Un robot submarino que exploraba los cañones de Ningaloo, frente a Australia Occidental, se topó con una escena difícil de olvidar. Una estructura gelatinosa, finísima, se enrollaba en forma de espiral y parecía no terminar nunca. Los científicos la estimaron en torno a 45 a 47 metros de longitud, una cifra que la coloca entre los organismos más largos registrados.
Lo llamativo no es solo el tamaño. Este hallazgo recuerda que el océano profundo sigue siendo, en buena parte, un territorio desconocido, justo cuando el mundo debate cómo proteger la alta mar y qué actividades deberían o no hacerse en el fondo marino. ¿Cómo vamos a gestionar algo si casi ni lo hemos visto?
No es un solo animal
El sifonóforo no funciona como una ballena, con un cuerpo “único” y órganos definidos. Es un animal colonial, formado por muchos individuos diminutos llamados zooides, conectados y coordinados como si fueran un solo organismo.
Cada zooide está especializado en una tarea, desde capturar presas hasta reproducirse o ayudar al movimiento. Visto así, el “animal” es más bien un equipo, con miles de piezas que solo tienen sentido juntas. Y eso se nota.
Los investigadores lo situaron dentro del género Apolemia y apuntan a que podría tratarse de una especie aún no descrita formalmente. No es una rareza en el océano medio y profundo, donde muchas formas de vida siguen sin nombre en los catálogos.
Los cañones de Ningaloo
La grabación se obtuvo en los cañones submarinos de Cape Range y Cloates, cerca de Ningaloo, en el Índico y frente a la costa de Australia Occidental. Son zonas profundas y de difícil acceso que, hasta hace poco, apenas habían sido observadas con detalle.
La expedición fue liderada por el Western Australian Museum y reunió a investigadores de varias instituciones, con apoyo del Schmidt Ocean Institute. El objetivo era explorar y documentar biodiversidad, no buscar “bichos récord”. Pero el océano no suele avisar.
Para conseguirlo, el equipo trabajó desde el buque de investigación Falkor y utilizó el ROV SuBastian, un vehículo capaz de bajar hasta 4.500 metros. En esa campaña completaron 20 inmersiones y sumaron 181 horas de exploración.
Una medida enorme, pero estimada
El sifonóforo se describió con una longitud aproximada de 150 pies, que son unos 45,7 metros. Muchos medios redondean a 46 o 47 metros, pero la idea importante es que hablamos de una cifra aproximada, no de una medición “de laboratorio”.
A cientos de metros de profundidad no hay una cinta métrica, y además es un organismo extremadamente frágil. Por eso se recurre a herramientas del propio robot, como cámaras de alta resolución y láseres de escala (en la ficha técnica de SuBastian aparecen como “scaling lasers”, con separación calibrada).
Según la reconstrucción del encuentro, el animal estaba a unos 600 metros y aparecía dispuesto en una gran espiral mientras se alimentaba. Desde la superficie no veríamos nada, ni aunque el mar estuviera como un plato.
La espiral que sirve para comer
Esa forma enrollada no es un capricho estético. En este tipo de sifonóforos, la espiral se asocia a una postura de alimentación, con tentáculos urticantes formando una especie de “muro” que atrapa pequeñas presas que pasan cerca.
Los sifonóforos pertenecen a los cnidarios, el grupo que incluye medusas y corales, y por eso cuentan con células urticantes para capturar alimento. En una colonia, distintos zooides se ocupan de la captura y otros del procesamiento, con intercambio de nutrientes a través de un tallo común.
En el océano profundo la comida no cae a raudales, así que cualquier estrategia que aumente la eficacia cuenta. Puede parecer ciencia ficción, pero es biología afinada por millones de años.
Lo que revela sobre el océano profundo
Cuando vemos un vídeo así, lo fácil es quedarse en el “qué grande”. La pregunta útil es otra, cuánto falta por descubrir. NOAA recuerda que solo el 28,7% del fondo marino global está cartografiado con tecnología moderna de alta resolución, y que hemos “visto” menos del 0,001% del fondo del océano profundo.
En paralelo, iniciativas como Seabed 2030 han anunciado un hito reciente, con cinco millones de kilómetros cuadrados mapeados añadidos en un solo año. Mapear no es lo mismo que explorar, pero es el primer paso para decidir dónde bajar con robots y cámaras.
La expedición de Ningaloo encaja en esa lógica, porque no solo grabó al sifonóforo. En la misma campaña se documentaron hasta 30 especies potencialmente nuevas y se planteó desarrollar métodos con ROV para vigilar parques marinos y analizar muestras profundas con ADN ambiental.
Por qué importa para el clima y la protección
El océano no es un decorado azul, es parte del sistema climático. El IPCC recuerda que el mar ha absorbido más del 90% del exceso de calor del sistema climático, lo que amortigua el calentamiento, pero también calienta el agua y altera ecosistemas.
Además, el mar también absorbe una parte relevante del CO2 que emitimos, aunque ese “servicio” tiene un precio en forma de acidificación. NOAA resume que el océano absorbe alrededor del 30% del CO2 liberado a la atmósfera, y eso cambia la química del agua.
Y aquí entra la política. El acuerdo internacional sobre biodiversidad en alta mar (BBNJ), conocido como “Tratado de Alta Mar”, entró en vigor el 17 de enero de 2026 y crea un marco para áreas marinas protegidas y evaluaciones de impacto ambiental en aguas internacionales. La idea, en el fondo, es proteger mejor lo que aún estamos empezando a conocer.
El comunicado oficial ha sido publicado en Schmidt Ocean Institute.










