Nueva Zelanda ha lanzado uno de los planes ecológicos más radicales. El Gobierno quiere erradicar de aquí a 2050 a sus principales depredadores invasores (ratas, zarigüeyas, mustélidos y gatos ferales) para evitar el colapso de su fauna nativa. Algunos cálculos publicados en medios especializados hablan de más de 30 millones de animales, una cifra que plantea una pregunta inevitable. ¿Hasta dónde se puede llegar para reparar un daño causado por nosotros mismos?
La clave está en la historia natural del país. Aotearoa Nueva Zelanda lleva más de 80 millones de años sin grandes mamíferos terrestres, de modo que sus bosques se llenaron de aves que anidan en el suelo, reptiles e insectos muy poco preparados para depredadores que cazan de noche. Con la llegada de ratas y, más tarde, de zarigüeyas, comadrejas, hurones, armiños y gatos, ese equilibrio se rompió. Hoy el propio Departamento de Conservación calcula que los depredadores introducidos matan en torno a 25 millones de aves al año y que el país tiene una de las mayores proporciones de especies amenazadas del mundo.
El programa Predator Free 2050 se centra en los mamíferos que más daño causan. La lista oficial incluye ratas, zarigüeyas y mustélidos (armiños, comadrejas y hurones), a los que se han sumado desde finales de 2025 los gatos ferales que viven totalmente fuera del control humano. Estos depredadores atacan huevos, pollos y adultos, devoran semillas y vegetación nativa, transmiten enfermedades al ganado y empujan a muchas especies a un punto en el que cada pérdida cuenta.
La meta política de un país libre de grandes depredadores para 2050 se anunció en 2016. Entonces, el primer ministro John Key resumió la situación al recordar que “Rats, possums and stoats kill 25 million of our native birds every year” y que esa presión cuesta miles de millones a la economía. Desde entonces, el Departamento de Conservación lidera una estrategia nacional y un Plan de Implementación Interino para 2024 2030 que fija prioridades, financiación y reparto de tareas entre agencias y comunidades.
Sobre el terreno, la herramienta más polémica y eficaz es el veneno 1080 (fluoroacetato sódico) en cebos diseñados para atraer a ratas y zarigüeyas y, de rebote, reducir también mustélidos que se alimentan de los cadáveres. Datos oficiales muestran que una operación bien planificada puede eliminar alrededor del 95 al 100 % de ratas y del 90 al 100 % de zarigüeyas y mustélidos en áreas de difícil acceso. A esto se añaden redes de trampas, proyectos de captura comunitaria, cámaras con inteligencia artificial y ensayos de nuevas tecnologías para mantener las poblaciones a niveles bajos.
Aquí es donde entra el dilema ético. Las organizaciones de defensa animal denuncian el sufrimiento que provoca el 1080 y el riesgo de envenenar perros, ciervos o algunas aves si algo falla. Los defensores del programa responden que, sin estas campañas, muchos pájaros, reptiles y murciélagos únicos desaparecerían en una o dos generaciones y que no existe hoy una alternativa igual de eficaz para grandes extensiones montañosas. Los documentos oficiales y la literatura científica piden abrir este debate de forma transparente e incorporar el bienestar animal en las decisiones, no solo las curvas de población.
La inclusión reciente de los gatos ferales ha calentado aún más la discusión. El ministro de Conservación los ha descrito como “stone cold killers” y la estrategia revisada prevé una erradicación coordinada en todo el país, mientras deja fuera a los gatos domésticos. Las encuestas recogen un apoyo amplio al control de los gatos salvajes, pero también preocupación por un posible efecto arrastre sobre las mascotas, por lo que organizaciones y expertos insisten en medidas paralelas como el microchip y la esterilización.
Fuera de Nueva Zelanda, Predator Free 2050 se observa como un experimento de conservación que podría inspirar a otros archipiélagos. Los estudios advierten de que metas tan ambiciosas pueden aportar grandes beneficios incluso si no se alcanzan del todo, pero también riesgos ecológicos, financieros y sociales si se prometen más resultados de los que la ciencia puede garantizar. Un futuro con bosques llenos de cantos de aves o un país que acepta quedarse sin ellos. Cuando los depredadores fueron introducidos por el ser humano, la pregunta es si no se convierte la inacción en otra forma de decidir su destino.
El conjunto de documentos estratégicos del programa Predator Free 2050 ha sido publicado en la página oficial del Departamento de Conservación de Nueva Zelanda (DOC).

















