Vidas ejemplares. El sueño de Amable

Nuestra sociedad alaba la juventud y, con frecuencia, muestra el más hondo desprecio por la vejez. Esto hace que muchos ancianos acaben sus días abandonados, invadidos por la tristeza o, en el mejor de los casos, esperando el fin, inertes… mientras observan la vida pasar.

No cabe duda de que hacerse mayor es un fastidio en muchos sentidos, sobre todo para aquellos que van decayendo físicamente, pero hay vida más allá de las canas y la belleza. Voy a contar la historia de Amable.

Nuestro protagonista es de los que viven su vejez con sosiego y con una fortaleza y alegría contagiosas. Y es que hace tiempo que encontró el antídoto contra el vacío que provoca en algunos el paso inexorable de los años: su apego a la naturaleza, la energía del bosque, de otros ancianos venerables y poderosos: los tejos. Hasta tal punto, que su contribución para evitar la desaparición de esta especie en grave peligro de extinción es tan valiosa que ha sido reconocida por muchos amantes y defensores de los bosques.

Le conocí durante una emocionante jornada en la que la entidad Trepa, muy merecidamente, le concedió el Rodrigón de Honor por su amor y cuidado a los árboles. Ignacio Abella, otro amante de los bosques al que venera y que le venera, le regaló sus hermosos libros, que aunque ya no puede leer, no importa, pues “disfruto mucho viendo los santos”, lo que más le gusta hacer cuando no puede salir a caminar.

EL HOMBRE QUE MIMABA A LOS TEJOS

No recuerda cuándo fue que su atención se fijó en ellos, “…Fue hace tantos años…”; pero le quedó en la memoria que no quería dejar que aquel árbol sensible y robusto se extinguiera. Fue cuando empezó a ser “tan raru como los obispos” porque antes “cazábase mucho más y había menos depredadores, como venados, que ramonean los tejos…”. Por eso ha empleado varias décadas de su larga vida empeñado en preservarlos y protegerlos: los planta, los mima y los vivera para sus vecinos y amigos. Hoy, Amable es una leyenda y tener un tejo suyo es un honor. “¿Quién me iba a decir a mí que acabarían siendo la ilusión de mi vida?”. Porque si bien es cierto que él les otorgó muchos años de vida, ahora, en el ocaso de la suya, le están recompensando su entrega con creces.

A sus 91 años, tres meses, 12 días y unas horas (porque a su edad, dice, “cuéntanse hasta las horas”), sigue ejerciendo de guía para todo aquel que se lo pida por la tejeda de Peña Mayor, en Asturias, una de las más singulares y de más difícil acceso, por donde a pesar de su edad y lo escarpado del terreno, se mueve con agilidad cabruna. No es de extrañar que el ganado caprino sea su favorito porque “es intrépido y no le tiene miedo a las alturas”. Como él. Una vez arriba te muestra orgulloso su “texu del alma”, el tejo junto al cual quiere que le entierren.

Lo que más ama es darse largos paseos por el monte, para lo que su nieta Susana, cariñosamente, se cuida de abrigarle, para que no coja frío, y prepararle el atillo con el bocata de tortilla y la botellina de vino que, si no le ayudas a beberse, apurará él solito para luego bajar más alegremente. Por el camino te habla de los tejos que ha plantado, que son muchos, como testigos para futuras generaciones. “Su sombra no será para mí”, afirma generosamente, porque sabe que le sobrevivirán.

ENERGÍA CONTAGIADA

Y tiene mucho que contar. Con paso audaz, pero seguro y sosegado, te lleva por la historia de sus queridos tejos, que es su propia historia, plagada de anécdotas y otros hechos no tan anecdóticos. En ambos casos, una vida azarosa. Nació en una numerosa familia, ocho hermanos, de los que sólo le queda una hermana, con la que vive. La guerra le pilló de muy joven, formando parte de la denominada “quinta del biberón”. Padeció dos graves enfermedades. La tuberculosis que casi le lleva a la muerte y que le robó al amor de su vida y de la que milagrosa e inesperadamente le salvó “aquel buen home, Alejandro” –como se refiere con humor a Fleming-.

Luego vino la mina, que también le dejó silicosis en grado 3, la más grave, por la que esta vez ya tuvo que jubilarse. “Cuando me acuesto aún noto algo por aquí” (señala el pulmón). La trágica historia del pozo Funeres está tristemente ligada a su pueblo y a él mismo: allí bajó en busca de los restos de un antiguo y querido amigo, Silvino, que había sido su jefe en la mina y que le había tratado tan bien, porque “de bien nacidos es ser agradecidos”.

TIRAR LOS TEJOS

A pesar de todo, su trato hace honor a su nombre y siempre está carialegre. No hay en él asomo de angustia o queja. Al contrario, su mirada es límpida, expresiva y brillante como la de un niño; destila buen humor y tiene una chispa al hablar de sus infortunios que les hace no parecer tales y siempre concluye sus historias con la misma aseveración: “Lo que no te mata te fortalece… y si no mira los texus”. Pero sobre todo se ilumina cuando habla del bosque, que ocupa un lugar privilegiado en su trayectoria vital, y los tejos en particular, de los que parece haberse contagiado de esa inmensa capacidad para recuperarse.

Y es que Amable es fuerte y firme como un tejo y, como ellos, goza de una energía inusitada, aunque, dice, “ya voy notando que mis fuerzas disminuyen, no toy pa tirale los tejos a nadie”. Por eso procura estar cerca de ellos el mayor tiempo posible para recuperar algo de esa fuerza interior que emana de los árboles. Últimamente le obsesiona más que nunca sentir ese vigor arborescente. Lo confiesa con cierta vergüenza, pero creo que la naturaleza sabrá perdonarle este pecadillo a un hombre que ha hecho tanto por ella.

Porque Amable tiene un sueño por cumplir: subirse a un tejo antes de morir.

Begoña Quintanilla / The Ecologist
As. Vida SanaECOticias.com

ARTÍCULOS RELACIONADOS
- publicidad -

Otras noticias de interés

Día Mundial de los Ríos 2022

La UE cierra zonas de pesca

Proyectos ALADDIN y TAB4BUILDING