Lockheed Martin presenta en febrero de 2026 un minisubmarino “lamprea” que se pega a barcos y submarinos para ir recargándose en marcha… y llega al objetivo con torpedos y drones listos

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Publicado el: 25 de febrero de 2026 a las 20:44
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Minisubmarino autónomo Lamprey MMAUV de Lockheed Martin diseñado para adherirse a barcos y lanzar torpedos.

¿Y si los submarinos del futuro fueran pequeños robots que viajan “a remolque” pegados al casco de otros buques, se recargan con el movimiento del agua y, al llegar a destino, despliegan drones y torpedos sin que nadie los haya visto venir? Eso es, en esencia, Lamprey MMAUV, el nuevo minisubmarino autónomo presentado por Lockheed Martin para la Marina estadounidense.

Detrás del vídeo espectacular y del lenguaje de “arma revolucionaria” hay algo más profundo. Este tipo de vehículos marca un salto en la automatización de la guerra submarina y reabre un debate incómodo sobre la militarización de los océanos, el ruido submarino y el futuro de la vigilancia marina.

Un minisubmarino “remora” que lanza drones y torpedos

Lamprey MMAUV es un vehículo submarino autónomo de pequeño tamaño que puede adherirse al casco de barcos y submarinos aliados mediante un sistema de acoplamiento similar a ventosas. Una vez enganchado, aprovecha unas turbinas que funcionan como hidrogeneradores. Mientras el buque se mueve, el flujo de agua hace girar las turbinas y recarga las baterías del robot.

En la práctica, esto significa que el minisubmarino puede recorrer cientos o miles de kilómetros “a lomos” de un barco sin gastar casi energía propia. Cuando llega a la zona de operaciones, se suelta y actúa por su cuenta.

Según el comunicado de la propia compañía, Lamprey puede llevar distintos módulos en una bodega de carga de arquitectura abierta. Entre ellos se incluyen torpedos ligeros antisubmarinos, lanzadores de pequeños drones aéreos, equipos de guerra electrónica y señuelos acústicos para confundir a radares y sonares enemigos.

El sistema está pensado para misiones de acceso encubierto y de “negación de área”. En otras palabras, puede vigilar, recopilar inteligencia, interferir comunicaciones y, si se le ordena, atacar. Todo ello de forma autónoma y con un coste mucho menor que el de un submarino tripulado.

La nueva carrera de los drones submarinos

Lamprey no aparece en el vacío. La Marina estadounidense lleva años probando vehículos submarinos no tripulados y otras empresas, como Anduril, han presentado familias completas de drones subacuáticos capaces de actuar como “torpedos kamikaze” o como sensores de larga duración en el fondo marino.

En paralelo, países como China, Corea del Sur o Reino Unido están invirtiendo miles de millones en flotas de vehículos submarinos autónomos para vigilancia, defensa de infraestructuras críticas y control de rutas comerciales.

Para los estrategas militares, estos robots son una forma barata de cubrir enormes superficies de océano, vigilar cables submarinos o oleoductos y complicar la vida a cualquier flota que se acerque a una zona sensible. Para el medio ambiente, la ecuación es bastante menos clara.

Qué tiene que ver Lamprey con el ruido submarino y la vida marina

Los fabricantes no han publicado datos sobre el nivel de ruido o el consumo energético específico de Lamprey. Lo que sí sabemos es que el ruido submarino generado por barcos, sonares militares y actividades industriales se considera ya una forma de contaminación que altera el comportamiento de ballenas, delfines y otras especies marinas.

La Agencia Europea de Medio Ambiente advierte de que el ruido continuo de los buques puede interferir con el rango de frecuencias que usan muchos animales marinos para comunicarse, orientarse o detectar depredadores. Algo similar ocurre con ciertos tipos de sonar militar, asociados a cambios de comportamiento e incluso varamientos masivos de cetáceos en algunos episodios muy estudiados.

Si a los grandes barcos y submarinos añadimos una nueva generación de robots autónomos, el riesgo es que aumente el número de focos de ruido y de operaciones discretas en zonas de alta biodiversidad, sin que exista siempre una evaluación ambiental previa. El problema es que el reloj de la carrera tecnológica va más rápido que la regulación.

La propia Unión Europea reconoce en su Directiva Marco sobre la Estrategia Marina que el ruido submarino es una presión en aumento y pide que la introducción de energía, incluido el ruido, no dañe los ecosistemas marinos. El reto es que estas normas se pensaron sobre todo para el tráfico marítimo y las industrias offshore, no para enjambres de minisubmarinos militares autónomos.

La otra cara de la tecnología subacuática

Sería injusto ver todos los vehículos submarinos autónomos como una amenaza. La misma tecnología que hace posible Lamprey se usa también en ciencia y conservación. Un amplio repaso científico sobre vehículos no tripulados concluye que estos sistemas pueden mejorar el seguimiento de fauna marina, alargar la duración de las campañas y reducir costes y riesgos para el personal humano.

En un proyecto piloto frente a las costas de Chipre, un enjambre de minisubmarinos autónomos vigila arrecifes artificiales diseñados para atraer vida marina y alerta de posibles incursiones de pesca ilegal. La idea es sencilla pero potente. Sensores y cámaras trabajan día y noche mientras los científicos analizan los datos y las autoridades actúan si hay problemas.

Otras iniciativas usan estos robots para detectar fuentes de contaminación, controlar los efectos de la minería submarina o buscar zonas adecuadas para eólica marina y otras energías renovables en el mar. En buena parte, la tecnología es la misma. Lo que cambia es el propósito y el nivel de transparencia con el que se opera.

Un vacío regulatorio bajo las olas

La pregunta incómoda es evidente. ¿Quién vigila cómo y dónde se despliegan estos nuevos minisubmarinos militares? Hoy no existe un marco internacional específico que limite el número de vehículos autónomos armados en una determinada zona o que obligue a medir su impacto acústico antes de desplegarlos.

Expertos en ruido submarino insisten en que hacen falta más datos y mejores modelos para evaluar cómo se acumula el impacto de todos estos usos superpuestos. A cambio, la presión por ganar ventaja militar empuja a los países a probar soluciones cada vez más sofisticadas y discretas, como Lamprey.

En el fondo, lo que está en juego es qué tipo de océanos queremos dentro de veinte o treinta años. Un espacio crecientemente automatizado y opaco, donde robots cazan robots, o un medio marino donde la tecnología se use sobre todo para vigilar, restaurar y proteger ecosistemas. Probablemente habrá de todo un poco. La cuestión es encontrar un equilibrio que no deje a la naturaleza pagando la factura.

La nota de prensa oficial sobre Lamprey MMAUV ha sido publicada en Lockheed Martin Newsroom.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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