Bajo un paisaje árido en la frontera entre Nevada y Oregón, en el oeste de Estados Unidos, un antiguo cráter volcánico se ha colado en la geopolítica de la transición energética. Un trabajo científico centrado en la caldera de McDermitt sugiere que la zona podría albergar entre 20 y 40 millones de toneladas métricas de litio contenido en arcillas, una cifra que, de confirmarse y explotarse, situaría a este enclave entre los mayores recursos conocidos del planeta.
La noticia se ha difundido asociada a una valoración de hasta 1,5 billones de dólares, calculada a partir de precios del carbonato de litio. Es una magnitud útil para entender el tamaño del debate, aunque engañosa si se interpreta como dinero “bajo tierra” listo para cobrarse. El litio es un mercado volátil y, además, no todo recurso acaba siendo reserva explotable. En 2024, por ejemplo, el precio medio anual del carbonato de litio en contratos en Estados Unidos cayó con fuerza, según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS).
La clave científica está en la singularidad del depósito. La caldera de McDermitt se formó hace unos 16 millones de años tras una gran erupción y el posterior colapso de la cámara magmática. Con el tiempo, el cráter alojó un lago donde se acumularon cenizas y sedimentos que, bajo condiciones hidrotermales, favorecieron el enriquecimiento de litio en minerales arcillosos. El estudio publicado en Science Advances describe esa “cocina geológica” y sitúa el foco en zonas próximas a Thacker Pass, en el extremo meridional de la caldera.
Sin embargo, la discusión no es solo cuánta materia prima hay, sino cómo se transforma en producto industrial. Extraer litio de arcillas no es equivalente a bombear salmueras o procesar espodumena, rutas más habituales en el mercado. En el caso de Thacker Pass, el propio proyecto se apoya en una operación a cielo abierto y en una planta para producir carbonato de litio de calidad batería. El Departamento de Energía de Estados Unidos (DOE) encuadra esta iniciativa como parte del esfuerzo por reforzar cadenas de suministro nacionales y detalla una financiación pública de 2.260 millones de dólares para instalaciones asociadas a la fabricación de carbonato de litio, con una capacidad esperada de unas 40.000 toneladas anuales cuando esté plenamente operativa.
Ese dato ilustra una realidad incómoda para los titulares grandilocuentes. Incluso en escenarios de gran ambición industrial, el ritmo de salida al mercado se mide en decenas de miles de toneladas al año, no en millones. Además, medios especializados y agencias han subrayado que la extracción desde arcillas plantea retos técnicos y de costes, porque requiere procesos químicos intensivos y aún no se ha desplegado a gran escala comercial con el grado de madurez de otras fuentes.
A la ecuación se suma el factor social y ambiental. Thacker Pass ha acumulado oposición de colectivos ecologistas y de parte de comunidades indígenas por su impacto sobre el territorio y por la carga simbólica de la zona, mientras que otros actores locales enfatizan el empleo y la inversión asociados al proyecto. En paralelo, la Administración federal ya formalizó decisiones regulatorias vinculadas a la mina, un recordatorio de que el “litio geológico” solo se convierte en “litio económico” cuando supera años de tramitación, litigios y financiación.
El contexto global explica por qué McDermitt despierta tanta atención. El USGS estima que el 87% del uso final del litio en el mundo se concentra en baterías, impulsadas por vehículos eléctricos, electrónica y almacenamiento en red. Y aunque el debate público se formule a menudo como un pulso con China, el cuello de botella no es únicamente la mina, sino el refinado y la capacidad industrial para convertir concentrados o arcillas en compuestos aptos para celdas. La Agencia Internacional de la Energía prevé un aumento pronunciado de la demanda de litio hacia 2040 en sus escenarios, con el transporte y el almacenamiento como grandes motores.
Por eso, el hallazgo de McDermitt funciona menos como un golpe definitivo sobre el tablero y más como una señal de hacia dónde se desplaza la competencia. Estados Unidos puede tener más litio “en el mapa”, pero el resultado final dependerá de tres factores que no aparecen en la geología (la viabilidad técnica de la ruta desde arcillas, la licencia social y ambiental, y la capacidad industrial de procesado). La historia que empieza bajo un supervolcán, en realidad, se decide en plantas químicas, tribunales y presupuestos.
















