La importancia de saber coser un botón

Publicado el: 26 de junio de 2013 a las 10:32
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La importancia de saber coser un botón
Hay que estar atento. Puede llegar a pasar en nuestros hogares. Un fenómeno reciente pero ancestral a la vez: la Nueva domesticidad, el retorno de la mujer al entorno doméstico como una forma de activismo anticonsumo. 

En el libro Homeward Bound: Why women are embracing the new domesticity, de Emily Matchar, se plantea qué ocurre cuando muchas mujeres, la mayoría de altos niveles académicos, deciden dejar de alimentar únicamente el mercado laboral para centrase en su propia familia. ¿Cómo se resiente la sociedad de esta opción de vida? Se trata de una generación de mujeres licenciadas, ingenieras e incluso doctoradas (y cada vez  más hombres) que, a pesar de estar profesionalmente muy preparadas, han decidido volver a hornear, hacer conservas, tricotar, y dedicar parte de su jornada a sus hijos y hogar. Desengañados por el mercado de trabajo y por el sistema económico en crisis pero aún vigente; cada vez son más ciudadanos los que deciden acogerse a un ritmo más «slow» y consciente.

Diferentes maneras de consumir. Del autoconsumo, al consumo responsable y a los hobbies sostenibles y caseros
Antes de entrar en materia, cabe diferenciar tres tipologías de personas y/o familias según su patrón de consumo. Por un lado se encuentran aquellos que deciden cambiar su ritmo de vida acogiéndose a un estilo de vida más basado en el Do it yourself, autoconsumo y autosuficiencia, y volver al hogar: la nueva domesticación (que muchas veces implica educación en casa, zonas rurales o aisladas, desvinculación de las rutas de consumo habituales…). El blog Soule Mama es un ejemplo de este movimiento.



Por otro lado, y como opción menos radical, cada vez son más aquellos ciudadanos que siguen viviendo en entornos urbanos o bastante poblados, trabajando cada día, llevando sus hijos al colegio, comprando los alimentos, etc. pero que han incorporado criterios sociales y sostenibles en sus hogares, dedicando más tiempo a su gestión diaria y pausada. Participar en cooperativas de consumo, cultivar tu propio huerto urbano, realizar una compra diaria o dos veces por semana, estar mucho más con los hijos, criarlos sin prisas, gestionar de manera eficiente los alimentos de la nevera, reducir la generación de residuos, reparar cada vez más, reutilizar, consumir menos, volver a trabajos artesanales, etc. son algunos de los aspectos que caracterizan un retorno al hogar menos activista pero quizás más común y asequible para más familias.

Y, finalmente, aún habría un tercer tipo de ciudadano más «fashion» y sujeto a modas temporales como son las malenis, creadoras de cupcakes y gorros de ganchillo que aparecen día sí, día también en la portada de tendencias de los diarios. En el primer caso se trata de una forma de vida slow, autosuficiente y totalmente alternativa; en el segundo se trata de consumir de manera más responsable y consciente; y en el tercer caso se trata de un hobby… muy sano y recomendable, pero que no deja de ser un hobby y no una opción de vida alternativa..



¿Un consumo más sostenibles implica trabajar menos y vivir más con menos? ¿Es eso posible?
Una vez diferenciados los tipos de ciudadanos en base a su manera de consumir, me quería centrar en la segunda tipología; y concretamente, en el caso de la mujer y su vuelta al hogar. Así, a bote pronto, parece una mala noticia. Resulta que después de recuperar nuestros derechos y de «igualarnos» al hombre en aspectos de crianza y de trabajo, ahora nos da por querer compaginar nuestra vida laboral con volver a ser «amas de casa». ¿Es eso tan negativo? ¿Por qué sucede? ¿Son únicamente las mujeres las que están volviendo a un ritmo más lento y consciente?

A partir de 1984, aproximadamente, se produjo una incorporación masiva de la mujer al mundo laboral. Ésta dejó de dedicarse únicamente a la familia y el hogar, para trabajar también «fuera de casa». Empezábamos a cotizar y todo. Empezábamos a ser productivas. ¡Qué gran error! La mujer como gestora del hogar siempre ha supuesto un gran ahorro para la familia, ya que se encargaba de gestionar los recursos de manera eficiente: comidas caseras resultado de una compra diaria, ropa aprovechada una y otra vez después de diversos remiendos, electrodomésticos cuidados y amortizados, etc.

