En uno de los paisajes más ingratos de Estados Unidos, un desierto blanco y agrietado en Nevada, un grupo de agricultores al que llamaron locos está cambiando las reglas del juego. En vez de más agroquímicos o más riego, apostaron por algo mucho más pequeño y discreto millones de abejas nativas capaces de rescatar la producción de semilla de alfalfa y convertir un suelo “muerto” en un centro de polinización agrícola que mira al futuro.
La protagonista silenciosa de esta historia es la abeja alcalina, Nomia melanderi, una especie solitaria que anida bajo tierra en zonas desérticas del oeste de Estados Unidos y que prefiere precisamente lo que cualquier agricultor evitaría suelos salitrosos. Está reconocida desde hace décadas como un polinizador excepcional de la alfalfa, hasta el punto de que los agricultores han aprendido a construir hábitats específicos para que anide junto a los campos de cultivo.
Del fracaso agrícola a una oportunidad inesperada
Durante años, el desierto salado de Nevada fue sinónimo de fracaso agrícola. Clima extremo, calor sofocante, escasez crónica de agua y un suelo cargado de sales que arruinaba la mayoría de los cultivos. Se invirtió en riegos complicados y correcciones del suelo, pero la tierra parecía rechazar cualquier intento de “agricultura normal”, empujando a muchos productores a abandonar.
Solo la alfalfa aguantaba. Sus raíces profundas llegaban a capas más húmedas y permitían sacar adelante heno. El verdadero negocio, sin embargo, estaba en la semilla, mucho más valiosa. El problema era que las flores lilas se llenaban de abejas pero apenas cuajaban semillas. La flor de alfalfa tiene un mecanismo peculiar que obliga al insecto a ejercer presión y recibir un pequeño “golpe” de los órganos florales. Las abejas melíferas europeas, tan comunes en la agricultura global, aprendieron a esquivar esa sacudida, a veces robando néctar por el lateral y dejando la flor sin polinizar.
En los años setenta varios trabajos científicos ya señalaban que las abejas alcalinas eran mucho más eficaces en este tipo de flor. Décadas después, cuando los rendimientos de semilla seguían siendo decepcionantes, un grupo de agricultores y técnicos recuperó esos estudios y se hizo una pregunta incómoda. ¿Y si el problema no era el desierto, sino el tipo de abeja que se estaba utilizando en él?
Qué hace diferente a la abeja alcalina
La abeja alcalina no vive en colmenas ni produce miel para el mercado. Cada hembra excava su propio túnel en el suelo, construye pequeñas cámaras y cría a sus larvas bajo tierra. Lo que para otros cultivos sería una mala noticia suelos con alta salinidad y humedad muy controlada se convierte, en buena medida, en el lugar ideal para esta especie.
En campos de semilla de alfalfa del noroeste estadounidense se ha comprobado que estas abejas “disparan” el mecanismo de la flor en más del ochenta por ciento de sus visitas, frente a apenas un veintidós por ciento en el caso de la abeja melífera. Esa diferencia se traduce en muchas más flores convertidas en semillas viables.
Reportajes recientes sobre el desierto salado de Nevada describen cómo cada abeja alcalina puede llegar a polinizar en torno a doscientas o trescientas flores de alfalfa al día, mientras que las abejas melíferas se quedan entre cincuenta y setenta y cinco. Además, las abejas alcalinas soportan mejor el calor intenso y siguen trabajando cuando otras especies reducen su actividad. Para un cultivo que depende casi por completo de la polinización, no es poca cosa.
Camas de abejas y cifras que cambian una economía rural
La clave del experimento en Nevada fue dejar de mover colmenas y empezar a diseñar el suelo para las abejas. Los agricultores prepararon “camas de abejas” zonas desnudas, sin cultivo, donde aflojaron la tierra, ajustaron la salinidad y enterraron tuberías y sensores para mantener una humedad constante. Desde arriba parecía un descampado inútil. Debajo, era una ciudad en construcción.
Cuando llegaron los camiones con millones de abejas alcalinas, los vecinos pensaron que aquel era el último intento desesperado antes de la ruina. Sin embargo, en pocas semanas el suelo se llenó de pequeños agujeros y montículos, señal de que los túneles y las cámaras de cría se extendían bajo la costra salada. Al mismo tiempo, los campos de alfalfa vecinos empezaron a vibrar de actividad y las flores se llenaron de abejas cubiertas de polen.
La experiencia encaja con lo que ya se había observado en otros estados. Ensayos del Servicio de Investigación Agrícola de Estados Unidos muestran que una sola hectárea de cama bien poblada puede proporcionar abejas suficientes para polinizar más de cien hectáreas de alfalfa y alcanzar del orden de cuarenta y cinco mil kilos de semilla limpia. Como resume el entomólogo Jim Cane, “las abejas alcalinas son uno de los polinizadores más potentes que tenemos para la alfalfa”.
En Nevada, según los datos que recogen los reportajes, la producción de semilla prácticamente se ha duplicado en muchas parcelas respecto a las zonas que solo dependían de abejas melíferas. Eso se traduce en miles de dólares adicionales por hectárea para explotaciones que hace poco se planteaban abandonar el cultivo.
Beneficios ecológicos y dudas razonables
El modelo no está exento de sombras. Mantener la humedad adecuada en las camas exige agua en una región ya castigada por la sequía, lo que reabre debates sobre el uso del recurso más sensible del oeste de Estados Unidos. También se han registrado conflictos por el acceso a tierras aptas para camas de abejas y tensiones entre productores cuando el valor de las semillas se dispara.
Al mismo tiempo, los estudios de largo plazo señalan efectos positivos que van más allá del dinero. Las camas de abejas mejoran la estructura del suelo, aumentan la retención de agua y favorecen la presencia de otras plantas e insectos, lo que incrementa la biodiversidad en paisajes agrícolas muy simplificados. En cierto modo, convertir el desierto salado en refugio de polinizadores devuelve algo de vida a un entorno que antes se daba por perdido.
Qué puede aprender la agricultura sostenible
La lección que dejan Nevada y los valles semidesérticos del noroeste no se limita a un tipo de abeja. Apunta a un cambio de mentalidad. En lugar de forzar el medio para adaptarlo al modelo agrícola de siempre, estos proyectos intentan adaptar la agricultura a las condiciones reales del lugar y a las especies nativas que ya saben vivir allí.
En un contexto de crisis climática, suelos degradados y descenso de polinizadores, estrategias que combinan conocimiento ecológico y economía rural pueden marcar la diferencia. Para quien cultiva en zonas áridas de España o América Latina, la pregunta es inevitable. ¿Cuántos “desiertos salados” que hoy se consideran inviables podrían convertirse en pequeños laboratorios vivos de biodiversidad útil si se apostara por especies nativas y por un diseño del paisaje más inteligente?
La nota divulgativa más completa sobre el manejo de abejas alcalinas y la construcción de camas de anidación se ha publicado en el reportaje científico “Making the Bed Just Right for Alkali Bees”, disponible en la web de AgResearch Magazine del Servicio de Investigación Agrícola del USDA.



















