África Oriental se abre paso hacia un nuevo océano, pero el reloj sigue siendo geológico. Las placas Nubia y Somalí se separan a razón de milímetros al año y, en episodios puntuales, la corteza puede romperse en días, como ocurrió en Afar en 2005
La posibilidad de que nazca un océano en el este de África no es una ocurrencia reciente, sino la consecuencia lógica de un proceso bien documentado: el estiramiento de la corteza en el Sistema del Rift de África Oriental, una cicatriz tectónica que recorre el continente desde Mozambique hasta el mar Rojo. Lo novedoso, y lo que alimenta titulares sobre un cambio “más rápido de lo previsto”, no es el destino final, sino la evidencia acumulada de que el rift combina una separación lenta y constante con episodios súbitos de ruptura que aceleran, a saltos, la apertura del terreno.
Las mediciones geodésicas con GPS sitúan la divergencia media entre los grandes bloques tectónicos en el orden de unos pocos milímetros al año, con valores que pueden acercarse a unos seis milímetros anuales en el tramo norte del sistema, según estimaciones ampliamente citadas en la literatura científica. Ese ritmo es minúsculo a escala humana, pero suficiente para reconfigurar un continente si se mantiene durante cientos de miles o millones de años.
El lugar donde la historia se vuelve más visible es la depresión de Afar, en el norte de Etiopía, un punto excepcional en el que convergen tres sistemas de rift (mar Rojo, golfo de Adén y Rift de África Oriental). Allí, la corteza se adelgaza y el magma participa de forma activa en la ruptura, abriendo diques que, en la práctica, pueden comportarse como un ensayo general de lo que ocurre en los fondos oceánicos.
Ese carácter “a impulsos” quedó patente en la crisis de 2005, cuando una intrusión magmática y una secuencia de fracturación asociada abrieron un segmento del rift en cuestión de días, en un episodio estudiado como un laboratorio natural de ruptura continental. Investigaciones lideradas y cofirmadas por Cynthia Ebinger han subrayado precisamente esa mezcla de deformación por fallas y extensión por intrusión de diques, un mecanismo que puede trasladar grandes porciones de esfuerzo geológico a periodos muy cortos.
¿Significa eso que el “sexto océano” está a la vuelta de la esquina? No en términos humanos. Una cosa es que se formen nuevas grietas, se reorganicen fallas o se produzcan episodios de apertura rápida, y otra muy distinta es que el sistema evolucione hasta un margen oceánico plenamente desarrollado y, después, permita la entrada sostenida de agua marina. Los marcos temporales que circulan en divulgación suelen oscilar porque dependen de qué se mida exactamente: el inicio de una inundación local o la consolidación de un océano con corteza oceánica continua.
Mientras la geología avanza a su ritmo, los efectos que sí importan hoy son más prosaicos: terremotos, subsidencias, erupciones y deformaciones del terreno que alteran carreteras, tuberías y asentamientos. En paralelo, la misma dinámica que fractura la corteza alimenta recursos geotérmicos en varios países del rift, una baza energética que ya forma parte de los planes de desarrollo en África Oriental, aunque con los riesgos propios de vivir sobre un sistema activo.
El rift también ha moldeado, con paciencia, un paisaje de agua dulce que ayuda a medir la escala del fenómeno. Lagos como el Tanganica, uno de los más profundos del planeta (más de 1.400 metros), o el Malawi (Nyasa), que supera los 700 metros en su punto máximo, son producto de cuencas que se hunden a medida que la corteza se estira. Son, en la práctica, la memoria visible de un proceso que no necesita dramatismo para ser colosal.
La pregunta relevante, por tanto, no es si África “se partirá”, sino cómo se gestionan los efectos acumulativos de una fractura activa que seguirá reordenando el territorio durante generaciones. El océano, si llega, será la última página de un relato que ya está escribiendo capítulos en forma de sismos, volcanes y cambios topográficos medibles.




















