Acidificación de los océanos y pérdida de la biodiversidad marina

La acidificación de los océanos, la pérdida de la biodiversidad marina, el cambio climático, la contaminación y la sobreexplotación de los recursos obligan a buscar de forma urgente un nuevo modelo para protegerlos. Dejar las cosas como están, sencillamente, no es una opción, sostienen especialistas.

Las perspectivas para nuestros océanos en las próximas décadas son desalentadoras, remarcan.

Ya hubo un grado de acidificación extremo como el actual, indicó Carol Turley, del Laboratorio Marino de la sureña ciudad británica de Plymouth. La afirmación pudo ser un alivio si no fuera que se refería a la época en que se extinguieron los dinosaurios.

El término acidificación se utiliza para describir la disminución del pH (potencial de hidrógeno) oceánico causado por las emisiones de dióxido de carbono (CO2) producidas por las actividades humanas.

Estamos frente a una «enorme crisis ambiental», dijo Turley este mes a los participantes de una sesión informativa del Parlamento Europeo, donde habló sobre los desafíos y las soluciones para los océanos, con vistas a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sustentable (Río+20) (http://www.uncsd2012.org/rio20/index.html), que se realizará en junio en la ciudad brasileña de Río de Janeiro.

Turley bromeó sobre el apodo que se ganó de «reina del ácido», por su funesto mensaje, pero la difícil situación que padece 70 por ciento de la superficie de la Tierra no es para nada graciosa.

Los océanos absorben alrededor de 26 por ciento al año del total de emisiones de CO2, y aumentaron a 30 por ciento desde los inicios de la Revolución Industrial, en 1750, según el Grupo Internacional de Usuarios de Referencia sobre Acidificación Oceánica.

La acidificación de los océanos perjudica la vida marina, y hasta los cambios de acidez más pequeños hacen más sensibles a los esqueletos y conchas de carbonato de calcio.

También reduce la disponibilidad de calcio para el plancton y las especies con esqueleto, que constituyen la base de toda la cadena alimentaria marina, creando un efecto dominó desastroso, que puede aniquilar ecosistemas enteros.

«El sistema terrestre está realmente bajo la influencia del hombre», indicó Wendy Watson-Wright, directora general adjunta y secretaria ejecutiva de la Comisión Oceanográfica Intergubernamental, de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

Los océanos podrían tener 150 por ciento más de acidez en 2100, respecto a la actualidad, añadió. Eso significaría una drástica disminución en la producción pesquera y la masiva extinción de la vida marina.

El mundo pierde recursos naturales a un grado en que los humanos no han ni siquiera comenzado a describir, indicó.

Cambiando la opinión pública

Por desgracia ha resultado difícil concentrar la atención de la población en la necesidad de preservar los océanos.

La atención global se concentró totalmente en la economía, en especial tras la crisis financiera y económica que se generalizó en 2008 desde Estados Unidos y Europa.

«Nuestro mayor desafío es convencer a los ciudadanos de que los objetivos ambientales no se oponen al progreso económico», remarcó la comisaria para Pesca y Asuntos Marítimos de la Unión Europea, la griega María Damanaki.

Algunas personas creen que el problema es que «ojos que no ven, corazón que no siente», señaló Watson-Wright, arguyendo que la gente no da prioridad a los océanos porque viven en tierra firme. Pero incluso los países sin salida al mar tienen mucho en juego en la sustentabilidad oceánica, remarcó.

A pocos meses de la reunión de Río de Janeiro, donde se conmemorará el 20 aniversario de la primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Ambiente y Desarrollo, también conocida como Cumbre de la Tierra, se acabó el tiempo de discutir soluciones, adujo.

Raphaël Billé, director de programa para biodiversdiad y adaptación del Instituto de Desarrollo Sustentable y Relaciones Internacionales (IDDRI, por sus siglas en francés) (http://www.iddri.org/), reclamó más firmeza en materia de objetivos ambientales a fin de mejorar el impulso político en los temas prioritarios, que fueron articulados por los organizadores de la conferencia.

Río+20 no es para nada concreto en términos de acuerdos políticos, pero es una oportunidad para evaluar el progreso y renovar los compromisos políticos, con la esperanza de allanar el camino para, luego, tomar las decisiones difíciles, apuntó Billé.

¿Río+20 podrá cambiar las reglas del juego?

Los océanos serán uno de los siete temas de la Conferencia, que también incluye alimentación, energía, ciudades, agua y desastres.

Desde la primera reunión en Río de Janeiro, hace 20 años, se lograron avances en materia de protección de los océanos, según Unesco, los que incluyen decisiones dentro del Plan de Implementación de Johannesburgo, acordado en la Cumbre de la Tierra en 2002.

Los planes para los océanos en Río+20 se concentran en 10 propuestas bajo cuatro objetivos principales, según la Comisión Oceanográfica Internacional.

Estos objetivos son: tomar acciones concretas para reducir el factor generador de estrés y restaurar la estructura y el funcionamiento de los ecosistemas marinos, apoyar una economía «azul y verde», avanzar hacia reformas políticas, legales e institucionales y respaldar investigaciones y controles marinos, evaluación y tecnología.

La preocupación por nuestros océanos no es nueva, según opinó Iddri en un artículo para las Naciones Unidas de noviembre de 2011. La mayoría de los problemas fueron identificados hace décadas.

«La única forma de avanzar es reconocer el fracaso general en materia de gobernanza oceánica, estudiar los logros alcanzados y desarrollar estrategias que tomen en cuenta ambos aspectos», reza el texto.

El artículo también menciona los conflictos entre la gobernanza oceánica y la resistencia a hacerlos sostenibles, en especial cuando los costos aumentan.

Varios especialistas han expresado sus dudas sobre la capacidad de Río+20 para logar resultados suficientes y beneficiosos para el planeta.

Pero activistas y científicos aumentan la presión sobre los representantes que participarán en la Conferencia para llevar al poder político a tomar decisiones fuertes y duraderas que ofrezcan una oportunidad para que los océanos y sus ecosistemas esenciales sobrevivan.

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