«Los efectos de dosis pequeñas de radiactividad durante mucho tiempo son poco conocidos»

«La diferencia con Chernóbil es clara, porque aquella era una central que estaba a pleno rendimiento en el momento de la explosión, mientras que los reactores de Fukushima estaban parados, así que el contenido en sustancias radiactivas es mucho menor en este caso», afirma el científico en declaraciones a DiCYT. «En el peor de las hipótesis posibles, se liberarán gases radiactivos al exterior, pero no se producirá un fenómeno de tipo explosivo nuclear», señala.

Por lo tanto, las consecuencias sobre la población no serían tan graves por este motivo y sobre todo porque los japoneses han conseguido evacuar a la población situada en un radio de 30 kilómetros, mientras en Chernóbil la explosión pilló por sorpresa a los habitantes del lugar. La contaminación que puede llegar a otras zonas sería de tipo gaseoso. En este caso, «la vía más rápida de penetración es la respiración, lo razonable sería ponerse máscaras o estar en sitios cerrados y cubrirse lo más posible.

Además, se han tomado otras medidas preventivas, aunque «tienen un alcance limitado», señala Francisco Fernández, entre ellas, la administración de pastillas de yodo. Uno de los materiales radiactivos esparcidos por el aire más dañinos puede ser el yodo, así que este remedio consiste en saturar el tiroides de yodo no radiactivo para que el yodo radiactivo que puede llegar a una persona a continuación sea rechazado.

En cualquier caso, «los datos son confusos y sobre datos confusos es mejor no sacar conclusiones», señala el experto. Por ejemplo, «se habla de niveles de radiactividad, pero pueden ser locales en determinados puntos y por eso continuamente dicen que han subido o que han bajado, ya que depende del punto en el que se mida y del momento. Es difícil extraer conclusiones de lo que realmente está pasando», comenta.

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La unidad en la que se mide la dosis radiactiva es el sievert. Hay un estándar en radioprotección que recomienda que una persona no debe recibir al año más de un milisievert si no está controlada. De hecho, los niveles naturales de radiactividad ambiental están en esa cifra, entre uno y dos milisieverts. Los expertos consideran que a partir de 100 milisieverts una dosis puede causar daño en las personas. «El problema es que la dosis que puede recibir la población no llegaría de golpe, como en Chernóbil, sino que se iría recibiendo poco a poco y los efectos de estas dosis pequeñas de radiactividad durante mucho tiempo son mucho menos conocidos», indica Francisco Fernández.

El peor escenario posible

«El peor escenario posible es que se resquebrajen las vasijas de alguno de los reactores por el calor», comenta. «El problema de la central es que ha perdido la refrigeración, se ha calentado y todos los intentos de enfriarla están siendo infructuosos. Las explosiones posiblemente sean producidas porque las vainas donde está introducido el combustible nuclear se hayan calentado y hayan reaccionado con el agua hasta producir explosiones de hidrógeno. En sí mismas, estas explosiones no son malas, sólo lo son en el sentido de que pueden dañar la vasija del reactor y liberar parte de la radiactividad. Una vasija no se va a romper, pero el escenario peor es que se resquebraje y que se produzca la fusión del núcleo. Esto significa que las vainas en las que está metido el combustible nuclear se recalientan y se funden hasta formarse una especie de pasta en la que están mezclados todos los isótopos nucleares. Esto producirá gases radiactivos que se pueden liberar al exterior y esa liberación se puede prolongar en el tiempo produciendo contaminación», concluye.

¿Los sucesos de Japón podrían desembocar en un rechazo de la energía nuclear? «No se pueden tener numerosas centrales nucleares y levantarse un día y decir que hay que cerrarlas todas, eso no es serio. Lo único nuevo que ha ocurrido es una catástrofe natural de tamaño descomunal, en esa catástrofe hay un gran número de centrales que han resistido porque estaban preparadas para ello y otras que no», indica el científico. Por lo tanto considera que las primeras reacciones de los políticos tienen que ver con cálculos electorales y que «no es un debate serio sobre la energía nuclear, que en su día habrá que hacer».

Medición de radiactividad en Salamanca

La Universidad de Salamanca cuenta con el Laboratorio de Radiaciones Ionizantes, que mide la radiactividad natural y que dirige Begoña Quintana, compañera de Francisco Fernández en el Departamento de Física Fundamental. «En Salamanca hay radiactividad natural por las características geológicas del suelo, ya que hay minas de uranio y el uranio la produce», comenta el experto. Por eso, hay un programa del Consejo de Seguridad Nuclear que está desarrollado por universidades de toda España que controla la radiactividad natural, un control exigido por la Unión Europea. «No es un sistema de alarma, sino que se filtra el aire durante una semana y se recogen los datos, pero hay otras instalaciones en las que se realiza la medición de forma instantánea», apunta. Esta medición de la radiactividad ambiental se realiza desde 1991 y nunca se han detectado anomalías.

Por otra parte, aunque Salamanca cuenta con dos instalaciones nucleares, la mina de uranio de Saelices el Chico y la planta de producción de combustible nuclear de Juzbado, que tienen un protocolo de medidas de seguridad y seguimiento. Además, la Universidad toma sus propias medidas para corroborar los datos. Se trata de medir la radiactividad en aguas, vegetales y, una vez al año, en carne y pescado de los ríos cercanos.

Juzbado no puede tener un accidente similar

Según Fernández, en el hipotético caso de que se produjese un fuerte terremoto Juzbado no puede sufrir un accidente similar al de una central nuclear «porque allí no se produce energía». Sólo se trabaja con combustible nuclear enriquecido, «unos polvos que se introducen en unas vainas o barras metálicas que se llevan a las centrales». Lo único que podría pasar es que este polvo, que tiene una radiactividad poco intensa porque es casi natural, se disperse por el ambiente, pero no sería un fenómeno comparable al accidente en una central.

Otra duda que se puede plantear a raíz de la crisis japonesa es cómo puede afectar a la Ciencia el cuestionamiento de la energía nuclear. «En España ya ha ocurrido, las carreras de Ingeniería nuclear casi desaparecieron hace años y no se han retomado, así que no preveo más consecuencias desde el punto de vista de la investigación científica, espero que pase este periodo y, una vez analizados los fenómenos con tranquilidad, vuelva a imperar la sensatez y volvamos a tener un debate sereno sobre la energía nuclear», afirma.

Innovar para minimizar riesgos

En este sentido, asegura que un mundo sin energía nuclear sólo es posible en la actualidad si se produce una reducción significativa del consumo, que limitaría la calidad de vida, al que «no parece razonable que esto pueda ocurrir». En el futuro, prescindir de ella pasaría por poder almacenar la energía eléctrica de las renovables o avanzar en la energía de fusión. Además, recuerda que otros tipos de energía también entrañan riesgos, vividos en España como la rotura de presas hidroeléctricas en Zamora o en Tous, algo que también puede suceder ante un terremoto. «Toda actividad humana entraña riesgos, pero no hay que demonizar unos riesgos con respecto a otros, sino trabajar para minimizarlos y con ese objetivo la especie humana estudia y hace innovación», agrega.

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