El gran aviso de Louis Pasteur sobre el secreto de la amistad verdadera que muy pocos se atreven a poner en práctica hoy

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Publicado el: 23 de febrero de 2026 a las 09:54
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Retrato de Louis Pasteur en su laboratorio observando un frasco durante sus investigaciones sobre microbios.

En plena pandemia de COVID 19 nos acostumbramos a cosas que antes sonaban exageradas. Gel hidroalcohólico en cada esquina, mascarillas en el metro, carteles que repetían “lávate las manos”. Lo que mucha gente no sabe es que detrás de esos gestos cotidianos sigue ahí la huella de un químico francés del siglo XIX, Louis Pasteur, que nunca fue médico pero cambió para siempre la forma en la que entendemos las enfermedades.

De estudiante discreto a pionero de la salud pública

Pasteur nació en 1822 en la pequeña ciudad de Dole, en el este de Francia, en una familia humilde de curtidores. De joven se le daba mejor el retrato que las ecuaciones, y durante años fue un alumno más bien normalito, más centrado en dibujar que en estudiar.

Sin embargo, acabó enamorándose de la química. Se doctoró, fue profesor universitario y terminó dirigiendo facultades científicas. Nunca obtuvo un título de medicina, algo que hoy sorprende si pensamos que se le considera uno de los padres de la microbiología y de la salud pública.

Su punto de partida fue sencillo y a la vez incómodo para la ciencia de la época. Pasteur sostenía que en el aire, en el agua y en las superficies había seres diminutos, invisibles, que podían estropear alimentos y también provocar enfermedades. Muchos colegas se reían de esa idea porque seguían defendiendo la “generación espontánea”, es decir, que la vida aparecía sola sin necesidad de gérmenes.

Lo que hay detrás del brick de leche

Para demostrar que esos microbios existían y tenían la culpa de que el vino o la cerveza se agriaran, Pasteur se pasó años calentando líquidos, observando sedimentos y repitiendo experimentos. De ahí nació la pasteurización, un tratamiento de calor suave que elimina la mayoría de microorganismos peligrosos y alarga la vida de los alimentos sin arruinarlos.

Cuando hoy abrimos un brick de leche que lleva semanas en la nevera sin haberse estropeado, estamos viendo el resultado práctico de ese trabajo. No es magia, es ciencia aplicada que reduce el riesgo de tuberculosis, brucelosis u otras infecciones transmitidas por leche cruda, tal y como recogen las autoridades sanitarias.

A partir de ahí, Pasteur dio un salto más que, en buena parte, todavía nos protege. Propuso la teoría microbiana de la enfermedad. En esencia, defendía que muchas infecciones se debían a la invasión del cuerpo por microorganismos específicos y que esos gérmenes podían viajar en el aire, en las gotas de saliva o en las manos de quien cuida a los pacientes.

De los laboratorios del XIX a las mascarillas de la COVID 19

¿Qué significa esto en la práctica para alguien que vive hoy en la Unión Europea? Que gran parte del protocolo que hemos seguido durante la COVID 19 se apoya en esa misma idea. Si los virus se transmiten por el aire y por contacto, tiene sentido ventilar espacios cerrados, usar mascarilla en determinadas situaciones y limpiar bien las manos y las superficies de uso común.

La Organización Mundial de la Salud recuerda que la higiene adecuada de manos es la acción individual más eficaz para frenar la propagación de infecciones cuando se combina con otras medidas de control. Según cálculos del propio organismo, los programas de mejora de higiene de manos en hospitales pueden evitar hasta la mitad de las infecciones que se adquieren durante la atención sanitaria y generan ahorros económicos muy superiores al coste de implantarlos.

En el fondo, lo que hacemos al ponernos gel a la entrada de un centro de salud o al quedarnos en casa con fiebre es aplicar, casi sin pensarlo, la lógica de Pasteur. Asumimos que hay gérmenes que no vemos y actuamos para cortar la cadena de transmisión.

Críticas, dudas y la relación complicada entre ciencia y sociedad

Aceptar la teoría microbiana en el siglo XIX no fue fácil. Supuso reconocer que médicos y cirujanos podían haber transmitido enfermedades de un paciente a otro al no lavarse las manos ni desinfectar el material. Para muchos, era casi una acusación directa a su práctica diaria. De ahí que Pasteur pasara años discutiendo con colegas influyentes antes de que sus ideas ganaran la partida.

Esa resistencia nos suena. Hoy, pese a toda la evidencia disponible, hay debates encendidos sobre vacunas, mascarillas o ventilación de aulas. La historia de Pasteur recuerda que cuestionar la ciencia puede ser sano cuando se hace con datos, pero que ignorar de forma sistemática lo que muestran los experimentos acaba teniendo un coste en vidas.

Al propio científico se le atribuye la frase “Los verdaderos amigos se tienen que enfadar de vez en cuando”. Podría aplicarse también a la relación entre la sociedad y la comunidad científica. A veces hay fricciones, pero de ese choque salen normas de higiene, vacunas y medidas de prevención que mejoran nuestra esperanza de vida.

Hoy, cada vez que abrimos un envase de leche pasteurizada, nos ponemos una vacuna o nos lavamos las manos antes de cocinar, seguimos caminando por el sendero que abrió aquel químico francés que miraba más allá del microscopio y pensaba en las personas que estaban al otro lado. Y eso se nota.

La historia y el legado científico de Louis Pasteur, así como el papel de sus descubrimientos en la higiene y la salud pública modernas, se recogen en la nota histórica publicada por el Institut Pasteur.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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