Un nuevo estudio ha confirmado la presencia de comunidades bacterianas activas en el agua altamente radiactiva de la central nuclear de Fukushima Daiichi, en un lugar donde muchos esperaban encontrar prácticamente vida cero. Lo llamativo es que no se trata de microbios “superresistentes”, sino de bacterias comunes que han logrado mantenerse en grupo en un entorno extremo. Una buena noticia para la ciencia, pero un quebradero de cabeza adicional para la seguridad y el desmantelamiento de la planta.
Bacterias en una sala inundada desde 2011
El trabajo, liderado por investigadores de la Universidad de Keio junto a laAgencia de Energía Atómica de Japón, analiza el agua estancada de la sala del toroide del reactor 2, una cámara situada bajo el edificio donde se acumuló el agua que entró tras el tsunami de 2011. Esa agua sigue muy contaminada con cesio 137, con niveles del orden de mil millones de becquerelios por litro, valores que obligan a trabajar con robots y blindajes pesados.
El equipo tomó muestras en dos puntos de esa sala y estudió el ADN de los microorganismos mediante secuenciación, para reconstruir qué especies estaban presentes. Después de más de una década de exposición, la cuestión era si seguiría habiendo una comunidad diversa o solo un pequeño grupo de bacterias extremófilas.
Microbios corrientes, biofilms y corrosión
La sorpresa fue que los géneros dominantes eran conocidos. En la parte superior del agua predominaba Limnobacter, una bacteria que obtiene energía oxidando compuestos de azufre. En la zona más baja y cargada de sedimentos mandaba Brevirhabdus, ligada a la oxidación de manganeso, junto con otras bacterias asociadas a la oxidación de hierro presentes en ambientes marinos.
Para comprobar si la radiación había creado “superbacterias”, el equipo expuso en el laboratorio a Limnobacter thiooxidans, pariente cercano de las cepas halladas en Fukushima, a dosis controladas de radiación gamma. Su resistencia resultó similar a la de bacterias ambientales corrientes, sin rasgos extremos de tolerancia. Todo apunta a que estos microbios sobreviven gracias a la formación de biofilms, películas pegajosas que se adhieren a las superficies metálicas y actúan como escudo colectivo frente a la radiación y otras agresiones.
Ese detalle es clave para el desmantelamiento. Según el propio estudio, alrededor de siete de cada diez géneros detectados están relacionados con procesos de corrosión de metales. En la práctica, eso significa que estos biofilms pueden acelerar el deterioro de tuberías, depósitos y elementos estructurales ya dañados por el accidente, además de enturbiar el agua y reducir la visibilidad para cámaras y robots en zonas donde la radiación impide entrar a los operarios.
Qué implica para la seguridad nuclear y el medio ambiente
El hallazgo llega mientras Japón mantiene el compromiso oficial de completar el desmantelamiento de Fukushima a lo largo de las próximas décadas, en un proceso sin precedentes que ya acumula retrasos y dudas técnicas. La existencia de comunidades microbianas activas dentro de la central obliga a sumar una variable más a un rompecabezas donde ya pesan la radiación, los residuos y la estabilidad de las estructuras internas.
Para quien vive lejos del litoral de Fukushima surge una duda lógica. Si hay vida microbiana dentro de la planta, ¿supone eso un riesgo añadido para el océano o los alimentos. Los expertos recuerdan que estas bacterias están confinadas en circuitos internos muy controlados y que el problema no es tanto su posible escape al exterior como su efecto silencioso sobre el acero y otros materiales que deben aguantar décadas de trabajo de desmantelamiento.
Desde una perspectiva ambiental, el estudio lanza dos mensajes. Por un lado, la naturaleza es capaz de adaptarse incluso en lugares que nos parecen incompatibles con la vida. Por otro, confiar en que la radiación “esteriliza” por completo las instalaciones ya no es una opción. Integrar la microbiología en los planes de cierre seguro de las centrales se vuelve imprescindible para evitar sorpresas en el medio y largo plazo.
En un momento en el que se debate el papel de la energía nuclear en la transición ecológica y en la factura de la luz, investigaciones como esta recuerdan que la sostenibilidad también se juega en el final de la vida útil de las centrales. Importa, y mucho, cómo se cierran sin abrir nuevas vías de riesgo ni para las personas ni para el medio ambiente.
El estudio científico completo ha sido publicado en la revista Applied and Environmental Microbiology.




