De hecho, las mujeres aún dedican 3 horas más que los hombres al cuidado de la familia, según datos de 2008-2010. Aún estamos lejos de una verdadera igualdad en estas estadísticas, pero cabe plantearse realmente el papel que el ama de casa siempre ha aportado a la familia, tanto a nivel económico, social y ambiental. Ahora mismo, en muchas familias, por ejemplo, no hay nadie que se encargue de pensar en qué comer o cenar cada día, y por lo tanto, compramos de manera impulsiva e intensiva. Una vez al mes (o cada dos semanas), para llenar la nevera y estar tranquilos una temporada. Esto de llenar la despensa es una pérdida de tiempo que nos resta minutos para otras cosas más interesantes, como trabajar o divertirnos para evadir nuestro ritmo compulsivo de consumo y despilfarro.

En este marco de hiperconsumo irreflexivo, aparece el concepto de «domesticación», al cuál también podríamos denominar ‘activismo anticonsumo’. Hasta ahora no dedicábamos tiempo a pensar cómo y por qué consumir como lo hacemos… pero ahora, con la crisis, aparecen nuevos valores. Uno es evidente: el ahorro se ha convertido en el modus operandi de todas las familias. Pero resulta que éstas no quieren renunciar a la calidad, y además, les preocupa las consecuencias de su consumo. Aparece un consumidor responsable y exigente.

Además, en un entorno de crisis como el actual surge la necesidad de recuperar la capacidad de fabricar cosas por uno mismo. Ser capaz de repararte la ropa, de hacerte un jersey, de llenar tu despensa con tus propios recursos y conocimientos culinarios, ocupar la nevera de manera lenta y consciente, estar más con tus hijos en lugar de que estos estén con los abuelos, canguros o en los colegios en horas extra… No creo que todo esto suponga ningún retroceso ni que nos dirija a volver a lavar la ropa en los ríos y dedicarnos únicamente a nuestros hogares y familias. No se trata de eso. Se trata de valorar los «tempos» reales de nuestra manera de vivir e intentar adaptarlos a las capacidades reales del planeta y a nuestra propia capacidad de asumirlos. Trabajar menos y vivir más con menos. ¡Esta es la cuestión!

Si nuestro sistema actual funcionara, quizás no surgirían estos movimientos también denominados «neorurales» para recuperar habilidades «ancestrales». Pero resulta que no funciona. Con una tasa de paro del 24,5% en Catalunya (según datos del Idescat del primer trimestre de 2013), y un fracaso escolar del 26%,… nuestro modelo basado en trabajar muchas horas y dedicar el resto de la jornada a gestionar de manera rápida e irreflexiva nuestra logística familiar… no nos lleva por buen camino.

Por otro lado, querer recuperar ciertas capacidades artesanales no es más que una reacción a una generación digital y virtual que, de vez en cuando, necesita hacer cosas reales, palpables… Es importante saber hacer de todo, y no sólo hablar inglés, tener un buen currículum en linkedin o ser el más popular en las redes sociales. Por ejemplo, en Noruega, todos los niños aprenden a trabajar con sus manos y son capaces de construir estructuras con madera, principalmente. Esto quiere decir que los noruegos (sean más o menos hábiles), son capaces de autofabricarse una casa, un garaje… o aunque sea una casita de perro… Pero aprenden una habilidad manual. Cosa que nosotros no hacemos. ¿Cuántos de nosotros, de hecho, somos capaces de coser  un botón?

Cuando no haya suficiente energía para hacer funcionar nuestros ordenadores y múltiples gadgets electrónicos, ¿a qué dedicaremos nuestro tiempo? ¿Seremos capaces de sobrevivir? Seremos capaces de cultivar nuestros propios alimentos, de hornear y fabricar elaborados, de reparar nuestra ropa, etc. ¿Seremos capaces de hacer todo esto? Intentarlo ahora nos permite reconocer que no todo es inmediato, que se requiere un tiempo para cada cosa y que dedicar habilidades y horas a trabajos manuales relacionados con la propia «subsistencia» es una asignatura pendiente que deberíamos ir practicando. Volver al hogar de manera parcial, trabajar para vivir y no vivir para trabajar… no implica una reducción de la productividad del país. En todo caso puede suponer una verdadera revitalización del sistema económico: un trabajo más repartido, unos hogares más sostenibles, unos ciudadanos más felices, una sociedad mejor.

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