La batalla por el agua y la energía se ha vuelto muy real en Suecia. La revisión de unas dos mil centrales hidroeléctricas que exige la Directiva Marco del Agua de la Unión Europea ya está teniendo efectos visibles en el mapa eléctrico sueco, con cerca de la mitad de las plantas pequeñas que han pasado por los tribunales optando por demolerse en lugar de adaptarse a los nuevos requisitos ambientales.
¿Qué significa esto para el clima, para los ríos y para algo tan cotidiano como la factura de la luz en el norte de Europa?
Qué está pasando realmente con la hidroeléctrica sueca
Desde 2022 todas las centrales hidroeléctricas suecas deben someterse a una nueva autorización ambiental que busca garantizar que los ríos alcancen un buen estado ecológico antes de 2040, siguiendo la hoja de ruta de la Directiva Marco del Agua.
En esta primera tanda solo se han resuelto unos cuarenta casos. El dato que ha encendido las alarmas es que aproximadamente la mitad de los propietarios ha elegido tirar la presa y cerrar la central, porque el coste de las obras exigidas y del proceso jurídico hace inviable seguir produciendo.
La patronal de la minihidráulica, Svensk Vattenkraftförening, habla de «sobreaplicación» sueca de las normas europeas y denuncia que las autoridades están pidiendo que algunos tramos de río se devuelvan prácticamente a un estado previo a la Edad Media. No cuestionan la necesidad de medidas ambientales, pero sostienen que no se está ponderando con el resto de beneficios sociales como el suministro eléctrico o la seguridad energética.
El peso de la minihidráulica en el sistema eléctrico
En Suecia hay algo más de dos mil centrales hidroeléctricas, muchas con una potencia inferior a 10 megavatios. La hidroelectricidad en su conjunto aporta en torno a 60 o 70 teravatios hora al año, cerca de la mitad de la producción eléctrica del país.
Los defensores de estas plantas recuerdan que, sumadas, las centrales pequeñas pueden alcanzar una potencia cercana a los mil megavatios, una cifra parecida a la de un gran reactor nuclear, según una estimación citada por ingenieros suecos. Más allá de la comparación, lo relevante es dónde están. La mayor parte de estas instalaciones se ubica en el sur de Suecia, donde la demanda es más alta y donde el respaldo hidráulico resulta clave cuando el viento falla o las importaciones caen.
En la práctica, estas centrales funcionan como una especie de batería gigante que se puede encender o apagar para estabilizar la red. Algo que cualquier usuario entiende bien cuando llegan las olas de frío y se dispara el consumo de calefacción eléctrica mientras las rachas de viento aflojan.
Klarälven y las grandes centrales entran en escena
Hasta ahora las decisiones más duras se habían centrado en presas pequeñas, a menudo con impactos ambientales significativos y producciones relativamente bajas. Pero el debate ha subido de nivel en el río Klarälven, en el condado de Värmland.
Allí se encadenan nueve centrales en el cauce principal. Los planes de conservación para las zonas Natura 2000 asociados a ese río incluyen requisitos ecológicos tan estrictos que la compañía Fortum ha advertido de que podría dejar de ser viable la operación de la gran central de Höljes, de unos 130 megavatios de potencia.
Los cálculos que manejan políticos regionales apuntan a un posible recorte superior a 0,7 teravatios hora anuales solo en esa cuenca, casi la mitad del margen total de pérdida de producción que la propia planificación nacional considera aceptable para todo el proceso de revisión, fijado en 1,5 teravatios hora.
Por qué Bruselas empuja hacia ríos más vivos
El contexto europeo ayuda a entender la presión ambiental. La Directiva Marco del Agua obliga a los Estados miembros a lograr un buen estado de ríos y lagos y a revisar concesiones de usos como la hidroeléctrica cuando dañan de forma significativa los ecosistemas acuáticos.
La nueva Estrategia de Biodiversidad de la UE para 2030 anima además a restaurar al menos veinticinco mil kilómetros de ríos de flujo libre mediante la eliminación o modificación de barreras como presas y azudes. En 2024 se alcanzó un récord de 542 barreras retiradas en Europa, muchas de ellas pequeños obstáculos obsoletos. Suecia eliminó 45, en línea con países como España o Francia.
Organizaciones como Dam Removal Europe y Rewilding Europe insisten en que derribar algunas presas mejora la migración de peces como truchas, salmones, anguilas o lampreas y ayuda a recuperar servicios ecológicos como la depuración natural del agua o la laminación de avenidas. Las propias autoridades suecas, como Havs- och vattenmyndigheten, trabajan desde hace años en proyectos de restauración de ríos regulados para recuperar biodiversidad y reforzar la adaptación al cambio climático.
¿Sobrerregulación o precaución necesaria?
El Gobierno sueco es consciente del riesgo para su sistema eléctrico. En 2025 aprobó cambios normativos para asegurar que las revisiones de concesiones se hagan con una visión de conjunto del sistema eléctrico y utilizando al máximo las excepciones que permite la legislación europea para las llamadas masas de agua muy modificadas.
En ese comunicado, el Ejecutivo se comprometía a no ir más allá de lo que exige la normativa europea y a evitar que los requisitos ambientales comprometan la seguridad de suministro. Sin embargo, la patronal de la minihidráulica y parte de la oposición sostienen que, sobre el terreno, algunas autoridades siguen aplicando criterios muy estrictos que empujan a los pequeños propietarios a rendirse antes de invertir en modernización y pasos para peces.
Al mismo tiempo, la literatura científica recuerda que, cuando la producción eléctrica es baja y el impacto ecológico alto, la demolición puede ser la opción con mejor balance coste beneficio para la sociedad, como se ha visto en evaluaciones recientes de demoliciones de presas en ríos suecos. El problema es encontrar el punto de equilibrio sin eternizarse en los tribunales ni dejar a los ríos en segundo plano.
La lección para el resto de Europa
Lo que hoy ocurre en Suecia no es una anécdota nórdica. Es una prueba de estrés de cómo se aplican en la práctica las grandes palabras sobre transición ecológica y recuperación de la naturaleza en toda la UE. Para países con cuencas muy reguladas y una fuerte dependencia de la hidráulica, como España, el mensaje es claro. No todas las presas son iguales ni aportan lo mismo, y la discusión no puede reducirse a estar a favor o en contra de la demolición.
En la práctica, esto significa priorizar la retirada de obstáculos obsoletos y centrales marginales, a la vez que se modernizan las grandes instalaciones estratégicas con caudales ecológicos, dispositivos de paso para peces y mejores esquemas de operación. El reloj climático corre más deprisa que la política, y los ríos no pueden esperar indefinidamente a que nos pongamos de acuerdo.
El comunicado oficial con las últimas decisiones sobre la revisión de la hidroeléctrica en Suecia se ha publicado en la web del Gobierno de Suecia.
















