En el Rancho Cebú, una explotación ganadera de Cumaral, en el departamento del Meta, los apagones dejaron de ser una resignación diaria para convertirse en el motivo de un cambio profundo. Cansado de ver cómo la luz se iba justo cuando más la necesitaba, el general retirado Orlando Páez decidió que su finca funcionaría únicamente con energía solar. Hoy todas las operaciones del rancho se alimentan de paneles fotovoltaicos y la factura de la luz se ha quedado en cero.
¿Qué significa este giro para miles de productores que dependen de una red eléctrica inestable, pero también para la transición energética y la ganadería sostenible en Colombia?
De los cortes de luz a una finca que no se apaga
Durante años, el suministro eléctrico intermitente fue un dolor de cabeza constante. Cada corte afectaba el ordeño, la refrigeración de la leche y los medicamentos, las comunicaciones de la finca y hasta las cámaras de seguridad y las electrobombas que mueven el agua.
El propio ganadero lo resume con una frase que muchos productores rurales podrían firmar palabra por palabra. Explica que «somos totalmente dependientes de la energía eléctrica y su intermitencia afecta la productividad». Por eso sostiene que la energía fotovoltaica se ha convertido en una gran aliada para los predios alejados de los grandes centros urbanos.
Rancho Cebú trabaja ganadería de doble propósito y produce alrededor de 450 litros de leche al día, una actividad que depende por completo de equipos eléctricos de ordeño, tanques fríos y sistemas de comunicación. En un contexto así, la energía no es un lujo, es una pieza básica para que la finca funcione con normalidad.
Una decisión que también es rentable
Hace apenas tres meses, Páez instaló un sistema solar que hoy cubre el 100 % de las necesidades energéticas del predio. Hasta entonces pagaba cerca de 360 000 pesos colombianos al mes en electricidad; ahora ese coste es cero.
El productor asegura que el ahorro mensual permite afrontar buena parte del crédito necesario para instalar los paneles. En la práctica, la inversión se paga con el dinero que antes se iba en la factura de la luz. No se trata solo de ser más verde, también de tener números que cuadren al final de mes.
Con la energía estable recuperada, el rancho retomó planes que habían quedado en suspenso. Entre ellos, el mejoramiento genético mediante inseminación artificial con cruces Brahman rojo y Simmental, el fortalecimiento del hato con raza Guzerá y la siembra de maíz para producir silo. Lo resume con una idea sencilla y contundente, «nada se gana con tener buena genética si no hay alimentación nutritiva y suficiente».
Un espejo de la transición solar que vive Colombia
El caso de Rancho Cebú no es una anécdota aislada, encaja con un cambio más amplio en el mapa energético colombiano. A finales de 2024, la capacidad de energía solar del país alcanzó unos 1 928 megavatios, en torno a un 9 % de la capacidad total instalada, con varios proyectos más en fase de pruebas.
Solo en 2025 se incorporaron más de 330 megavatios fotovoltaicos nuevos, casi el 88 % de toda la potencia que se añadió al sistema eléctrico ese año. La mayoría son grandes plantas, pero la generación distribuida y el autoconsumo empiezan a ganar peso, desde tejados urbanos hasta fincas ganaderas que buscan protegerse de los apagones y de la volatilidad de los precios.
En el fondo, lo que muestra esta finca del Meta es cómo la transición energética se vuelve algo muy concreto. No es solo hablar de gigavatios o de grandes subastas, también es asegurar que la ordeñadora no se pare en mitad de la mañana o que la nevera donde se enfría la leche no se apague con cada tormenta.
Ganadería sostenible y comunidades energéticas rurales
Páez forma parte de iniciativas como el Círculo de Gestión en Ganadería Sostenible de Fedegán y de la Alianza Público Privada de la Cuenca Lechera del Meta y Cundinamarca, espacios donde se impulsa una ganadería baja en emisiones y más resiliente.
Su experiencia se presentó recientemente en Expomalocas 2026, en un panel sobre experiencias en energía fotovoltaica a nivel predial en el Meta, pensado como punto de partida para futuras comunidades energéticas rurales. La idea es sencilla, aunque ambiciosa, que varias fincas compartan soluciones solares, reduzcan costes y ganen autonomía frente a una red que no siempre llega con la misma calidad al campo que a las ciudades.
En muchas explotaciones ganaderas, la electricidad alimenta desde las bombas de agua hasta las cercas eléctricas y los sistemas de vigilancia. Cuando esa energía se produce con el sol, se recorta en buena medida la huella de CO₂ asociada al día a día de la finca y se evita recurrir de forma constante a generadores diésel, más caros y contaminantes.
La pregunta ahora es cuántos productores seguirán este camino. Para unos será una forma de blindarse frente a los apagones; para otros, una herramienta para modernizar la explotación y mejorar la competitividad en un mercado que cada vez mira más la sostenibilidad. En cualquier caso, historias como la del Rancho Cebú muestran que la transición energética también se juega en los potreros. Y que la solución, a veces, está en aprovechar mejor ese sol que cae todos los días sobre las praderas.





















