Casas construidas con botellas de plástico para los refugiados saharauis en Tinduf

Este joven saharaui supone estadísticamente una excepción. Según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, solo el uno por ciento de las personas desplazadas puede ir a la universidad.

El desierto es un lugar inhóspito caracterizado por altas temperaturas y tormentas de arena, adversidades climáticas con las que los 173.000 refugiados saharauis de Tinduf (Argelia) lidian desde hace más de 40 años. Tateh Lehbib, uno de ellos, ha ideado un tipo de casa, de planta circular y construida con botellas de plástico, para «aliviar el sufrimiento» de los suyos.

Lehbib, de 29 años de edad, nació y creció en Auserd, uno de los cinco campamentos de refugiados saharauis que se levantan en torno a la localidad argelina de Tinduf. Allí cursó sus estudios de primaria y secundaria pero para subir al escalón universitario necesitó la beca DAFI de ACNUR, de la que ya se han beneficiado 13.500 refugiados en 50 países de todo el mundo desde 1992.

Este joven saharaui supone estadísticamente una excepción. Según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, solo el uno por ciento de las personas desplazadas puede ir a la universidad. Las becas DAFI buscan engordar esta cifra porque «la educación es una herramienta transformadora», ha explicado la presidenta del Comité Español de ACNUR, Matilde Fernández, en el acto de presentación de ‘El loco del desierto’, un documental dirigido por Julieta Cheper y financiado por la agencia de la ONU que cuenta la historia de Lehbib.

Gracias a este empujón, Lehbib pudo estudiar Energías Renovables en la Universidad de Argel y un máster de Eficiencia Energética en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Cuando completó su educación, regresó a Auserd y puso en práctica los conocimientos adquiridos para «mejorar la calidad de su pueblo», ha destacado Fernández desde el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM), donde este lunes se ha proyectado el documental.

«Ya habréis escuchado muchas historias de refugiados saharauis y mi historia no es una historia diferente», ha declarado Lehbib. «Es una historia de lucha cotidiana en la que se entremezclan la tristeza y el sufrimiento, una historia que tiene lugar en el desierto más inhóspito del mundo», ha enfatizado.

Una casa para mi abuela

El punto de inflexión para Lehbib fueron las inundaciones que hubo en 2015 en los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf, que destruyeron el 80 por ciento de los hogares. En ese momento, se encontraba en España estudiando. «Y empecé a buscar una solución» para las viviendas saharauis, ha relatado.

Su primer proyecto fue la casa de su abuela Koira. «Al principio encontré muchas dificultades para construir el techo porque (…) requiere muchos cálculos y mucha experiencia», ha comentado. Intentó fabricar un tejado con planchas metálicas que liberaran la temperatura a través de una cubierta verde hecha con botellas de plástico a modo de maceta. No funcionó pero de ahí surgió la idea de dar un nuevo uso a las botellas de plástico que se acumulan en los vertederos de los propios campamentos para superar las tradicionales construcciones de adobe y las jaimas, que han demostrado ser insuficientes para un entorno tan hostil.

Las botellas rellenas de la arena del propio desierto serían los ladrillos de una casa de 16 metros cuadrados con forma circular, «porque eso ayuda a que la arena no se acumule alrededor» y a que los rayos de sol no impacten directamente en las paredes. «Al principio hubo muchas dificultades. La gente no quería las casas circulares porque decían que no tenían alfombras redondas (…) Ahora estamos desarrollando una construcción de planta redonda pero que por dentro sea cuadrada para que puedan tener alfombras», ha contado.

El sueño de lehbib

La casa de Koira costó unos 250 euros porque Lehbib se encargó de buscar las 6.000 botellas de plástico necesarias, así como otros materiales, rellenarlas de arena y construirla. El resultado fue una casa más fresca y más resistente a las inclemencias del tiempo. Lehbib captó la atención de diversas organizaciones, incluida ACNUR, que han financiado un total de 25 casas aunque con un método perfeccionado. Ahora hay distintos equipos que se encargan de recolectar las botellas y demás materiales y llenarlas de arena. La construcción queda en manos de dos obreros que tardan unas dos semanas en levantar la vivienda.

El coste ha subido a unos 1.500 euros pero a cambio se implica a toda la comunidad y se crean puestos de trabajo. «Cuando miro hacia atrás, me sorprende la gran capacidad que tenemos los seres humanos en nuestras manos de construir, cambiar y crear aquello que realmente queremos», ha valorado Lehbib.

Estas 25 casas se han entregado a familias de bajos recursos o que cuentan entre sus miembros a personas con algún tipo de discapacidad y que viven en los cinco campamentos de Tinduf. «Mi sueño no es construir solo 26, 27 o 28 casas. Mi sueño es construir una vivienda por cada refugiado saharaui», ha revelado. «Voy a seguir construyendo», ha asegurado.

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