Cuando se juega a ecologista con el dinero del Estado, al final las cosas suelen salir mal

Tampoco esto le ha salido bien al Gobierno. Nuestro país ha financiado con dinero del contribuyente el desarrollo acelerado de la energía solar y de la industria productora de paneles y otros componentes. Una vez más, se ha comprobado que, también en este sector, estábamos viviendo en una burbuja, con una base poco sólida.
 
Hace sólo unos días, el Wall Street Journal dedicaba un artículo a la crisis del sector de la energía solar, que comenzaba con las siguientes palabras: “Las esperanzas de España de convertirse en uno de los líderes mundiales en energía solar se han hundido desde que al Gobierno español echó el freno a sus subvenciones”. El problema está, por tanto, una vez más, en el hecho de que se ha creado una capacidad relativamente elevada de producción de un determinado bien —la energía de origen solar en este caso— como consecuencia de una política pública que ha distorsionado el mercado. Las empresas fueron conscientes, desde el primer momento, de que su beneficio en esta actividad no se debía a que ofrecían productos que la sociedad valoraba por encima de sus costes, sino al hecho de que todos los españoles les estábamos dando dinero para la realización de inversiones que nunca hubieran emprendido en otro caso. No es una sorpresa. En palabras de uno de los líderes empresariales del sector en España —que recoge el diario norteamericano— se trataba de un producto financiero, no de una solución del problema de la energía.

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