Como una microalga tóxica está aniquilando los corales de España sin que apenas te des cuenta

Publicado el: 12 de febrero de 2026 a las 15:27
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Peces muertos en la playa tras una floración tóxica de microalgas provocada por una ola de calor marina.

La floración de Karenia mikimotoi ligada a una ola de calor marina mata a más de 15.000 animales y vacía de vida un tercio de las aguas de Australia Meridional

Una espuma amarilla en las olas del sur de Australia fue el primer aviso de una crisis ecológica sin precedentes. En pocas semanas, la floración masiva de una microalga tóxica llamada Karenia mikimotoi ha matado a más de 15.000 animales de más de 450 especies y ha dejado sin vida unos 4.500 kilómetros cuadrados de aguas costeras en el estado de Australia Meridional, convertidos en lo que el ecólogo Scott Bennett describe como «auténticos desiertos submarinos».



La secuencia se repite en los relatos de surferos y bañistas. Primero llegaron la tos seca, el dolor de garganta y la visión borrosa en quienes pasaban tiempo en el agua sin saber qué ocurría. Poco después, una espuma amarillenta empezó a cubrir las olas y los estuarios y los primeros peces, moluscos y crustáceos aparecieron muertos en la arena. Los análisis de agua confirmaron la proliferación explosiva de Karenia mikimotoi, una microalga que en concentraciones elevadas daña las branquias de peces y mariscos, bloquea la luz que llega al fondo y consume oxígeno hasta provocar episodios de hipoxia que asfixian todo lo que queda bajo su manto.

El impacto sobre el Great Southern Reef, una extensa red de arrecifes rocosos y bosques de algas del sur del continente, ha sido devastador. «El cien por cien de las navajas marinas estaban muertas y pudriéndose en el fondo» relató Bennett tras una de sus inmersiones. Esta franja de costa alberga una biodiversidad extraordinaria con cerca de un setenta por ciento de especies endémicas, es decir, que no se encuentran en ningún otro lugar del planeta, lo que multiplica el alcance ecológico de la catástrofe.



La emergencia no se ha quedado bajo el agua. En los pequeños puertos del sur australiano, el parón de la pesca y del marisqueo se traduce en barcos amarrados y lonjas vacías. El pescador Nathan Eatts explica que no ha capturado ni un solo calamar desde abril y que su negocio se ha reducido prácticamente a cero. Según Pat Tripodi, representante de la Asociación de Pescadores Marinos, un tercio de las aguas estatales está hoy prácticamente vacío de vida y muchas empresas familiares dudan de que puedan recuperarse.

La crisis golpea a toda la cadena de valor asociada al mar. Procesadores de pescado, distribuidores y restaurantes ven cómo se paraliza una industria valorada en torno a 480 millones de dólares australianos al año. Allí donde se extiende la alga no hay capturas ni turistas ni buceadores y la sensación de incertidumbre se ha instalado en comunidades que viven históricamente de la costa.

Los científicos que monitorizan esta franja de océano describen un cóctel de factores desencadenantes. Las inundaciones de 2022 arrastraron grandes cantidades de nutrientes desde tierra firme hasta el mar. Después se produjo una surgencia de aguas frías ricas en nutrientes que alimentó aún más el fitoplancton. El último ingrediente fue una ola de calor marina registrada en septiembre de 2024 que elevó la temperatura superficial del agua alrededor de dos grados y medio por encima de lo habitual y favoreció el crecimiento explosivo de la microalga.

Las autoridades de Australia Meridional reconocen la magnitud del episodio y admiten que se enfrentan a un tipo de emergencia para la que apenas existen manuales. El primer ministro Peter Malinauskas lo ha definido como «un desastre natural, pero diferente a todo lo que conocemos». A diferencia de un incendio forestal o de una inundación, no existe un frente visible que pueda acotarse, no hay maquinaria que permita apagar una floración de algas y su evolución depende de corrientes, vientos y cambios de temperatura difíciles de anticipar.

El Gobierno federal y el ejecutivo estatal han anunciado un paquete de 28 millones de dólares australianos destinado a tareas de limpieza y ayudas de emergencia para pescadores y empresas afectadas. Sin embargo, el episodio no se ha declarado de forma oficial como desastre natural, una figura jurídica que habría permitido movilizar más recursos públicos y activar mecanismos de compensación más amplios. La distancia entre el impacto real en el territorio y las categorías tradicionales de protección civil refleja cómo el calentamiento global está generando fenómenos que encajan mal en los marcos diseñados en el pasado.

Para Bennett, este brote de Karenia mikimotoi no debe leerse como un accidente aislado, sino como la expresión visible de un océano más cálido y alterado. «Es sintomático del impacto climático que estamos viendo en toda Australia» insiste el ecólogo. Los ecosistemas marinos pueden mostrar una notable capacidad de recuperación si se reducen otras presiones humanas, pero necesitan tiempo y zonas refugio relativamente intactas.

Los especialistas señalan que la respuesta más eficaz a medio plazo pasa por reforzar la salud de los hábitats costeros que actúan como amortiguadores naturales. Bosques de algas, praderas marinas y arrecifes de ostras ayudan a absorber parte de los nutrientes que alimentan estas floraciones y contribuyen a estabilizar los ecosistemas costeros. Protegerlos y restaurarlos reduce la probabilidad de episodios tan extremos y mejora la capacidad del océano para soportar olas de calor marinas cada vez más frecuentes.

En las playas del sur de Australia, la imagen de kilómetros de espuma amarilla y bancos de peces, calamares y caballitos de mar muertos concentra la dimensión humana de una crisis que ocurre en gran medida bajo la superficie. Para las comunidades pesqueras, la alga tóxica no es una abstracción científica, sino el origen de un vacío económico y emocional que puede prolongarse durante años. Para los responsables políticos y para el resto del mundo, este desierto submarino funciona también como advertencia de un nuevo tipo de desastre natural que obliga a replantear cómo se protegen los océanos y a quienes dependen de ellos.

El comunicado oficial ha sido publicado en Great Southern Reef.

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Adrián Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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