surinam, el pescado no es un lujo ni una anécdota gastronómica. Es comida diaria, proteína cercana y parte de una forma de vida. Si el agua se deteriora, el golpe no se queda en el bosque. Llega al plato.

El país ya arrastra otro problema ambiental serio. Su Plan Nacional de Acción sobre minería artesanal y de pequeña escala reconoce que este sector usa mercurio y que Surinam debe reducirlo y, cuando sea posible, eliminarlo. Abrir carreteras y accesos ligados a la agricultura industrial podría facilitar más presión extractiva en zonas remotas. Y eso se nota.

No se trata de cerrar el campo

Rechazar un modelo no significa rechazar la agricultura. Surinam necesita producir mejor, depender menos de alimentos importados y reforzar su seguridad alimentaria. Eso es especialmente importante cuando suben los costes de combustible, fertilizantes y transporte.

Pero una cosa es fortalecer a agricultores locales, pesca, pequeñas cadenas de suministro y mercados nacionales. Otra muy distinta es transformar grandes extensiones de bosque en soja o carne pensada para vender fuera. La primera opción puede alimentar al país. La segunda puede alimentar balances de exportación sin resolver la cesta de la compra.

En el fondo, lo que se discute es quién decide sobre la tierra. Si las concesiones quedan en manos de actores externos, las decisiones sobre producción, empleo, beneficios y destino de los cultivos pueden alejarse de las comunidades y del propio Estado.

Tres preguntas antes de firmar

Plotkin resume el debate con tres preguntas que deberían estar sobre la mesa antes de cualquier acuerdo. “¿Quién se beneficia? ¿Quién se sacrifica? ¿Y qué quedará para las generaciones futuras?”

Son preguntas sencillas, pero difíciles de esquivar. Si la respuesta es que se benefician unos pocos, se sacrifican comunidades y se pierde bosque primario, el negocio deja de parecer desarrollo. Parece una factura aplazada.

Por eso, antes de avanzar, Surinam debería exigir estudios ambientales sólidos, cifras reales de empleo, garantías sobre el agua, consulta a comunidades indígenas y cimarronas, y reglas claras para que el valor económico se quede en el país. No basta con prometer prosperidad. Hay que demostrarla.

El comentario original de Mark J. Plotkin ha sido publicado en Mongabay.

Imagen autor

Adrián Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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