Un nuevo estudio proyecta un aumento de hasta el 75% en las precipitaciones del mayor desierto cálido del planeta y alerta de impactos para miles de millones de personas
El Sahara y la Amazonia podrían intercambiar parte de sus papeles climáticos durante la segunda mitad de este siglo. El «calentamiento global» está redistribuyendo la lluvia en el planeta y un nuevo trabajo científico apunta a que el Sahara podría recibir hasta un 75% más de precipitación estival antes de 2100 mientras la selva amazónica se encamina hacia escenarios de sequía cada vez más severos. Los autores advierten de que este giro en los patrones de lluvia afectará a miles de millones de personas y obligará a replantear infraestructuras, agricultura y planificación urbana en África y en otras regiones dependientes de su clima.
Un estudio que da la vuelta al mapa de la lluvia
El trabajo, liderado por el investigador Thierry Ndetatsin Taguela, combina cuarenta modelos climáticos de última generación para analizar cómo cambiarán las precipitaciones africanas entre 2050 y 2099 respecto al periodo histórico 1965-2014. Hoy el «desierto del Sahara» recibe en torno a ocho centímetros de lluvia al año, una cifra mínima que sustenta un paisaje árido y extremadamente frágil. Un aumento porcentual tan elevado no significa que vaya a convertirse en una selva cerrada de la noche a la mañana, pero sí que se abre la puerta a una transformación profunda de ecosistemas, usos del suelo y riesgos hidrológicos.
Los modelos coinciden en la dirección de los cambios aunque discrepan en la magnitud exacta. La señal general apunta a un Sahara más húmedo y a un cinturón tropical amazónico sometido a un estrés hídrico creciente. El comportamiento no es uniforme en todo el continente africano y el estudio subraya que el impacto final dependerá de la capacidad de cada región para adaptarse a un clima distinto del que conoció en el siglo XX.
Amazonia al límite, Sahara en transformación
En la Amazonia el riesgo más temido por la comunidad científica es el acercamiento a un punto de no retorno ecológico. La combinación de aumento de temperatura, deforestación y cambios en la circulación atmosférica puede empujar a la selva hacia un estado más seco y abierto en el que se pierdan de forma masiva especies, servicios ecosistémicos y capacidad de captura de carbono. Informes recientes del IPCC sobre «cambio climático» ya han advertido de que los grandes bosques tropicales se encuentran entre los sistemas más vulnerables a los extremos de sequía prolongada.
En paralelo, un Sahara más húmedo no es sinónimo automático de buenas noticias. Más lluvia significa también más riesgo de inundaciones repentinas sobre infraestructuras que no fueron diseñadas para gestionar grandes avenidas de agua, cambios en la erosión de suelos y presión adicional sobre ciudades y asentamientos informales situados en valles y cauces secos. El estudio recuerda que el corazón del desierto podría ver casi duplicados sus niveles históricos de precipitación, lo que alteraría la dinámica de dunas, oasis y corredores de biodiversidad.
Adaptación urgente para miles de millones de personas
El equipo de Taguela insiste en que el mensaje principal no es un ejercicio de futurismo exótico sino una llamada práctica a la planificación. Más lluvia en unas zonas y menos en otras obliga a rediseñar desde los sistemas de drenaje urbano hasta los cultivos que se plantan en regiones semiáridas. La nota de prensa de la «Universidad de Illinois Chicago» que acompaña al artículo académido recoge la advertencia de los autores, que reclaman inversiones tempranas en infraestructuras verdes, control de inundaciones y variedades agrícolas resistentes a la sequía.
El trabajo cuantifica también la desigualdad climática dentro del propio continente. El sudeste africano podría registrar un incremento de precipitaciones cercano al 25% y África centro sur alrededor del 17% mientras la franja suroccidental se volvería algo más seca con una caída aproximada del 5% de la lluvia anual. Esta asimetría crea ganadores y perdedores climáticos en función del tipo de actividad económica, de la disponibilidad de agua y del margen de maniobra institucional de cada país.
En regiones con más lluvias la prioridad será gestionar el exceso de agua y evitar desastres hidrometeorológicos. En zonas que se sequen aún más la respuesta pasará por la modernización del regadío, la protección de acuíferos y la posible reubicación de actividades agrícolas que ya hoy se encuentran al límite de su viabilidad.
Un contexto global de calor récord
El escenario descrito por el estudio encaja con el calentamiento observado en los últimos años. Artículos de ECOticias recuerdan que 2025 se perfila como uno de los años más cálidos registrados según el Servicio de Cambio Climático «Copernicus» y que la temperatura media global se acerca de forma peligrosa al umbral de seguridad fijado por el Acuerdo de París. El «Día Mundial del Clima» se celebra ya bajo la sombra de olas de calor marinas, récords térmicos consecutivos y fenómenos extremos cada vez más costosos.
Organizaciones ambientales como Greenpeace han elevado el tono y hablan de «emergencia climática» para describir una situación en la que las señales de alarma se acumulan mientras las políticas de mitigación avanzan con demasiada lentitud. La proyección de un Sahara más lluvioso y de una Amazonia más seca añade una capa adicional de complejidad a esa narrativa, porque implica cambios profundos en dos de las grandes piezas del sistema climático terrestre.
Los autores del estudio recuerdan que la redistribución de la lluvia no puede analizarse de forma aislada. La forma en que se produzca la «transición energética» y la capacidad de financiar infraestructuras resilientes serán determinantes para que estos cambios supongan una oportunidad o una nueva fuente de inestabilidad. Informes sobre «COP28» y sobre el despliegue global de «energías renovables» apuntan a la necesidad de multiplicar las inversiones si se quiere mantener a raya el aumento de temperatura y limitar así la intensidad de los cambios en los patrones de precipitación.
Lluvia como cuestión estratégica
La principal conclusión del trabajo de Taguela es que entender dónde y cuándo lloverá en las próximas décadas se convierte en una cuestión estratégica. Gobiernos, empresas y comunidades tendrán que incorporar estos escenarios a sus decisiones de inversión, ordenación del territorio y protección social. No basta con saber que el planeta se calienta, hay que anticipar qué regiones tendrán más agua, cuáles sufrirán estrés hídrico y qué infraestructuras dejarán de ser seguras bajo un clima más extremo.
El estudio científico original ha sido publicado en la revista npj Climate and Atmospheric Science.




















