¿Alguna vez has girado por una calle que no conoces y, de repente, has sentido ese pequeño aviso interno de “aquí no he estado nunca”? Ese cambio de sensación no es magia, es cerebro. Y ahora un grupo de investigadores ha identificado el mecanismo que actúa como un verdadero “dial” interno que regula cuán familiar o novedoso nos resulta un lugar.
El trabajo, publicado en la revista Nature Communications, ayuda a explicar por qué el desorientarse es uno de los primeros signos del Alzheimer y otras demencias.
Un experimento para perderse sin peligro
Para estudiar este “interruptor” de navegación, el equipo diseñó un experimento con realidad virtual. Reclutaron a 56 voluntarios sanos, de 20 a 37 años, que se movían por un paisaje digital abierto, parecido a un prado rodeado de montañas, mientras buscaban y recordaban la posición de varios objetos.
Todo esto lo hacían tumbados dentro de un escáner de resonancia magnética funcional de alto campo, que permitía seguir en tiempo real la actividad de su cerebro mientras pasaban de zonas conocidas a sectores nuevos del escenario.
En la práctica, es como si te dejaran explorar un barrio desconocido, te pidieran recordar dónde está cada tienda y, al mismo tiempo, alguien fuese anotando qué neuronas se encienden en cada esquina.
El hipocampo, el “seahorse” que mide la novedad
Los científicos se centraron en el hipocampo, una estructura con forma de caballito de mar clave para la memoria y la orientación. Desde hace años se sabe que allí viven las famosas “células de lugar”, neuronas que se activan en función de la posición en el espacio y que ayudan a construir mapas mentales del entorno.
Lo novedoso del estudio es que no encontraron un botón de encendido y apagado, sino un gradiente a lo largo del hipocampo. La parte anterior se activaba sobre todo en zonas ya visitadas, que el cerebro consideraba familiares, mientras que la parte posterior respondía con más fuerza en sectores nuevos del mundo virtual.
Entre ambos extremos se dibujaba una transición continua, como un regulador de volumen que va desplazándose desde “esto ya me suena” hasta “territorio desconocido”.
Este enfoque ayuda a encajar resultados previos que parecían contradictorios. Algunos estudios situaban la novedad en una zona, otros en otra. Vistos como un gradiente, esos datos dejan de pelearse entre sí y empiezan a encajar.
La corteza también tiene su mapa de novedad
El equipo no se quedó solo en el hipocampo. Al analizar la corteza cerebral observaron otra organización en forma de cono. Las regiones más centrales mostraban preferencia por espacios familiares, mientras que las zonas más periféricas se activaban ante la novedad. Además, navegar por lugares conocidos y por entornos nuevos ponía en marcha redes cerebrales distintas.
En situaciones familiares se activaban sobre todo redes ligadas a la memoria y al control motor, algo lógico si pensamos en el paseo automático hasta casa. En cambio, en lugares nuevos tomaban protagonismo redes asociadas a la atención y la percepción, las que nos ayudan a fijarnos en señales, giros y puntos de referencia cuando “vamos con mil ojos” para no perdernos.
En palabras del propio equipo, para que un sitio pase de ser extraño a resultar familiar hay que explorarlo y registrar esos detalles una y otra vez. No basta con verlo una sola vez.
Por qué importa para el Alzheimer
Aquí es donde la historia deja de ser solo curiosidad científica. La desorientación espacial, el hecho de perderse en rutas de siempre o no reconocer caminos habituales, se considera desde hace años uno de los primeros síntomas del Alzheimer.
Las regiones que forman este “gradiente de novedad” en el hipocampo y en la corteza posterior son, precisamente, algunas de las primeras en verse dañadas por la patología de Alzheimer según estudios de histología tridimensional del cerebro humano.
Si se entiende mejor cómo cambia la actividad a lo largo de esos gradientes cuando todo funciona bien, será más fácil detectar cuándo empieza a desviarse. Los autores apuntan que, en el futuro, tareas de navegación en realidad virtual similares a las del estudio podrían convertirse en herramientas sensibles para captar esos fallos muy tempranos, antes de que aparezcan pérdidas de memoria más evidentes. Por ahora es una hipótesis prometedora, no una prueba diagnóstica lista para la consulta.
Qué significa para la vida diaria
Conviene insistir en algo que los propios científicos subrayan. Este trabajo se hizo con adultos jóvenes y sanos, en laboratorio y con un entorno virtual controlado. No demuestra por sí solo cómo se comporta el cerebro de una persona mayor con deterioro cognitivo ni ofrece todavía un test clínico listo para usar.
Aun así, encaja con un cuerpo creciente de investigaciones que relacionan los problemas de orientación con un mayor riesgo de Alzheimer y que exploran pruebas de navegación como posibles marcadores precoces de la enfermedad.
En la práctica, esto refuerza un mensaje sencillo. Si alguien empieza a perderse en barrios que antes conocía bien o tiene cada vez más dificultades para seguir rutas cotidianas, no es solo “despiste”. Puede ser una señal temprana de que los circuitos de navegación y memoria necesitan una revisión médica.
Mientras tanto, para la ciencia este nuevo “dial” interno es una pieza clave más del puzle sobre cómo el cerebro construye mapas, maneja la novedad y protege nuestra autonomía al movernos por el mundo.
El estudio completo, titulado “Graded encoding of spatial novelty scales in the human brain”, ha sido publicado en Nature Communications.





















