Un organismo microscópico fosilizado y conservado en el barro del fondo marino ha permitido reconstruir un giro decisivo en la historia reciente del gran fiordo que bordea Nuuk, la capital de Groenlandia. El descubrimiento explica que, durante el tramo templado del Holoceno, el sistema de Nuup Kangerlua llegó a recibir una influencia excepcional de agua atlántica relativamente cálida y salina, justo cuando la capa de hielo estaba más retraída que hoy. El episodio, documentado en un nuevo registro paleoceanográfico, apunta a un mecanismo con implicaciones actuales, si el retroceso de glaciares reduce el “tapón” de agua dulce que hoy ayuda a mantener el fiordo más aislado del océano abierto.
La reconstrucción se apoya en un enfoque multiproxy (varios indicadores independientes) a partir de una secuencia sedimentaria que cubre aproximadamente los últimos 10.500 años, reforzada además con datos de una trampa de sedimentos desplegada durante un año. En ese archivo natural, los investigadores identifican tres grandes etapas.
La fría huella del calentamiento
Tras la deglaciación, el fiordo pasó por condiciones comparables a las actuales entre hace 10.000 y 8.000 años (en años calibrados). Después llegó un periodo de fuerte descarga de deshielo y productividad marina máxima hacia hace 7.500 años. Y, finalmente, aparece el tramo más llamativo, un régimen “excepcional” sin equivalente moderno entre hace 7.000 y 3.000 años, coincidiendo con una menor extensión del hielo y con la entrada de aguas de origen atlántico.
La pista biológica más nítida procede de las cistes de dinoflagelados (estructuras resistentes que dejan algunas algas unicelulares). En particular, una especie ( Nematosphaeropsis labyrinthus ) se vuelve muy abundante en ese intervalo.
Hoy, esa firma aparece en altas concentraciones allí donde domina la corriente atlántica cálida y salina, lo que refuerza la lectura de que, en aquel pasado templado, el fiordo se volvió más salino por condiciones internas favorables o por una mayor intrusión de agua del exterior.
El trabajo también pone límites a lo que puede afirmarse. La evidencia contemporánea utilizada para comparar (la trampa de sedimentos anual) es valiosa pero corta en el tiempo, por lo que los autores subrayan que harán falta más campañas para descartar variabilidad interanual. Aun así, el contraste entre la señal fósil persistente durante milenios y la presencia mucho más episódica de esa especie en el fiordo actual es coherente con la hipótesis de una antigua “puerta abierta” al Atlántico.
El interés trasciende la reconstrucción histórica. En los fiordos de Groenlandia, la interacción entre agua dulce de deshielo y agua oceánica controla tanto la productividad (nutrientes disponibles para la base de la cadena trófica) como la dinámica del hielo en contacto con el mar. La NASA ha documentado cómo, en numerosos fiordos groenlandeses, una capa inferior de agua más cálida y salina puede socavar la base de los glaciares (undercutting), favorecer el desprendimiento de hielo y acelerar el retroceso.
En paralelo, los informes de evaluación climática sostienen que el deshielo estival de la capa de hielo de Groenlandiaha aumentado desde la década de 1990 y que la pérdida de masa ha contribuido de forma relevante a la subida del nivel del mar, con cifras de pérdidas anuales del orden de cientos de gigatoneladas en periodos recientes analizados por el IPCC.
La lección de Nuup Kangerlua no es que el pasado se repita de forma automática, sino que identifica un punto sensible del sistema. Si el retroceso glaciar reduce la capa superficial de agua dulce y debilita la barrera que hoy dificulta la intrusión de agua atlántica, el fiordo podría entrar en un estado más parecido al del Holoceno templado. Eso alteraría el reparto de nutrientes, el comportamiento del plancton y, en cascada, la disponibilidad de recursos para especies comerciales, con impacto potencial en comunidades que dependen de la pesca y la caza en la costa groenlandesa.





















