Unos escaladores subían el Monte Cònero y se toparon con “algo raro” en la roca: unas huellas que podrían contar una estampida de tortugas marinas de hace 79 millones de años en pleno Cretácico

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Publicado el: 24 de febrero de 2026 a las 20:37
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Huellas fósiles en la roca del Monte Cònero que podrían pertenecer a tortugas marinas del Cretácico.

Un grupo de escaladores se colgaba de una pared con vistas al Adriático cuando vio algo que no encajaba. En mitad de la roca, a decenas de metros sobre el mar, la caliza estaba llena de surcos suaves y repetidos, como si alguien hubiera peinado el fondo del océano y luego lo hubiera colgado en vertical.

Lo que parecía una curiosidad de escalada se ha convertido en una de las ventanas más raras que tenemos al comportamiento de los grandes reptiles marinos del Cretácico. Según un nuevo estudio, esos surcos serían las huellas de una auténtica “estampida” de tortugas marinas que huyeron en masa tras un terremoto submarino hace unos 79 millones de años.

Del arnés al laboratorio en Monte Cònero

Los escaladores se encontraban en una pared del Monte Cònero, dentro del parque regional del mismo nombre, un espacio hoy protegido por el Parco del Conero. Allí identificaron una gran losa de caliza cubierta de surcos curvados y dispuestos en paralelo, muy similares a otros que ya habían visto en imágenes de prensa científica meses antes.

Con la intuición de que aquello no era simple erosión, avisaron al geólogo Paolo Sandroni, también escalador. Él contactó con Alessandro Montanari, director del Observatorio Geológico de Coldigioco, y el equipo volvió a la pared con drones y material para tomar muestras. Vista desde el aire, la losa mostraba cientos de marcas alineadas, como si todo un grupo de animales hubiera atravesado el fondo marino al mismo tiempo.

En total, el estudio calcula alrededor de mil huellas solo en la losa principal, con una densidad de unas cinco marcas por metro cuadrado. No es una pisada aislada, es un “atasco” fósil de animales moviéndose a la vez por el sedimento blando, un registro que los paleontólogos suelen encontrar más a menudo en yacimientos de huellas fósiles de dinosaurios en tierra firme que en antiguos fondos marinos.

Un antiguo fondo marino levantado hasta el cielo

Lo que hoy es un acantilado era, en el Cretácico, un fondo marino profundo recubierto por la caliza conocida como Scaglia Rossa, una formación famosa entre los geólogos porque almacena millones de años de sedimentos pelágicos casi sin interrupciones.

Las muestras tomadas justo encima de las huellas muestran algo llamativo. Sobre la capa con las marcas aparece un paquete de sedimentos muy distinto, con estructuras internas que delatan una avalancha submarina de barro y caliza: una “riada” de lodo que se deslizó ladera abajo tras un fuerte terremoto. Esa avalancha actuó como una tapa rápida, cubriendo los surcos antes de que las corrientes o los organismos del fondo marino los borraran.

En condiciones normales, las huellas del fondo marino duran poco. Las corrientes, los invertebrados que remueven el sedimento y los cambios químicos tienden a borrar cualquier marca en cuestión de horas o días. Aquí, en cambio, el seísmo que asustó a los animales habría desencadenado casi al momento esa avalancha de barro que selló las huellas y las protegió durante millones de años.

El análisis bioestratigráfico y magnético de la sección sitúa el episodio en el Campaniense inferior, hace unos 79 u 80 millones de años, dentro del intervalo que hoy define el GSSP del Campaniense. En esa época, la cuenca donde se formó la Scaglia Rossa vivía una fase de inestabilidad con cambios en el nivel del mar y una actividad sísmica que deja rastro en otras capas de la misma región.

¿Tortugas en fuga u otros reptiles marinos?

Las marcas no son “pisadas” con dedos, como las de un dinosaurio en barro. Muchas tienen forma de arcos o cucharadas poco profundas, como si una aleta hubiera rozado un sedimento blando mientras el cuerpo flotaba por encima. El patrón encaja mejor con animales nadando muy cerca del fondo y empujando el barro con las extremidades delanteras para impulsarse.

El equipo considera tres grandes candidatos del Cretácico tardío: tortugas marinas, plesiosaurios de largo cuello y mosasaurios. En la zona se han encontrado dientes de mosasaurio y otros restos dispersos, pero casi ningún esqueleto asociado directamente a estas huellas, así que el caso se basa en la forma y repetición de los surcos más que en huesos.

Por eso los autores hablan de “probable estampida de tortugas marinas”, no de certeza absoluta. Argumentan que la forma y orientación de muchos surcos recuerdan al golpe de las aletas delanteras de una tortuga cuando nada muy cerca del fondo, y que la cantidad de marcas apunta a un comportamiento de grupo más propio de herbívoros u omnívoros que de grandes depredadores solitarios.

No todos los especialistas están igual de convencidos. El paleontólogo Michael Benton, que no firma el trabajo, ha señalado que las marcas muestran un tipo de movimiento poco habitual, con las dos extremidades delanteras empujando a la vez, y que las tortugas actuales tienden a “volar” en el agua con un movimiento de aletas más parecido a un ocho que a estos surcos casi idénticos y repetidos. La discusión, en realidad, es buena noticia: significa que el yacimiento es lo bastante raro como para obligar a afinar los modelos.

Terremotos, clima y lo que nos cuenta este fondo marino fósil

Más allá de la imagen casi cinematográfica de una “estampida de tortugas”, el trabajo reconstruye un momento de crisis ambiental en un mar profundo. La capa de huellas forma parte de una serie de rocas donde se acumulan varias avalanchas submarinas, señal de una fase con actividad sísmica frecuente en el antiguo paleobasin Umbría–Marche.

Los autores relacionan este aumento de inestabilidad con cambios del nivel del mar impulsados por variaciones del clima durante el llamado evento Campaniense temprano. Cuando el mar sube y baja en escalas geológicas, cambia el peso que el agua ejerce sobre la corteza y se pueden reactivar fallas ya cargadas de tensión. Es un recordatorio de que los grandes seísmos no actúan aislados, sino conectados con la historia larga del planeta.

En la práctica, este yacimiento también recuerda lo sensibles que son los ecosistemas de fondo marino a los sobresaltos físicos. Un solo terremoto y un corrimiento de sedimentos pueden arrasar un hábitat en minutos, igual que hoy un gran seísmo submarino puede disparar tsunamis, deslizamientos de ladera y nubes de fango que afectan a corales de profundidad, pesquerías o infraestructuras como cables y tuberías.

Que podamos leer esa historia en una pared sobre el Adriático es casi un regalo. Empezó con unos escaladores curiosos, siguió con drones y láminas de roca bajo el microscopio y ha terminado abriendo una nueva línea de investigación sobre cómo reaccionaban los grandes reptiles marinos a los desastres naturales de su tiempo. Y, de rebote, nos recuerda que muchos de los procesos que hoy alteran mares y costas ya jugaban sus cartas hace decenas de millones de años.

El estudio científico completo se ha publicado en la revista Cretaceous Research.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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