El lince ibérico ha empezado a cazar en Doñana los pollos del milano negro, una rapaz con la que convivía en paz. En 2018 acabó con casi la mitad de sus crías a punto de volar en la zona estudiada. Lo cuenta un estudio de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC) publicado el 21 de octubre en Nature.
¿Qué ha cambiado? Una enfermedad hundió a los conejos desde 2013 y las sequías vaciaron de patos las marismas. Al felino no le quedó otra que buscar comida a 12 metros del suelo.
1.624 nidos en tres décadas
El equipo de Fabrizio Sergio, investigador de la EBD-CSIC y primer autor, vigila a las dos especies desde 1993. Lo hace en un sector de 10 kilómetros cuadrados del parque, donde revisó 1.624 nidos de milano hasta 2023. Allí viven entre cuatro y seis linces adultos y de 105 a 223 parejas de milanos, según el año.
La relación se mantuvo tranquila durante casi veinte años, con muy pocos ataques. «Entre 1993 y 2012, los linces apenas habían depredado el 1 % de los nidos de milano», explica Sergio. En números, 13 nidos de 904.
Los dos comían sobre todo lo mismo, conejo, y había para ambos. El milano, una rapaz migratoria cuyos viajes se han seguido con emisores GPS, caza de día. El lince lo hace de noche y al atardecer.
Un virus salido de una granja
En 2013 apareció una nueva variante de la enfermedad hemorrágica del conejo. Según el estudio, salió de una granja de cría de Francia y se extendió por toda la península. En la zona de Doñana, los conejos cayeron más de un 70 %.
Para el lince fue un golpe serio, ya que allí el conejo supone el 70-90 % de su dieta. Cuando escasea, tira de las aves acuáticas de la marisma, sobre todo de los patos. Pero ¿qué pasa cuando la marisma tampoco tiene agua?
Menos de un conejo por hectárea
Los ataques a los nidos solo se dispararon en los años secos. Hacía falta, además, que hubiera menos de un conejo por hectárea, el mínimo que el lince necesita para mantenerse. En los años húmedos, aunque faltaran conejos, apenas tocó un nido.
Sergio explica que en esas sequías los linces «se ven abocados a alimentarse de todo lo que encuentren, incluso cuando ello requiere trepar 12 metros para alcanzar un nido de milano». Y lo hacen bien. Con sus 9 a 13 kilos, el lince ibérico es un trepador excelente.
Cada día patrulla de media unos 8 kilómetros de su territorio. Por eso ningún nido estaba a salvo, ni por su altura ni por la experiencia de los padres.

Restos de conejo bajo el nido
Lo más llamativo apareció en el suelo, bajo los árboles. Debajo de los nidos atacados había más del triple de restos de conejo que bajo los demás. Dentro del nido, en cambio, no había diferencias.
Para los autores, lo más probable es que el felino quitara de en medio a un competidor. Algo parecido ocurre con los gatos domésticos que matan los linces. «En términos humanos, podríamos decir que aquellos milanos que se atrevían a quitarles el alimento a los linces acababan pagando un precio muy alto», resume Sergio.
El golpe para los milanos se nota en las cifras. Un pollo ya emplumado casi nunca muere, pues sobreviven más del 97 %. Aun así, en 2018 el lince se llevó casi la mitad de los volantones (hasta un 46 %, según el artículo).
Milanos en fuga, mochuelos al alza
Las parejas que perdieron la nidada tenían cuatro veces más probabilidades de irse a otro territorio al año siguiente. A lo largo de su vida criaron un 27,7 % menos, porque no lograron compensar las pérdidas.
Los territorios atacados tenían el triple de papeletas de seguir vacíos al año siguiente. Los restos de los volantones quedaban a la vista más de un mes. Y los milanos jóvenes eligen dónde instalarse fijándose en cómo les fue a otros el año anterior.

Quien salió ganando fue el mochuelo, un pequeño búho que come insectos y al que cazan los milanos. Con menos rapaces encima, su población creció. Un efecto dominó en toda regla, y en solo dos o tres años.
Falta un experimento que lo confirme
El propio equipo admite que la idea del competidor eliminado aún pide experimentos que la confirmen. Cabe otra explicación, que el lince viera en esos restos la señal de un nido con más comida. Pero encaja peor, porque esos nidos no tenían más pollos.
Para proteger a estos depredadores, los científicos piden recuperar el conejo y garantizar que se inunden las marismas del Guadalquivir. En el artículo plantean incluso dar comida extra a los linces en años de sequía para frenar los ataques. El lince, por cierto, suma ya 885 ejemplares en Sierra Morena, su mayor núcleo.
Sergio cierra con una advertencia sobre la propia ciencia. «Cada vez se apoya menos este tipo de estudios a largo plazo, lo que terminará debilitando seriamente el avance científico en este ámbito», avisa. La nota de prensa del estudio ha sido publicada en la web del CSIC.
Foto: Fabrizio Sergio / EBD-CSIC












