Casi dos siglos después de desaparecer de estas montañas, el oso pardo ha vuelto a asomarse a las sierras del noroeste ibérico. Un nuevo estudio confirma su presencia estable en La Cabrera y el Teleno, en la provincia de León, en La Carballeda y Sanabria, en Zamora, y en áreas limítrofes de Ourense, zonas donde no se tenían registros modernos del plantígrado.
El trabajo, liderado por el investigador Carlos Javier Durá, recopila 85 citas de osos entre 2012 y 2025. Hablan las huellas en la nieve, las fotos de cámaras trampa, los daños en colmenares y los avisos de vecinos, apicultores y agentes medioambientales. Todo ese puzzle encaja en una misma imagen. El oso está volviendo a un territorio que formaba parte de su hogar histórico.
Dónde y cómo se ha detectado su regreso
El estudio describe una recolonización lenta, pero constante, de las montañas que enlazan el suroeste de Castilla y León con el este de Galicia. La mayoría de los registros se concentran en valles como Valdavido, Truchillas, Encinedo o Saceda, además de varios municipios de La Cabrera y Sanabria. No se trata de un oso despistado que pasa un verano y desaparece, sino de apariciones repetidas año tras año, algo que en la práctica indica presencia estable.
Los datos llegan de muchas manos. Vecinos que se encuentran una huella gigantesca en un camino, apicultores que descubren una colmena volteada, agentes medioambientales que revisan rastros y científicos que colocan cámaras automáticas en collados y gargantas. Esa mezcla de ciencia y conocimiento local permite dibujar un mapa mucho más fino de por dónde se mueve la especie.
De menos de 70 osos a más de 400
Esta expansión solo se entiende si miramos el retrovisor. A finales de los años ochenta y principios de los noventa, en la Cordillera Cantábrica se calculaban menos de 100 osos en total y apenas una docena en el núcleo oriental. La especie estaba al borde del abismo.
Hoy el panorama es distinto, aunque sigue siendo frágil. Los datos oficiales de 2020 estiman unos 370 osos en la cordillera cantábrica y trabajos recientes, junto con el propio Ministerio para la Transición Ecológica, hablan ya de más de 400 ejemplares entre la Cordillera Cantábrica y los Pirineos.
Además, entre 2018 y 2024 se calcula que el oso ocupa unos 18 800 kilómetros cuadrados, de los cuales más de 16 000 son áreas de presencia permanente. En otras palabras, no solo hay más osos. También están usando más territorio, y parte de ese nuevo espacio es precisamente la Cabrera leonesa y las sierras vecinas del noroeste ibérico.
Todo ello no impide una realidad incómoda. En España el oso pardo sigue catalogado como especie en peligro de extinción y necesita máxima protección legal tanto a nivel europeo como estatal.
Qué cambia en las montañas de Cabrera, Carballeda y Sanabria
La presencia del oso es algo más que una anécdota faunística. Los científicos lo consideran una especie clave que ayuda a mantener la salud del ecosistema, por ejemplo dispersando semillas cuando consume frutos de verano y otoño. Donde hay oso, suele haber bosques bien conservados, alimento disponible y poca densidad humana.
Durá lo resume con una idea sencilla. Explica que el llamado paisaje del oso funciona como un indicador de calidad ambiental y como una especie paraguas que protege a muchas otras. Si se conserva el hábitat que el oso necesita, se protege también a aves, anfibios, polinizadores y a las propias comunidades rurales que dependen de esos paisajes.
En el día a día esto ya tiene efectos. Surgen proyectos de turismo de naturaleza que venden la posibilidad, siempre remota pero emocionante, de ver un oso al amanecer desde un mirador. Algunas empresas de la Cabrera comercializan miel asociada a colmenas que han tenido visitas del plantígrado, siempre reforzadas con pastores eléctricos para evitar daños. Es una forma de transformar un problema potencial en un sello de calidad.
Convivencia, retos y próximas decisiones
La expansión del oso trae oportunidades, pero también preguntas muy concretas. Qué pasa con los colmenares de toda la vida, con las vacas que pastan libres en los puertos, con las pistas forestales que se quieren abrir para nuevos parques eólicos. El propio estudio recuerda que la presencia de la especie obliga a revisar la protección de hábitats y a reforzar la Red Natura 2000 en zonas donde el oso llevaba siglo y medio ausente.
Los expertos insisten en dos ideas. Por un lado, prevención y apoyo a la ganadería y la apicultura, con cercados eléctricos, perros de guarda y sistemas de compensación ágiles cuando hay daños. Por otro, mucha pedagogía. Si alguien se cruza con un oso, la recomendación general es mantener la calma, no acercarse ni correr, hablar en voz baja y retirarse despacio siguiendo las indicaciones de los técnicos de fauna de cada comunidad.
Proyectos como el LIFE Osos con Futuro, coordinado por la Fundación Oso Pardo y la Fundación Biodiversidad, ya están trabajando en mejorar el hábitat, plantar árboles productores de fruto y reducir conflictos en un escenario de cambio climático que altera la hibernación y la disponibilidad de alimento. El objetivo de fondo es que este regreso al noroeste ibérico no sea un simple paréntesis, sino el inicio de una población más conectada y segura.
El estudio principal en el que se basa esta información ha sido publicado por Carlos Javier Durá Alemañ y su equipo en la revista Quercus.















