Un invierno lluvioso no garantiza menos incendios en verano, aunque los embalses estén rebosantes y los montes aparezcan verdes tras sucesivas borrascas como Regina.
La crisis climática ha cambiado las reglas: el calor extremo y las sequías atmosféricas pueden secar la vegetación en semanas, incluso después de meses de precipitaciones abundantes.
Las lluvias abundantes durante el invierno y la primavera favorecen el crecimiento de vegetación, como pastos, matorrales y arbustos. Esta vegetación, que en un primer momento se mantiene verde y húmeda, puede convertirse en combustible altamente inflamable cuando llegan las altas temperaturas del verano.
Si en los meses estivales se producen olas de calor intensas y prolongadas, como las registradas en los últimos años en España, esa biomasa acumulada se seca rápidamente y aumenta el riesgo de incendios de gran magnitud.
Un invierno lluvioso no garantiza menos incendios en verano ante la crisis climática
La crisis climática y el aumento de biomasa pueden disparar el combustible forestal aunque los embalses estén llenos.
Con los montes empapados tras sucesivas borrascas -ahora Regina, recién estrenada la primavera meteorológica-, surge una pregunta inevitable: ¿habrá menos incendios este verano o serán menos virulentos? Hace unas décadas, un escenario así habría invitado al optimismo ,pero el pronóstico ahora parece sombrío: la crisis climática ha cambiado las reglas del juego.
Los terrenos y embalses rebosan agua en estos momentos, pero con la emergencia climática global que sacude especialmente a España por su geografía, las olas de calor, cada vez más intensas y prolongadas, junto con las llamadas sequías atmosféricas repentinas, están disparando la predisposición del monte seco a arder en verano incluso tras inviernos lluviosos.
Aun cuando el suelo conserva la humedad, la atmósfera puede volverse «extremadamente sedienta» con el calor extremo y extraer el agua de la vegetación con rapidez, según ha explicado el ingeniero Víctor Resco de Dios, catedrático de Ingeniería Forestal y Cambio Global de la Universidad de Lleida e investigador en Agrotecnio.
«Tener ahora suelos muy húmedos no es un indicador de que vayamos a tener una mejor temporada de incendios en verano»; al contrario, las lluvias están favoreciendo un mayor crecimiento de la vegetación, que a medio plazo puede traducirse en más combustible disponible para arder, explica el especialista en ecosistemas terrestres.
Más lluvias significan más combustible vegetal
En España llueve sobre mojado: una nueva borrasca de alto impacto sobre el territorio, apodada Regina, la decimoséptima de la temporada, dejará en los próximos días lluvias y tormentas intensas en el este y sur peninsular que podrán provocar inundaciones y lluvias de barro por el transporte de polvo en suspensión procedente de África.
Pese a tanta humedad en el terreno e incluso si el próximo mes de mayo llegara a cerrarse con precipitaciones también abundantes, en solo un par de meses o incluso en el mes de junio la vegetación podría estar ya seca disparando la disposición del monte a arder si prendiera la chispa, según Resco de Dios.
¿Puede la humedad frenar las olas de calor?
Este escenario de terrenos cargados de agua tiene sin embargo un efecto potencialmente positivo en el aspecto térmico y es que dicha humedad puede «amortiguar las olas de calor», ha explicado el experto.
Cuando el terreno contiene agua, parte de la radiación solar se emplea en evaporarla. Ese proceso consume energía y enfría el ambiente. En cambio, si el suelo está seco, la radiación se dirige a calentar el aire, lo que puede intensificar los episodios extremos.
Aun así, Resco de Dios matiza que este factor no compensa el aumento de biomasa previsto tras tantas borrascas en invierno. «La lluvia invernal no nos va a salvar en verano», ha asegurado.
«No significa tampoco que la campaña de incendios vaya a ser necesariamente catastrófica» como la del año pasado, ha añadido. Dependerá de la coyuntura meteorológica, de diversos factores, entre otros las tormentas y la frecuencia de rayos que se produzcan, que fue la causa de muchos de los incendios del verano pasado.
Lo que está claro -ha explicado el ingeniero- es que en el contexto actual de crisis climática, un invierno húmedo no garantiza un verano tranquilo, como podría ocurrir hace dos o tres décadas.
«Cuando pensamos en sequía, pensamos en falta de agua en el suelo, pero también tenemos que entender que la atmósfera puede ser muy desecante», señala el experto. Este fenómeno afecta especialmente a la vegetación más vulnerable, como hierbas y arbustos de raíces superficiales, estrechamente acopladas a las condiciones meteorológicas.
Los árboles, con sistemas radiculares más profundos, pueden resistir mejor, pero las plantas al ras de suelo -que actúan como mecha en muchos incendios- se secan con mayor rapidez bajo episodios de calor extremo.
Hace treinta años, con un invierno tan húmedo como el actual, el tiempo de secado habría sido mayor. Hoy, sin embargo, las olas de calor aceleran el proceso y el resultado es un combustible más seco y, por tanto, más disponible para arder.
Montes más densos y menos gestionados
Este escenario de terrenos cargados de agua tiene sin embargo un efecto potencialmente positivo en el aspecto térmico y es que dicha humedad puede «amortiguar las olas de calor», ha explicado el experto.
A ello se suma otro factor determinante: la creciente espesura de los montes mediterráneos.
Contra la percepción extendida de que el problema de los bosques es la deforestación, en España y en buena parte de Europa la superficie forestal ha aumentado en las últimas décadas. El abandono rural y la falta de gestión han propiciado masas más densas y continuas.
Los estudios sobre sequía en el Mediterráneo muestran que no necesariamente llueve menos, pero sí hay más salidas de agua: más evaporación y más consumo por parte de la vegetación.
«Cada vez hay más plantas utilizando ese agua», advierte Resco de Dios. Esa mayor competencia hídrica hace que, cuando llegan las olas de calor, la vegetación se seque antes y con mayor intensidad.
En la jerarquía de causas, el investigador se ha referido en primer lugar, a la falta de gestión forestal y el aumento de vegetación no gestionada, y a continuación al cambio climático. Ambos factores elevan el riesgo de incendios forestales.
En su opinión, «la única medida para prevenirlos es gestionar el territorio»; en un escenario de cambio climático, ni los embalses llenos ni los campos verdes en febrero garantizan un verano halagüeño.
En conclusión, un invierno lluvioso puede ayudar a mejorar las reservas hídricas y el estado general de los ecosistemas, pero no es garantía de un verano sin incendios. La prevención, la gestión sostenible y la adaptación al cambio climático son claves para reducir el impacto del fuego en España. Seguir leyendo en MEDIO AMBIENTE.



















