Exploran un desierto en Marruecos y encuentran estructuras de 180 millones de años en un lugar imposible

Publicado el: 18 de febrero de 2026 a las 12:41
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Estructuras microbianas fósiles de 180 millones de años en el valle del Dadès, Marruecos

En medio de un paisaje árido del Alto Atlas de Marruecos, un equipo internacional ha encontrado algo que, sobre el papel, no debería estar allí. En las rocas jurásicas del valle del Dadès aparecen unas curiosas “estructuras arrugadas” fosilizadas, típicas de tapices de microbios que viven en aguas poco profundas y con luz, pero conservadas en antiguos sedimentos marinos profundos de hace unos 180 millones de años.

El hallazgo, descrito en la revista Geology, apunta a que comunidades microbianas capaces de vivir sin luz ocuparon el fondo de un mar antiguo a unos 200 metros de profundidad, en un entorno dominado por corrientes de turbidez y deslizamientos submarinos. En la práctica, esto significa que las huellas de la vida temprana en la Tierra podrían estar escondidas también en ambientes que hasta ahora casi nadie miraba.



Arrugas fuera de lugar en el Alto Atlas

La geobióloga Rowan Martindale se topó con estas texturas en 2016, mientras examinaba arrecifes fósiles en el valle del Dadès. Al pisar una laja de arenisca vio una superficie cubierta por un relieve fino, como piel de elefante. Según cuenta, pensó “estas arrugas no tendrían que estar en rocas como estas” y decidió investigar qué estaba pasando realmente.

Lo desconcertante no era solo la forma. El equipo confirmó que las “arrugas” aparecen en la parte superior de capas de arena y limo depositadas por corrientes submarinas rápidas, los llamados turbiditas, que se formaron en un talud marino profundo de la Formación Tagoudite. La paleoprofundidad mínima que calculan ronda los 200 metros, por debajo de la zona donde la luz solar permite la fotosíntesis.



Hasta ahora, estructuras similares se interpretaban casi siempre como huellas de alfombras microbianas fotosintéticas en zonas someras, o bien como relieves puramente físicos producidos por deslizamientos de sedimento. Por eso este afloramiento del valle del Dadès rompe el guion.

Microbios que viven de química, no de luz

Para saber si había vida detrás de esas formas, el equipo combinó trabajo de campo, láminas delgadas al microscopio y mapas químicos de los minerales. En la parte inmediatamente inferior a la superficie arrugada detectaron un enriquecimiento claro en carbono orgánico, una señal de actividad biológica concentrada justo donde se forman las arrugas.

El contexto les llevó a descartar a los microbios “clásicos” que viven de la luz. En un fondo marino profundo, turbio y sometido a avalanchas de sedimento, la opción más lógica son comunidades quimiosintéticas, microbios que obtienen energía de reacciones químicas a partir de compuestos como el metano o el sulfuro de hidrógeno.

Las corrientes de turbidez arrastran hacia el fondo grandes cantidades de materia orgánica. Al enterrarse, esta materia se descompone y genera gases y compuestos reducidos. Esos “caldos químicos” crean el ambiente ideal para bacterias que usan azufre o metano en lugar de luz, formando mantos gruesos sobre el sedimento. Cuando el agua se mueve, esos tapices se arrugan, se desplazan y acaban dejando el patrón rugoso que hoy vemos petrificado.

Además, las reacciones químicas pueden liberar tanto sulfuro que muchos animales no soportan esas condiciones. Esa toxicidad abre una pequeña ventana de tiempo para que las alfombras microbianas crezcan sin ser devoradas y se preserven en la roca.

Un nuevo mapa para buscar vida antigua

La clave ecológica de este trabajo está en el cambio de mirada. Si las arrugas fósiles no son solo cosa de microbios que viven al sol, sino también de comunidades quimiosintéticas en aguas profundas, el mapa de posibles “refugios” de vida temprana se amplía de forma considerable.

El geobiólogo Jake Bailey, de la Universidad de Minnesota, resume la idea con una frase contundente. Recuerda que “hoy en día, algunos de los mayores ecosistemas microbianos del planeta se encuentran en el océano oscuro” y destaca que este tipo de estudios muestra que ciertas estructuras antiguas podrían registrar la presencia de microbios que viven de la química, no de la luz.

Para el lector de a pie, puede sonar a historia muy lejana en el tiempo. Sin embargo, estos microbios profundos siguen teniendo un papel enorme en los ciclos de carbono y azufre de los océanos actuales, aunque no los veamos cuando miramos el mar desde la playa. Entender cómo se organizaban hace 180 millones de años ayuda a reconstruir la evolución de esos ciclos y a afinar los modelos con los que estudiamos el clima de la Tierra en escalas largas.

Hay otro guiño interesante. Los mismos procesos que permiten a estas comunidades vivir en la oscuridad terrestre se consideran también buenos candidatos para sostener vida en mundos con océanos bajo el hielo, como algunas lunas de Júpiter o Saturno. No significa que este estudio pruebe nada fuera de la Tierra, pero sí que ofrece pistas sobre cómo reconocer huellas similares en otros lugares del sistema solar.

En resumen, unas “arrugas” en una roca del desierto marroquí obligan a los científicos a revisar sus prejuicios sobre dónde buscar las primeras señales de vida y recuerdan que buena parte de la historia biológica del planeta se escribió lejos del sol.

El comunicado oficial sobre este trabajo se ha publicado en la página de noticias de la Universidad de Texas en Austin.

Imagen autor

Adrián Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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