Una nueva investigación pone el foco en un efecto secundario poco comentado del posible “apagón” de la gran corriente del Atlántico (AMOC), por sus siglas en inglés). Si este sistema colapsa, no solo cambiaría el clima regional. También podría sacar a la superficie parte del carbono que hoy está atrapado en aguas profundas del océano Austral, cerca de la Antártida, y acabar sumándolo a la atmósfera.
El estudio sugiere además un detalle incómodo. En sus simulaciones, por encima de 350 ppm (partes por millón) de CO2 en el aire, la AMOC entra en un régimen en el que, una vez que se apaga, ya no vuelve a encenderse a largo plazo. Y hoy la atmósfera ronda las 430 ppm, así que el riesgo ya no suena a ciencia ficción.
La “cinta transportadora” que templa Europa
La AMOC funciona como una enorme cinta transportadora oceánica. Lleva agua cálida y salada hacia el Atlántico norte, allí se enfría, se vuelve más densa, se hunde y regresa hacia el sur por el fondo del mar.
No es un mecanismo lejano para especialistas. En buena parte explica por qué el noroeste de Europa es más templado de lo que marcaría el mapa. Cuando se debilita, el clima también se reordena, y eso se nota.
El carbono que el mar “guarda” en profundidad
Los océanos han sido una especie de amortiguador del calentamiento. Según recuerda el propio artículo científico, el mar ha absorbido aproximadamente una cuarta parte del CO2 emitido por el ser humano en las últimas décadas (con estimaciones en torno al 26% para 2013 a 2022).
Pero ese almacén no es un cajón cerrado con llave. Si cambia la mezcla entre capas de agua, el carbono acumulado en profundidad puede “ventilarse” hacia la superficie y, con el tiempo, escapar a la atmósfera. Ahí es donde el océano Austral entra en escena.
Qué han hecho en el nuevo estudio
El trabajo, publicado el 27 de marzo de 2026 en Communications Earth & Environment, utiliza un modelo climático de “complejidad intermedia” llamado CLIMBER-X. Los autores simulan el planeta con niveles estables de CO2 entre 280 y 600 ppm, y después fuerzan el colapso de la AMOC con un aporte idealizado de agua dulce en el Atlántico norte.
La clave está en el cambio de comportamiento. Con 280 ppm (valores preindustriales), la AMOC se recupera cuando termina el forzamiento. A partir de 350 ppm, el sistema muestra “biestabilidad” y, una vez que cae al estado apagado, se queda ahí en el largo plazo.
El número que asusta, hasta 83 ppm más
En sus experimentos con niveles de base de 350 a 600 ppm, el colapso eleva el CO2 atmosférico entre 47 y 83 ppm. Los autores también lo expresan como 100 a 175 gigatoneladas de carbono en la atmósfera, que equivalen aproximadamente a 370.000 a 640.000 millones de toneladas de CO2.
Ese aumento no sería inmediato. Los propios investigadores lo plantean como un ajuste de siglos, ligado a una mayor convección y mezcla en el océano Austral que saca aguas profundas ricas en carbono hacia la superficie.
0,2 ºC extra, poco en la media, mucho en el mapa
El estudio calcula un calentamiento global neto adicional de alrededor de 0,2 ºC, con un rango aproximado entre 0,17 ºC y 0,27 ºC según el escenario. Puede parecer un extra pequeño, pero se sumaría encima del calentamiento ya existente y quedaría “pegado” al sistema durante mucho tiempo.
Lo más brusco es el contraste regional. En un escenario representativo con 450 ppm, la Antártida se calienta alrededor de 6 ºC mientras el Ártico se enfría cerca de 7 ºC. “El cambio de temperatura viene de una gran liberación de carbono del océano Austral por una mezcla más intensa”, explica Matteo Willeit, coautor del trabajo.
Qué significa esto para España en la práctica
¿Quiere decir que mañana tendremos un “botón” que apague la corriente y cambie el tiempo en España? No, y conviene decirlo claro. Este estudio no predice fechas, ni modela el detalle local de cada región, sino que pone números a un posible efecto dominó del sistema climático.
Aun así, hay una lectura útil. Cuanto más CO2 haya en la atmósfera cuando se produzca un gran cambio, mayor es la probabilidad de que la AMOC quede atrapada en ese estado apagado en el modelo. Por eso lo que hoy hacemos con las emisiones importa más de lo que parece.
Un tema con debate, no una excusa para mirar a otro lado
La AMOC es uno de los “puntos calientes” de la investigación climática, y no todo el mundo mide lo mismo ni llega a las mismas conclusiones. Por ejemplo, un estudio difundido por Woods Hole sugiere que, usando flujos de calor océano atmósfera como indicador, no se observa un debilitamiento claro en promedios de décadas entre 1963 y 2017.
A la vez, hay señales preocupantes en partes profundas del Atlántico. NOAA ha informado de un debilitamiento del transporte hacia el norte de aguas profundas antárticas en torno al 12% entre 2000 y 2020, asociado a calentamiento en el Atlántico occidental profundo y a contribuciones locales al nivel del mar.
Y, en paralelo, otros grupos sostienen que un colapso completo este siglo es poco probable en muchos modelos, aunque la AMOC sí tendería a debilitarse y eso ya supone impactos para Europa. “Es muy probable que se debilite”, advierte el Met Office, aunque su trabajo ve “poco probable” un colapso en los próximos 75 años.
El mensaje final es sencillo
La novedad de este estudio no es solo el susto, sino el mecanismo. Si la AMOC se apaga, el océano Austral podría pasar de sumidero a fuente de CO2, añadiendo calentamiento cuando más falta haría estabilizarlo.
“El océano ha sido nuestro gran aliado, pero un colapso de la AMOC podría darle la vuelta y convertir el océano Austral en fuente de CO2”, advierte Johan Rockström. No es poca cosa.
El estudio ha sido publicado en Communications Earth & Environment.













