Miles de toneladas de munición de la Segunda Guerra Mundial descansan desde hace décadas en el fondo del mar Báltico. No son solo restos históricos. Son una fuente lenta de sustancias tóxicas que ya se están detectando en el agua, en los sedimentos y en los propios peces. Y el calentamiento del mar acelera el problema.
Se estima que allí se hundieron entre 40 000 y 60 000 toneladas de armas químicas tras la guerra, además de cientos de miles de toneladas de bombas, minas y proyectiles convencionales. Solo en aguas alemanas del Báltico se calculan unas 300 000 toneladas de munición, y más de 1,5 millones de toneladas si sumamos el mar del Norte.
¿Qué significa esto para quienes viven de la pesca, para los planes de parques eólicos marinos o incluso para quien disfruta de un plato de arenques ahumados en la costa báltica
Un legado bélico que sigue activo bajo el agua
El biólogo marine Michał Czub recuerda que en el siglo XX se colocaron hasta 200 000 minas marinas en la zona, muchas con cargas de explosivos que van desde unas decenas de kilos hasta casi una tonelada. En sus palabras, la escala de la munición convencional supera con creces a la química.
Durante décadas se pensó que el agua del mar “neutralizaba” estos arsenales. Hoy sabemos que no es así. El nuevo informe temático de la Comisión de Helsinki HELCOM sobre objetos peligrosos sumergidos en el Báltico confirma que la corrosión de los cascos metálicos abre paso a la fuga de explosivos, metales pesados y compuestos de las armas químicas, y que parte de ese material entra en la cadena trófica.
Además, el documento subraya algo incómodo. Algunos productos de degradación, por ejemplo derivados de agentes arsenicales o de la iperita, pueden resultar incluso más tóxicos que la sustancia original, de modo que el vertido no “apagó” el riesgo, sino que en buena medida lo transformó.
Qué dicen las mediciones en agua, sedimentos y peces
En los últimos años se han pasado del “sabemos que hay munición” a medir qué llega realmente al ecosistema. Un estudio publicado en 2025 en la revista Chemosphere analizó cientos de muestras de agua y sedimentos en el suroeste del Báltico y encontró compuestos explosivos como TNT, RDX o DNB en casi todas las muestras, aunque en concentraciones de trazas.
La mayor parte de estas sustancias aparecía disuelta en el agua, no pegada a partículas ni acumulada en el fondo. El equipo calculó que el inventario de compuestos disueltos ronda las tres toneladas, suficiente para mantener la contaminación actual durante siglos si la munición sigue oxidándose al ritmo actual.
Otro trabajo, con quince años de datos en peces y pequeños crustáceos del Báltico, ha detectado repetidamente restos de agentes de guerra química y sus derivados en tejidos y sedimentos. Las concentraciones medias son bajas y, según los autores, el riesgo directo para consumidores humanos sería reducido, aunque no inexistente para especies que viven toda su vida sobre los fondos contaminados.
A pie de campo, proyectos como CHEMSEA, DAIMON o UDEMM han cartografiado los principales vertederos de armas, desarrollado modelos 3D del fondo marino y probado sensores para detectar explosivos en tiempo casi real. Son herramientas que hoy usa la comunidad científica y las administraciones para decidir dónde actuar primero.
El calentamiento del mar complica la ecuación
El mar Báltico ya es un paciente delicado por eutrofización, sobrepesca histórica y falta de renovación de aguas. A eso se añade ahora el factor clima. El centro de investigación GEOMAR Helmholtz Centre for Ocean Research Kiel advierte de que el aumento de la temperatura y la intensidad de las tormentas acelera la corrosión de la munición y favorece que los compuestos explosivos y el mercurio pasen al agua más deprisa.
En la práctica esto significa que lo que antes podía considerarse un problema “muy a largo plazo” se está adelantando. Y eso se nota. Estudios en mejillones y peces planos cerca de zonas como Kolberger Heide, en la bahía de Kiel, ya muestran TNT y sus metabolitos en los tejidos, con efectos genotóxicos en laboratorio.
Recuperar o dejar en el fondo
Aquí se abre el gran dilema. Muchos expertos coinciden en que la munición no puede quedarse indefinidamente donde está, especialmente en áreas próximas a pesquerías, cables, gasoductos o futuros parques eólicos marinos. En Polonia, por ejemplo, un estudio reciente advierte de que la presencia de armas químicas en zonas de proyectos eólicos podría retrasar obras y disparar los costes si no se aborda el problema con antelación.
Sin embargo, recuperar bombas y proyectiles tampoco es sencillo. El Convenio de Londres y la Convención de Helsinki prohíben nuevos vertidos, pero no obligan de forma clara a limpiar lo que se arrojó antes de su entrada en vigor, y la Convención sobre Armas Químicas trata estas cargas hundidas como “armas antiguas”. Eso crea un laberinto jurídico que complica quién puede manipularlas, cómo y dónde destruirlas.
Pese a todo, algunos países ya se mueven. Alemania ha aprobado un programa específico de 100 millones de euros para recuperar munición en el mar del Norte y el Báltico y probar una plataforma flotante que permita levantar los artefactos y destruir los explosivos de forma controlada, con monitorización ambiental continua.
Qué podemos esperar y qué se está haciendo
Los científicos son prudentes al hablar de “catástrofe inminente”. Muchos efectos serán silenciosos, en forma de estrés crónico en peces de fondo, cambios sutiles en comunidades bentónicas o riesgo localizado para profesionales de la pesca cuando un artefacto aparece en las redes. Pero el reloj de la corrosión corre más deprisa que la política y la financiación.
En el fondo, el Báltico se ha convertido en un laboratorio a cielo abierto sobre cómo gestionar municiones hundidas. Lo que se aprenda allí servirá para otros mares donde hoy mismo se libran guerras y caen bombas que mañana serán residuos peligrosos, como recuerda el propio Instituto de Oceanología de la Academia Polaca de Ciencias.
Para la ciudadanía, la clave está en exigir transparencia, apoyar la investigación independiente y entender que la transición energética azul, desde la eólica marina hasta los cables submarinos, tendrá que convivir con este legado bélico. No es un miedo irracional, pero tampoco motivo para el pánico. Es, más bien, otra razón para tomarse en serio el estado de nuestros mares.
El informe temático completo sobre municiones y otros materiales de guerra sumergidos ha sido publicado por HELCOM.



















