Los expertos piden que nunca regañes a tu perro por ladrar y tiene una explicación lógica: «Es una herramienta de paz»

Publicado el: 9 de abril de 2026 a las 20:44
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Perro tranquilo descansando en casa tras comunicar estrés o calma mediante ladridos o gruñidos.

Hay una escena muy común en casa y en el parque. El perro ladra o gruñe y, casi sin pensarlo, le soltamos un “¡no!” o tiramos de la correa para que se calle.

El problema es que, para un perro, ladrar y gruñir no es “portarse mal” por defecto. Muchas veces es su manera de decir que algo le inquieta, que necesita distancia o que está pidiendo atención. ¿Y si justo esa señal fuera la que te está evitando un susto?



Ladrar y gruñir es lenguaje, no mala educación

En etología se repite una idea sencilla. Antes de un conflicto suele haber un mensaje, y conviene escucharlo. La veterinaria y etóloga Rosana Álvarez lo resume con una frase (“son herramientas de comunicación” que transmiten estados internos).

El ladrido, además, es muy “humano” en el sentido literal. Según explica Álvarez, nace como conducta de cachorros y el perro adulto la mantiene para comunicarse con nosotros y provocar un cambio en su entorno. Por eso un ladrido agudo y cortito puede pedir juego o contacto, mientras que uno más grave suele avisar de algo que el perro percibe como importante (el timbre, alguien en la puerta, un ruido en la escalera).



El gruñido es un aviso y castigarlo puede empeorar todo

Aquí viene el matiz que mucha gente no conoce. Un gruñido no es necesariamente agresión, suele ser una advertencia previa. “El gruñido es el mecanismo que el perro utiliza para evitar morder”, recuerda Álvarez, y lo llama “una herramienta de paz” porque evita la escalada directa.

Cuando lo castigamos, el riesgo es que no desaparezca la emoción que hay detrás (miedo, incomodidad, protección de un recurso), solo se apaga el sonido. Y eso puede salir caro, porque te quedas sin aviso. En un estudio con encuestas a propietarios, varias técnicas confrontativas se asociaron con respuestas agresivas en una parte importante de los perros a los que se aplicaron (por ejemplo, golpes, “gruñir” al perro o forzar físicamente acciones).

No todo gruñido significa amenaza

¿Te ha pasado jugando con tu perro, tirando de una cuerda, y que suelte un gruñido “de emoción”? Puede ser normal. La educadora canina Adriana González recuerda que en el juego muchas dinámicas “simulan partes de la secuencia de caza”, y ahí aparecen sonidos que impresionan pero no van acompañados de tensión real.

La clave es mirar el conjunto. En un contexto de miedo o defensa, Álvarez describe un cuerpo rígido, el peso echado hacia delante o hacia atrás, pupilas dilatadas (“ojo de ballena”) y la cola tensa o muy baja. Si, en cambio, los movimientos son sueltos y el perro se recupera rápido, suele ser otra película.

Qué hacer en el momento sin gritos ni castigos

En la práctica, esto significa cambiar el foco. En vez de intentar “cortar” el sonido a toda costa, lo útil es parar la situación y bajar la intensidad. González recomienda “parar sutilmente la situación y analizar qué estaba pasando” para que el perro llegara a escalar.

A partir de ahí, lo más simple suele funcionar. Aumenta distancia con el estímulo, reduce la presión (menos gente encima, menos manos invadiendo) y mantén la calma. Y recuerda que reñir puede hacer que el perro se sienta más amenazado y escale más, justo lo contrario de lo que buscamos. 

Lo que dice la ciencia sobre educar con miedo

Más allá de lo que vemos en casa, hay datos que apuntan en la misma dirección. Un trabajo publicado en PLOS ONE comparó perros de escuelas que usan métodos basados en castigos o correcciones con otros entrenados con refuerzo y recompensas. Reclutó 92 perros y observó más conductas de estrés y mayores aumentos de cortisol tras el entrenamiento en el grupo con métodos aversivos, y también recuerda que los problemas de conducta se citan a menudo como motivo de entrega a refugios.

Además, esos perros mostraron un sesgo más “pesimista” en una prueba cognitiva, algo que los autores relacionan con un peor estado emocional general. No significa que un regaño puntual “arruine” a un perro, pero sí que convertir el castigo en estrategia habitual tiene un coste, y no hay pruebas claras de que sea más eficaz que entrenar con refuerzo según revisiones científicas.

Cuándo pedir ayuda y por qué no conviene esperar

Hay casos en los que el ladrido o el gruñido se vuelven persistentes, desproporcionados o el perro no consigue volver a la calma por sí solo. Álvarez lo relaciona con hiperreactividad o sensibilización (cuando el perro “salta” con facilidad y le cuesta regularse) y recomienda acudir a un profesional de comportamiento.

También conviene descartar dolor o problemas médicos, porque un perro que sufre puede volverse más irritable sin “motivo aparente”. Y si hay niños en casa o ya ha habido amagos de mordisco, la seguridad y la gestión del entorno van primero. No es poca cosa.

Entender estos avisos es una de las formas más simples de cuidar su bienestar y el de quienes le rodean. El estudio científico citado se ha publicado en PLOS ONE.

Imagen autor

Adrián Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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