Si este invierno te acercas a una playa del mar Mediterráneo y ves unas pelotas marrones y compactas en la orilla, es muy posible que estés mirando una bola de Neptuno. No es suciedad nueva. Es el rastro visible de cómo una planta marina está atrapando parte del plástico que arrojamos al mar.
Un trabajo liderado por la Universidad de Barcelona muestra que estas esferas fibrosas, formadas por restos de la planta Posidonia oceanica, pueden concentrar hasta 1.470 fragmentos de plástico por kilo de material vegetal y que solo una parte de las bolas que llegan a la orilla contiene residuos, pero en densidades muy altas. Según las primeras estimaciones, este mecanismo natural podría expulsar hacia las playas cientos de millones de piezas al año en zonas costeras del Mediterráneo.
Qué son las bolas de Neptuno
Las praderas de posidonia cubren grandes extensiones del fondo somero del Mediterráneo, especialmente frente a las Islas Baleares y otras zonas de la costa española. Funcionan como un bosque submarino que oxigena el agua, fija sedimentos, amortigua el oleaje y captura CO2 durante décadas.
Cada otoño, la planta pierde sus hojas y las partes fibrosas que quedan enterradas se desgastan y liberan fibras muy resistentes. El movimiento del agua enreda esas fibras hasta formar esferas compactas. Son las bolas de Neptuno. Con los temporales, muchas de ellas son expulsadas hacia la costa y se acumulan en la orilla.
Cómo atrapan el plástico
El equipo de la Universidad de Barcelona analizó restos de posidonia y bolas de Neptuno recogidos en varias playas de Mallorca. En la mitad de las muestras de hojas sueltas apareció plástico. En las bolas, la presencia era menos frecuente, pero cuando se encontraba, la cantidad era muy alta, con picos de hasta 1.470 fragmentos de plástico por kilo de fibra vegetal.
La mayoría eran fibras y filamentos de polímeros densos procedentes de redes y cabos de pesca o de tejidos sintéticos, que tienden a hundirse y acumularse en el fondo. Las bolas de Neptuno los enganchan, los compactan con fibras vegetales y, con el siguiente temporal, los empujan hasta la orilla. Investigaciones recientes en la costa de Túnez han observado un fenómeno muy parecido, con microplásticos acumulados en las bolas de posidonia que llegan a sus playas.
Un aviso, no una solución
Sería tentador pensar que la naturaleza está resolviendo sola el problema del plástico. La realidad es menos amable. El propio estudio recuerda que el plástico atrapado en estas bolas representa una fracción muy pequeña del que circula por el mar, aunque el número de piezas sea alto.
Revisiones científicas recientes señalan que los microplásticos pueden acumularse en el organismo y se relacionan con alteraciones en sistemas clave, como el digestivo o el endocrino. Los expertos piden cautela, porque todavía faltan datos para saber con precisión qué implica esto para la salud humana.
En Europa, la Agencia Europea de Medio Ambiente calcula que las emisiones de microplásticos al entorno han aumentado en los últimos años, a pesar de las primeras normas para reducir su liberación. El Mediterráneo, un mar casi cerrado y muy presionado por el turismo y el transporte marítimo, es especialmente vulnerable.
Qué hacer cuando aparecen en la playa
Muchos ayuntamientos retiran de forma rutinaria los restos de posidonia y las bolas de Neptuno con maquinaria pesada para dejar la arena aparentemente limpia. Sin embargo, directrices del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico y normas autonómicas recientes piden limitar esa retirada, sobre todo en espacios protegidos, porque estas acumulaciones ayudan a frenar la erosión, aportan nutrientes y sirven de refugio a numerosos invertebrados de la playa.
Lo que a simple vista parece suciedad es en realidad una barrera natural y, además, un vehículo que trae de vuelta parte del plástico que hemos vertido. Quitar todas las bolas de la orilla puede ser cómodo a corto plazo, pero deja la costa más desprotegida y rompe ese servicio silencioso de limpieza que presta la posidonia. La próxima vez que veas una de estas bolas en la arena, quizá la mires con otros ojos.
El estudio científico en el que se describe este mecanismo ha sido publicado en la revista Scientific Reports.




















