Eco América

Un antiguo ingeniero de la NASA ha convertido drones en helicópteros de semillas capaces de lanzar cientos de bolitas de arcilla por minuto con una precisión de medio metro para reforestar miles de hectáreas de suelo dañadas por incendios y minería 

Un exingeniero de la NASA convierte drones en máquinas capaces de lanzar cientos de bolas de semillas para recuperar bosques.

Un antiguo ingeniero de la NASA ha convertido drones en helicópteros de semillas capaces de lanzar cientos de bolitas de arcilla por minuto con una precisión de medio metro para reforestar miles de hectáreas de suelo dañadas por incendios y minería 

En diciembre de 2024, un dron sobrevoló un terreno arrasado por la minería de oro cerca de Puerto Maldonado, en la Amazonía peruana. En apenas hora y media lanzó 20.000 bolas de semillas sobre unas 10 hectáreas, una tarea pensada para devolver cobertura vegetal a un suelo casi desnudo.

El sistema de Flying Forests puede disparar hasta 300 bolas por minuto con una precisión cercana a medio metro. Su cofundador, Lauren Fletcher, calcula que cuatro drones podrían sembrar el equivalente a 40 millones de árboles al año, pero esa cifra describe capacidad de despliegue, no árboles que ya hayan germinado y sobrevivido.

De la NASA al bosque

Fletcher fue ingeniero de la NASA y trabajó en programas que unían tecnología y biología en el Centro de Investigación Ames. “Primero hay que entender la biología y después diseñar la ingeniería para adaptarla”, explicó al resumir el enfoque que más tarde trasladó a la restauración ambiental.

En 2020 fundó Flying Forests en Reno junto a Irina Fedorenko-Aula, después de haber creado BioCarbon Engineering. La nueva empresa busca llevar la siembra con drones a parcelas pequeñas y trabajar con organizaciones locales, no limitarla a grandes proyectos industriales.

Cómo funciona la siembra aérea

Los drones no tiran semillas sueltas. Lanzan pequeñas bolas hechas con una base parecida a la arcilla, alimento para la planta y, según el diseño, materiales destinados a reducir el ataque de animales, con las semillas mezcladas en su interior.

Esta técnica se llama siembra directa, porque la semilla llega al terreno sin pasar antes por un vivero. Antes del vuelo, el equipo combina imágenes de satélite y del propio dron con estudios sobre el terreno para decidir qué especies usar y dónde colocarlas.

Los datos se convierten en mapas de plantación que tienen en cuenta el relieve y la distribución del agua. Después, un mecanismo parecido a una catapulta de muelle sigue esa ruta y lanza las bolas, cuyo tamaño se ajusta a cada especie.

La prueba en Perú

En la misión peruana de diciembre de 2024, las 20.000 bolas contenían semillas de Crotalaria lisa, una leguminosa resistente. No era todavía un bosque, sino una primera capa vegetal destinada a sujetar y mejorar el suelo para que más tarde pudieran entrar especies nativas.

Voluntarios del Ejército peruano prepararon las bolas junto a investigadores del Centro para la Innovación Científica Amazónica de la Universidad Wake Forest. En una parcela sembrada un año antes, el equipo observó en junio de 2024 una cubierta de Crotalaria sobre un terreno que había quedado pelado.

California mostró los límites

En 2021, Flying Forests, el Servicio Forestal de Estados Unidos, el Desert Research Institute y la Sugar Pine Foundation probaron el método en una ladera quemada por el incendio de Loyalton. Un dron repartió 25.000 bolas con unas 75.000 semillas de pino de Jeffrey sobre unas 10 hectáreas en un día y medio.

La sequía y una ola de calor complicaron el establecimiento de las plantas. El equipo revisó la zona cuatro veces y en noviembre solo localizó 10 plántulas, es decir, plantas recién nacidas, de las que extrapoló que quizá hubiera unas 100 en toda la parcela.

En invernadero, germinaron entre seis y ocho de cada diez semillas encapsuladas, frente a unas nueve de cada diez semillas sueltas. El informe también señaló que aquel ensayo costó más que la plantación manual y que los drones no sirven para todos los lugares.

Qué significa 40 millones

NASA Spinoff recoge la estimación de Fletcher de que cuatro drones podrían plantar 40 millones de árboles al año. Un informe de Nature4Climate firmado por el propio Fletcher formula esa escala de otra manera, con equipos de 100.000 bolas al día y una unidad nacional capaz de distribuir 40 millones al año.

No es un registro de 40 millones de árboles establecidos. Entre una bola de semillas y un árbol adulto hay varios filtros, como la lluvia, la temperatura, el tipo de suelo, la depredación, la competencia con otras plantas y el seguimiento posterior.

La escala importa porque el mundo siguió perdiendo 10,9 millones de hectáreas de bosque al año entre 2015 y 2025, según la FAO. Pero restaurar un ecosistema no consiste solo en contar disparos desde el aire. Ese es el matiz clave.

Una herramienta complementaria

Los drones pueden resultar útiles en pendientes, terrenos frágiles y lugares donde llevar cuadrillas es peligroso o demasiado caro. También permiten registrar dónde cae cada carga y volver después para comprobar qué ha germinado.

La experiencia disponible los sitúa como un complemento de la reforestación tradicional y no como su sustituto. En la práctica, pueden abrir camino, pero siguen haciendo falta especialistas que elijan las especies, personas que fabriquen las bolas y trabajadores que vigilen el terreno durante años. La información oficial se ha publicado en NASA Spinoff, el programa de transferencia tecnológica de la agencia espacial

Temas

Relacionados