Hace poco más de dos décadas ver un lince ibérico en libertad era casi un milagro. Quedaban menos de cien animales en toda la Península, repartidos sobre todo entre Sierra Morena y el entorno de Parque Nacional de Doñana. Hoy la foto es muy distinta. El último censo completo, correspondiente a 2024, eleva la población a 2.401 ejemplares en España y Portugal, un 19 por ciento más que el año anterior y un nuevo máximo histórico.
En la práctica esto significa que el lince ibérico ha multiplicado su población por más de veinte desde principios de los dos mil. Seguir siendo una especie muy frágil no quita que estemos ante uno de los mayores éxitos de conservación de fauna en Europa.
De animal al borde del abismo a especie vulnerable
A comienzos de siglo el lince rozaba la desaparición por la combinación de pérdida de hábitat, desplome del conejo y atropellos en carreteras. En 2002 se contaban menos de cien ejemplares en libertad.
El trabajo de cría en cautividad, las sueltas controladas y la protección legal han ido cambiando el guion. En 2023 el censo conjunto de España y Portugal ya alcanzaba 2.021 linces y mostraba una tendencia claramente ascendente. Un año después se superó la barrera de los 2.400 animales y se registraron 844 cachorros solo en 2024, con 470 hembras reproductoras, un dato clave para asegurar el relevo generacional.
Ese avance se ha reflejado también en la lista roja mundial. En 2024 la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza reclasificó al lince ibérico de especie en peligro a especie vulnerable, una mejora importante aunque no definitiva. En el Catálogo Español de Especies Amenazadas, sin embargo, la especie sigue figurando como en peligro de extinción, de modo que la obligación de protegerla continúa siendo máxima.
Nuevos territorios y una metapoblación conectada
El lince ya no es solo cosa de Sierra Morena y Doñana. El último censo recoge 17 áreas distintas donde la especie se reproduce de manera estable, una señal de que el felino se ha extendido por buena parte del mosaico mediterráneo.
Castilla La Mancha se ha convertido en auténtico bastión, con 942 ejemplares, cerca de la mitad de la población española, seguida de Andalucía con 836 linces. Extremadura y la Región de Murcia suman ya sus propias poblaciones reproductoras, pequeñas pero en crecimiento.
En los últimos años se han reintroducido linces en zonas como Campos de Hellín, Montes de Toledo, Tierras Altas de Lorca, Sierra Arana, Cerrato Palentino o nuevas áreas de Cuenca, casi siempre apoyados en el programa europeo LIFE LynxConnect. Su objetivo es crear una metapoblación, es decir, varios núcleos conectados entre sí donde los animales se mueven, se mezclan y comparten genes.
En el fondo lo que se está construyendo es una red de territorios de lince que va más allá de las fronteras administrativas. De hecho, el propio MITECO subraya el papel de corredores naturales como Murcia, que ayuda a unir Andalucía con Castilla La Mancha, o las nuevas sueltas en Castilla y León.
Ecoturismo y pueblos que viven con el felino
Todo este avance se nota también en el turismo de naturaleza. Cada vez más viajeros buscan pasar un fin de semana en una casa rural de Sierra Morena con la ilusión de ver al gran felino al amanecer, prismáticos en mano y termo de café en la mochila.
Zonas como la Sierra de Andújar, en Jaén, ofrecen rutas, hides y salidas guiadas en pequeños grupos que respetan distancias y horarios del animal. Doñana y el entorno de El Rocío permiten combinar marismas, aves y la posibilidad de cruzarse con huellas o excrementos de lince en los caminos arenosos. En Castilla La Mancha y Extremadura proliferan centros de interpretación que explican al visitante cómo se trabaja con propietarios de fincas, ganaderos y cazadores para que el lince no sea visto como un problema, sino como un aliado que mantiene a raya a otras especies y ayuda a equilibrar el ecosistema.
La clave está en que este ecoturismo sea realmente responsable. Conducir más despacio en carreteras donde hay carteles de paso de fauna, no salirse de las pistas, evitar el acoso fotográfico y contratar guías locales cuando se pueda marca la diferencia entre una visita que suma y otra que resta.
Los retos que quedan por delante
El éxito tiene letra pequeña. En 2024 se registraron 214 muertes de lince ibérico y tres de cada cuatro se debieron a atropellos en carreteras. A esto hay que añadir la presencia de lazos y cepos ilegales, disparos y el impacto de enfermedades que afectan al conejo, su presa principal, ya catalogado como especie en peligro en su área natural.
Los expertos insisten en que la expansión geográfica solo será duradera si se mejora la conectividad entre núcleos, se refuerza la población de conejo y se adaptan infraestructuras como autovías y líneas de tren con pasos de fauna y vallados eficaces. En otras palabras, el lince necesita algo más que buenas noticias en el censo, necesita paisajes bien cosidos.
A cambio, la especie devuelve mucho. Donde se instala, el monte mediterráneo gana protagonismo frente a la degradación, el turismo de naturaleza ofrece ingresos extra a pueblos que se vacían y la ciudadanía recupera cierto orgullo por una fauna que solo existe aquí.
El trabajo de técnicos, científicos, administraciones, propietarios y organizaciones conservacionistas demuestra que cuando se ponen recursos y coordinación encima de la mesa, la recuperación de una especie emblemática es posible. La historia del lince ibérico todavía no está cerrada, pero hoy se escribe desde un lugar mucho más esperanzador que hace veinte años.
La nota de prensa oficial con el último censo del lince ibérico de 2024 ha sido publicada en Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO).














