Día Internacional contra Chevron-Texaco

En Joya de los Sachas, María Garófalo, lidia el suyo. Lo que no se esperó fue que, cuando, por un dolor de estómago de su hija las dos fueron al médico, recibieran tres noticias como balas: Silvia, con 19, tenía cáncer, estaba embarazada y perdería su niño.

Esteban Michelena, periodista ecuatoriano y autor del libro “Crónica de una barbarie impune”. Un psicólogo asegura que quienes sufren de cáncer, enfrentan cotidianos mano a mano con la depresión, proveniente de su única certeza: son candidatos a muertos. Y les consume saber que, el día de sus funerales, se agazapa en su calendario.

En Joya de los Sachas, María Garófalo, lidia el suyo. Lo que no se esperó fue que, cuando, por un dolor de estómago de su hija las dos fueron al médico, recibieran tres noticias como balas: Silvia, con 19, tenía cáncer, estaba embarazada y perdería su niño.

Un hijo es motivo de esperanza. Para ellas, fue una embestida del sino trágico que malogró sus vidas. Para recibir atención médica, deben trasladarse a Quito. Y para eso, “hacen vaca”. Es decir, suman, entre familiares y vecinos, de poquito en poquito, el dinero indispensable.

Mientras casi por cuatro décadas operó en la Amazonía ecuatoriana, Texaco logró ingresos calculados en 6.000 millones de dólares. Lo afirma un estudio del experto Iván Narváez, quien añade que, en la remediación, la empresa no ha destinado más de 50 millones de dólares.

Entre estas cifras yace el dolor que afecta a María y a otros protagonistas de “Crónica de una barbarie impune”. Silvio Chapal, ex maestro de la comunidad Cofán asentada en Dureno, cuenta del pánico que vivieron cuando enfrentaron emergencias sanitarias, ante enfermedades desconocidas y sin prevención ni estructura alguna.

De pronto, empezaron a enfermar las madres, que sufrían abortos o partos prematuros de hijos que nacían incompletos o moribundos. ¿Cómo sufrirían estos inocentes gritando su dolor a un cielo lejano? Y para colmo de males, su farmacia y alacena, que estaban en los bosques, también empezaron a morir, contaminadas.

Un chamán preguntaba a quién habitaría (una vez muerto) si los jaguares habían desaparecido. De pronto, quien mediaba entre los dioses y la tierra, de anciano respetable, pasaba a ser un paria condenado a merodear los restos devastados de lo que antes fuera su hogar, su dominio y paraíso. A los originarios, Texaco no solo les pudrió sus tierras. También les expulsó sus dioses.

El daño que provocó la desaforada explotación de Texaco ante –en ese entonces, un estado y gobiernos subyugados a los intereses de las grandes corporaciones- pervive décadas luego en estos ecuatorianos y, según el Ministerio del Ambiente del Ecuador, en cerca de 20 000 km cuadrados de tierras, cuerpos de agua y humedales degradados que se volvieron infértiles o peligrosos focos contaminantes.

Tras la demanda de la indígena kichwa María Aguinda en representación de 30 000 afectados, (Nueva York, 1993), luego de diez años de disputa (2003) la empresa logró que el caso se ventilara en cortes ecuatorianas; declarando someterse al procedimiento. Ocho años más tarde (febrero 14 de 2011), la corte de Sucumbíos sentenció el pago de 9.500 millones de dólares como compensación al daño. Y el caso muestra los infinitos recursos de la empresa para evitar la justicia en EEUU o en Ecuador.

Es que, al contestar la demanda, ¡oh, sorpresa! Chevron declaró, nuevamente, que la justicia ecuatoriana no es competente, porque el Estado firmó acuerdos que le liberaron de responsabilidad. Esos acuerdos, sin embargo, no impiden que terceros o privados, es decir, los litigantes de Lago Agrio, reclamen sus derechos a la empresa.

Para abril de 2015, el Tribunal de Arbitraje de La Haya dijo que los reclamos planteados en las demandas -que son sobre derechos individuales- no están impedidos por los acuerdos de liberación. Es decir, que no había impedimento para que las cortes del Ecuador entren a analizar las demandas.

Es un avance para la causa, pero novedades al respecto, se esperan, recién, en otros dos años. Adicionalmente, La Haya sigue estudiando la supuesta violación de un Tratado Bilateral de Inversiones entre Ecuador y EEUU, suscrito cinco años luego de que Texaco dejara el país. ¡Cuesta creerlo, pero así funciona!

Al tanto, las vidas de mis compatriotas transcurren despojadas de un mínimo de humanidad. Los jueces se toman su tiempo. Podrían también honrar su condición y conocer el caso in situ. Mientras, los dolientes de Texaco, 22 años más tarde, no reciben un dólar partido por la mitad. Y una agobiada María Garófalo, pronuncia frases que no leí de locos poetas modernistas: si la muerte es de nosotros, tenemos que morir.

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