La inmoralidad de tirar alimentos

Comenzó a indagar sobre esta temática y se encontró con un panorama paradójico y, al mismo tiempo, desolador: se tiraba una cantidad ingente de alimentos a la basura mientras que había muchas personas que no tenían una cesta de la compra digna.

Uno de cada tres kilos de alimentos que se producen en el mundo acaban desperdiciados. Un problema que, si bien puede traer consigo un primer impacto de tipo moral, lo cierto es que se trata de un fenómeno con múltiples aristas y graves consecuencias desde la dimensión ambiental, económica y social.

Así lo explicó en la emisora EsRadio Héctor Barco Cobalea, Licenciado en Ciencias Ambientales, Máster sobre la Ordenación Territorial en el Área Mediterránea y doctorando en la Universidad de Deusto sobre la reducción de las actuales tasas de despilfarro alimentario a nivel local y supralocal; una tesis que se enmarca en el proyecto europeo Waste4Think y que lo ha llevado a una estancia internacional en Italia, concretamente en el centro de investigación de la Comisión Europea.

En el transcurso de la entrevista radiofónica, Barco Cobalea confesó que su preocupación, y también su pasión por esta temática, emergió hace más de una década, tras haber visto un reportaje televisivo en el que se daba cuenta de la ingente cantidad de alimentos que acababan cada día en la basura.

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Comenzó a indagar sobre esta temática y se encontró con un panorama paradójico y, al mismo tiempo, desolador: se tiraba una cantidad ingente de alimentos a la basura mientras que había muchas personas que no tenían una cesta de la compra digna. En 2012, cuando los efectos de la crisis económica se hacían más patentes y profundos, decidió apuntarse como voluntario del Banco de Alimentos de Sevilla, donde pudo conocer en primera persona la problemática del desperdicio alimentario.

A más desperdicio, menos recursos

La incidencia y los motivos que se encuentran detrás del desperdicio alimentario en los distintos países del mundo resulta diversa y variable, pero sí están identificados algunos elementos que lo promueven o lo intensifican. En el caso de los países industrializados, las elevadas tasas de despilfarro obedecen muchas veces a una falta de planificación, mientras que, en los menos desarrollados, a la propia carencia de infraestructuras para la correcta conservación de la comida. En un caso y en otro, lo cierto es que cuando desechamos un alimento, estamos tirando por la borda todos los recursos invertidos en su producción, que son muchos.

En este sentido, Barco Cobalea se refirió a la economía circular como una oportunidad para poner un poco de orden y articular las medidas con las que propiciar que los actuales índices de deseperdicio se vayan aminorando progresivamente. No obstante, Barco Cobalea advirtió también que la economía circular no debe visualizarse únicamente como la transformación de residuos en recursos, sino como un plan de acción que contempla el producto durante todo su ciclo de vida, desde su concepción y el propio ecodiseño del mismo hasta su consumo final y gestión sostenible del residuo producido.

Se refirió a la cadena agroalimentaria como herramienta clave, por lo que, tal y como aseguró, urge conocer con mayor exactitud las cifras específicas del desperdicio alimentario en cada uno de los sectores, ya que constituye el motor de arranque para generar posteriormente líneas de acción orientadas a a minimizar este problema.

Asimismo, desveló que la clase política muestra una gran preocupación al respecto y percibe una gran receptividad por su parte para abordar este fenómeno; pero advirtió también que la resolución del mismo no está únicamente en manos de los científicos o de los que toman decisiones en el ámbito político, sino que requiere de la implicación de todos los ciudadanos. “Hay que buscar la forma de que al ciudadano no le salga mejor tirar que aprovechar”, sentenció.

Para más información: Sogama

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