En 1995 biólogos llevaron 14 lobos de Canadá y los liberaron en Yellowstone para reemplazar a la población exterminada; ahora estudian si han cambiado el curso de los ríos

Publicado el: 20 de junio de 2026 a las 08:04
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Biólogos y agentes trasladan lobos reintroducidos en Yellowstone durante la operación de recuperación de 1995.

En enero de 1995, Yellowstone vivió una escena que parecía sacada de una película de naturaleza. Catorce lobos grises llegaron al parque y fueron mantenidos de forma temporal en recintos de aclimatación, después de décadas sin una población estable de este depredador. En 1996 llegaron otros 17, y entre 1995 y 1997 el parque liberó 41 lobos procedentes de Canadá y del noroeste de Montana.

Treinta años después, la pregunta ya no es si el regreso de los lobos fue importante. Lo fue. La duda que divide a los científicos es más concreta y bastante más incómoda. ¿De verdad cambiaron el curso de los ríos, como cuentan algunos vídeos virales, o esa historia se volvió demasiado bonita para ser completa?



Un regreso histórico

Yellowstone tuvo lobos durante miles de años, pero el control de depredadores de finales del siglo XIX y comienzos del XX los empujó casi fuera del mapa. El propio Servicio de Parques Nacionales recuerda que entre 1914 y 1926 se mataron al menos 136 lobos dentro del parque, y que en los años 70 una prospección intensiva no halló pruebas de una población residente.

La reintroducción empezó oficialmente en enero de 1995. Los animales fueron equipados con collares de radio, alimentados con cadáveres de grandes ungulados y vigilados para reducir el contacto humano. La idea era que salieran al territorio con una oportunidad real de formar manadas.



No fue un gesto simbólico. El 12 de enero de 2025 se cumplieron 30 años desde el retorno de los lobos a Yellowstone, y el parque sigue siendo uno de los grandes laboratorios vivos para entender cómo funciona una red natural cuando vuelve un gran depredador.

El relato viral

La versión más conocida dice algo así. Los lobos volvieron, los alces dejaron de comer tantos sauces y álamos junto a los ríos, los castores regresaron, las orillas se estabilizaron y los cauces empezaron a cambiar. Es una cadena sencilla. Y por eso funcionó tan bien.

El vídeo «How Wolves Change Rivers», producido por Sustainable Human y narrado por George Monbiot, convirtió esa idea en un fenómeno global. La propia página del proyecto afirma que el vídeo supera los 43 millones de visualizaciones en YouTube y presenta a los lobos como una pieza capaz de transformar el paisaje y la percepción pública sobre estos animales.

El problema es que los ecosistemas no siempre obedecen a relatos de cuatro minutos. Son más parecidos a una mesa llena de piezas pequeñas. Si mueves una, cambian varias, pero no siempre sabes cuál será la última en caer.

Lo que sí cambió

Los lobos han cambiado Yellowstone. Eso no está en discusión. El informe oficial de 2024 del proyecto de lobos, pumas y alces registró 108 lobos en nueve manadas al cierre de diciembre, además de 5597 alces observados en la manada del norte durante un recuento de marzo de ese año.

También hay señales claras en la vegetación. Un estudio de Oregon State University publicado en 2025 documentó la primera nueva generación de álamos temblones de dosel en la zona norte de Yellowstone en 80 años. Según Luke Painter, autor principal, «la reintroducción de grandes carnívoros ha iniciado un proceso de recuperación» que llevaba décadas bloqueado.

El dato es potente. En torno a un tercio de los 87 rodales estudiados tenía muchos árboles jóvenes altos, otro tercio presentaba recuperación por parches y el resto seguía frenado por la presión de los herbívoros. En la práctica, no todo Yellowstone se recupera igual. Y eso se nota.

La pieza del agua

Aquí entra el matiz que ha encendido el debate. Un experimento de Colorado State University, realizado durante más de dos décadas, concluyó que la vuelta de grandes carnívoros no restauró por sí sola las comunidades ribereñas de la zona norte. La pérdida de castores y de humedad en los suelos dejó una herida más profunda de lo que parecía.

El equipo cercó parcelas para impedir el ramoneo y construyó presas artificiales que imitaban el trabajo de los castores. Los sauces crecieron mucho mejor cuando se juntaban dos condiciones, menos presión de los herbívoros y más acceso al agua subterránea. Sin esa ayuda hidrológica, muchos sauces seguían bajos.

Dicho de otra manera, no bastaba con que hubiese menos alces comiendo brotes. Hacía falta recuperar el «motor» húmedo del arroyo. Tom Hobbs lo resumió con una advertencia sencilla, «no hay una solución rápida».

Dos lecturas científicas

Los investigadores William Ripple, Robert Beschta y sus colegas defienden que sí existe una cascada trófica fuerte. En 2025 publicaron un análisis en Global Ecology and Conservation que habla de un aumento cercano al 1500 % en el volumen medio de copa de los sauces entre 2001 y 2020 en puntos ribereños del norte de Yellowstone.

Pero Hobbs, Cooper y otros autores sostienen que esa recuperación no equivale a decir que el sistema volvió a su estado anterior. En su lectura, Yellowstone quedó atrapado en un estado ecológico alternativo, donde los castores, los sauces, los bisontes, los alces y el agua pesan tanto como los lobos. No es poca cosa.

El desacuerdo siguió en 2026 con comentarios y respuestas formales en Ecological Monographs. Beschta y sus colegas defendieron que la cascada trófica está revirtiendo los efectos de la pérdida de grandes depredadores, mientras que la réplica de Hobbs insistió en que el alcance de esa recuperación se está sobredimensionando.

Qué enseña Yellowstone

Entonces, ¿los lobos cambiaron los ríos? La respuesta más honesta es que ayudaron a cambiar el sistema, pero no movieron los ríos como si fueran ingenieros con planos. Reducir la historia a lobos, alces y cauces deja fuera demasiados actores.

Los castores importan. La altura de los sauces importa. La presión de los bisontes importa. La sequía, la caza fuera del parque y la recuperación de pumas y osos también entran en la ecuación.

Ese es quizá el aprendizaje más útil para la conservación. Reintroducir un gran depredador puede activar procesos que estaban dormidos, pero no borra de golpe décadas de deterioro. La naturaleza puede recuperarse, sí, pero a menudo lo hace con rodeos.

La historia real de Yellowstone es menos redonda que el mito, pero más interesante. Los lobos volvieron, los alces cambiaron, algunos álamos y sauces crecieron, algunos castores regresaron y ciertos arroyos mejoraron. Pero la ciencia actual pide prudencia. No fue magia. Fue ecología.

El estudio principal ha sido publicado en Ecological Monographs.

Imagen autor

Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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