La mayor extinción conocida no arrasó el océano al azar. Un estudio dirigido por la Universidad de Stanford concluye que el calor y la falta de oxígeno castigaron sobre todo a los animales marinos cuyos metabolismos no podían responder a la combinación de ambos factores.
El trabajo ayuda a explicar por qué braquiópodos y crinoideos perdieron su antiguo dominio, mientras bivalvos, peces, estrellas y erizos de mar terminaron ocupando muchos de esos espacios. La comparación importa hoy porque el océano vuelve a calentarse y a perder oxígeno, aunque la Tierra actual no se encuentra en las condiciones extremas del final del Pérmico.
La Gran Mortandad cambió el mar
Hace unos 252 millones de años, una enorme actividad volcánica liberó dióxido de carbono y metano, calentó el planeta y redujo el oxígeno disuelto en los océanos. La extinción del Pérmico-Triásico acabó con alrededor del 96 % de las especies marinas y el 70 % de los animales terrestres.
El golpe no fue igual para todos. Casi desaparecieron los braquiópodos, animales con concha parecidos a las almejas, y muchos crinoideos o lirios de mar, mientras aproximadamente la mitad de los moluscos logró superar la crisis.
Ese relevo todavía se ve en cualquier playa. “Queríamos resolver por qué recogemos conchas de almejas y caracoles, y no de braquiópodos”, explicó José Andrés Marquez, autor principal del trabajo y antiguo doctorando de Stanford.
Cómo se midió la tolerancia
El equipo comparó 38 especies actuales que representan formas de vida anteriores y posteriores a la extinción. Nueve pertenecían a grupos característicos de la fauna paleozoica y 29 a la llamada fauna moderna, entre ellos moluscos, peces, estrellas de mar y erizos.
Los científicos reunieron datos nuevos y resultados de investigaciones anteriores. En estaciones de campo y laboratorios de Stanford usaron cámaras de respirometría, recipientes que permiten medir cuánto oxígeno consume un animal cuando cambia la temperatura del agua.
Después incorporaron esas respuestas a un modelo que calcula el margen de oxígeno disponible para mantener la actividad. Al simular el calentamiento y la desoxigenación del final del Pérmico, la pérdida de hábitat respirable fue mayor para la fauna paleozoica y coincidió con el patrón observado en los fósiles.
El metabolismo marcó la diferencia
El metabolismo reúne los procesos con los que un organismo obtiene y utiliza energía. Muchos animales paleozoicos vivían fijos o casi inmóviles en el fondo marino, se alimentaban filtrando agua y funcionaban con un gasto energético bajo.
Esa lentitud parecía útil cuando el agua tenía poco oxígeno y los animales estaban en reposo. Pero al subir la temperatura, su necesidad de oxígeno aumentaba con rapidez y sus cuerpos no podían suministrarlo al mismo ritmo, una desventaja menor en los grupos modernos con músculos, branquias y más capacidad para mantenerse activos.
La acidificación del océano también pudo contribuir al desastre al dificultar la formación de conchas, pero el equipo no la considera el factor principal. Una investigación publicada en Science en 2018 ya había mostrado que el calentamiento y la pérdida de oxígeno podían explicar más de la mitad de la magnitud de la extinción marina, además de su distribución geográfica.
El paralelismo con el presente
El océano actual se mueve en la misma dirección en dos aspectos concretos. La NASA estima que ha absorbido cerca del 90 % del exceso de calor provocado por el calentamiento global, mientras la NOAA documenta que la cantidad total de oxígeno oceánico está disminuyendo.
Eso no significa que el planeta haya regresado al Pérmico. El equipo compara un aumento de entre 8 y 12 grados Celsius durante miles de años con una horquilla de entre 1,5 y 4 grados sobre el nivel preindustrial hacia 2100, según distintos escenarios, pero destaca que el cambio moderno se está produciendo en apenas uno o dos siglos.
La diferencia decisiva es que ahora existe margen de actuación. “Aún podemos cambiar las cosas”, señaló Erik Sperling, autor sénior del estudio, que recuerda que reducir las emisiones permite limitar el calentamiento y la pérdida de oxígeno asociada.
Lo que el estudio no dice
Los 38 animales analizados son representantes vivos de grandes grupos evolutivos, no las especies exactas que habitaron los mares hace 252 millones de años. El resultado describe tendencias medias y las contrasta con modelos climáticos y con el registro fósil, por lo que no reproduce cada interacción ecológica de aquella crisis.
Tampoco afirma que una extinción idéntica sea inminente o inevitable. Su valor está en identificar un mecanismo capaz de explicar qué grupos fueron más vulnerables y en mostrar que calor y oxígeno pueden actuar juntos, como dos puertas que se cierran a la vez sobre el hábitat disponible.
El estudio principal se ha publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences



