Entre el final del invierno y el inicio de la primavera, muchos machos de ciervo están “desmontando” su corona ósea sin que casi nadie lo note. Las astas se desprenden y vuelven a crecer cada año, pero quienes pasean por el monte rara vez se topan con una en el suelo.
Entonces, si cada macho tira sus astas una vez al año, ¿por qué no está el bosque lleno de ellas?
Cuernos, astas y un ciclo que empieza de cero cada año
A diferencia de los cuernos del ganado, que son permanentes, las astas de los ciervos y corzos son estructuras óseas temporales. Forman parte de un ciclo muy marcado por las hormonas.
En el ciervo común, la muda se concentra sobre todo entre febrero y marzo. Los machos más viejos suelen “desmogar” antes y algunos jóvenes pueden alargarse hasta abril. En el caso del corzo, el calendario va adelantado y la caída de las astas se produce normalmente entre octubre y noviembre.
Tras el celo, la caída de la testosterona provoca que el hueso se reabsorba en la base de la cornamenta. Esa unión con el cráneo se debilita hasta que el asta se desprende de forma natural del pedículo craneal.
El recrecimiento empieza casi de inmediato. Las nuevas astas brotan envueltas en un tejido muy irrigado llamado “terciopelo”, que alimenta un crecimiento rapidísimo de entre 1 y 2 centímetros al día en los meses de máximo desarrollo. Estudios sobre cervidios europeos hablan de velocidades incluso superiores en verano, de hasta unos 2,5 centímetros diarios, una de las tasas de crecimiento óseo más rápidas del reino animal.
Cuando esa estructura se mineraliza y se endurece, el terciopelo se seca y el animal lo raspa contra ramas y troncos. Las astas quedan listas para la siguiente temporada de celo, donde servirán para imponerse en los combates y para impresionar a las hembras.
Caen en silencio y desaparecen igual de rápido
La primera razón por la que casi nunca ves astas en el bosque tiene que ver con el lugar donde se caen. En esta época muchos ciervos buscan zonas muy cerradas de matorral, zarzas o plantaciones jóvenes, donde se sienten más seguros tras el invierno. Ahí es donde suelen perder sus astas, lejos de los caminos más transitados.
La segunda razón es mucho más sencilla. Una asta vieja, gris parduzca, se confunde enseguida con ramas secas, raíces y hojas caídas. Si se rompe en varios fragmentos al impactar con el suelo, todavía se mimetiza más. Hace falta un ojo muy entrenado para distinguirla de todo ese “ruido” visual del sotobosque.
Y luego está el motivo principal. En realidad, las astas casi no “sobran” en el ecosistema. Roedores como ardillas y topillos, lagomorfos como las liebres e incluso algunos cervidios aprovechan ese hueso rico en calcio, fósforo y otros oligoelementos. Roen las astas para obtener minerales en un momento del año en que la dieta es pobre y la vegetación aún no ha despegado.
En pocas semanas una asta recién caída puede quedar reducida a trozos pequeños o desaparecer por completo en la cadena del reciclaje natural. Así que, si casi todas acaban en los dientes de otros animales, lo normal es que al senderista ocasional no le toque “premio” casi nunca.
De trofeo decorativo a pieza clave del reciclaje de nutrientes
Para los humanos, una cornamenta entera puede ser un trofeo, un adorno de pared o un objeto de colección. Para el bosque es otra cosa. Funciona como un pequeño “banco de minerales” que devuelve nutrientes al suelo y alimenta a muchas especies cuando más lo necesitan.
Cada asta que se queda en el monte ayuda, en buena medida, a cerrar ese círculo. Parte del calcio acaba en el esqueleto de pequeños mamíferos, parte vuelve al suelo a través de sus excrementos y de la propia descomposición del hueso. Poco vistoso, pero muy eficaz.
Por eso las administraciones forestales miran con lupa la recolección masiva de astas. En varios países europeos e incluso en España la recogida de cuernas de ungulados está regulada por ley. La Guardia Civil ha recordado en más de una intervención que este aprovechamiento puede acarrear multas importantes cuando se hace sin permiso y con afán comercial, sobre todo en montes de titularidad pública.
El problema no es que alguien se encuentre una asta y la guarde como recuerdo de una excursión. El problema llega cuando cuadrillas enteras recorren el monte justo al final del invierno, en una fase delicada en la que los animales tienen sus reservas de energía bajo mínimos. Tanto ruido y presencia humana extra puede suponer más estrés en una época crítica.
Y si un día encuentras una, ¿qué haces?
Lo primero es recordar que no estás en un escaparate, sino en un ecosistema que se recicla a sí mismo. Si descubres una asta en el suelo, puedes observarla, hacerle una foto y, si las normas locales lo permiten, llevártela.
A cambio, conviene evitar salirse de los senderos para “peinar” la zona, sobre todo en espacios protegidos y en los últimos compases del invierno. Un paseo tranquilo y respetuoso pesa más que el impulso de llenar el maletero.
En el fondo, cada asta que no vemos es una buena noticia. Significa que la fauna del bosque la ha aprovechado antes, que los minerales vuelven a la rueda y que ese ciclo silencioso sigue funcionando sin nuestra intervención.




















