Educador e intérprete ambiental. En la memoria de… Miguel A. Pinto Cebrián

Cuando tenía siete años, el momento más esperado de la semana era la llegada de mi padre a casa, bastante tarde, pero con el fascículo de Fauna bajo el brazo. Algunas veces no lo traía y era un día triste. Ese fascículo fue mi asignación semanal mientras duró la colección.  Unos años más tarde  a través de la serie venezolana de El Hombre y la Tierra soñé con los yanomamos y con conocer algún día la selva tropical americana.

 

La serie Ibérica, de adolescente, confirmaba lo que yo veía en le campo y decidí que quería dedicarme a conocer la fauna y a contar cómo viven los animales para ayudar a su conservación. Enseguida ADENA se quedó corta para muchos «linces» con ganas de cambiar las cosas y así surgieron grupos conservacionistas y ecologistas como hongos. Todos ellos tenían su origen en Félix; por eso, las reuniones de los viernes acababan a una hora que nos permitiera llegar a algún lugar para ver el episodio correspondiente de El Hombre y la Tierra.

El día que falleció Félix estaba colocando cajas nido con otros chicos del grupo de «linces» proscritos. La mayor parte se marchó a casa llorando a  enterarse sobre la verdad del asunto porque no nos lo podíamos creer. Unos pocos nos quedamos, pues pensábamos que a Félix le hubiera gustado que acabáramos la labor de ayudar a los pequeños pájaros a encontrar un hogar. Aquel día perdimos al guía en esto de emocionarse con la naturaleza y empezamos a volar solos. De los chavales cuelgacajas que quedamos, todos sin excepción trabajamos en temas medioambientales desde distintas profesiones y entidades: biólogos, ingenieros de montes, agrónomos, agentes forestales… Por mi parte, soy educador e intérprete ambiental.  Esto es, tengo el gran privilegio de trabajar  guiando a personas por el campo, diseñando exposiciones, dibujando, fotografiando y  escribiendo sobre la Naturaleza con el ánimo de cambiar las cosas y volver a una verdadera relación entre nuestra especie y nuestra Madre, la Tierra.

Los niños de ahora no han tenido la oportunidad de conocer a Félix  de una forma tan intensa. Tampoco hay grupos que permitan salir al campo a ver animales en pandilla, como aprendimos  siendo «linces».  Por mi parte he tenido el gran honor, junto con el ilustrador Suso Cubeiro,  de trasladar a un libro las vivencias  infantiles de Félix en su pueblo natal de Poza de la Sal (Burgos)  y recorrer Los tres cielos que tanto le impresionaron.  Y  poco a poco los «linces» vuelven, como mi hijo Miguel, que ha participado en el primer campamento Félix Rodríguez de la Fuente y puede seguir el camino que él marcó.

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