Llevamos años viendo las estelas de los aviones en el cielo pero ahora se sabe que están contribuyendo al cambio climático y la solución pasa por modificar los combustibles

Publicado el: 13 de mayo de 2026 a las 20:41
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Estelas de condensación de aviones formando cirros artificiales relacionados con el cambio climático.

Las líneas blancas que dejan muchos aviones en el cielo parecen desaparecer sin dejar rastro. A veces duran unos minutos. Otras se ensanchan, se mezclan y acaban formando una especie de velo. Lo importante es esto, no son humo, pero tampoco son climáticamente neutras.

La nueva evidencia científica apunta a que estas estelas de condensación pueden aumentar el calentamiento de la aviación más allá del CO₂ que sale de los motores. La posible solución no pasa solo por fabricar aviones nuevos, sino por algo mucho más inmediato en algunos casos, cambiar ligeramente la ruta o la altura de vuelo para evitar las zonas donde esas nubes artificiales se forman y persisten.



Qué son esas líneas blancas

Las estelas de condensación se forman cuando los gases calientes del avión se mezclan con aire muy frío y húmedo a gran altura. El vapor de agua se congela y crea cristales de hielo, que son los que vemos desde tierra como una línea blanca detrás del avión. Suele ocurrir en torno a los 10 u 11 kilómetros de altitud.

El Atlas Internacional de Nubes de la Organización Meteorológica Mundial las clasifica como «Cirrus homogenitus» cuando persisten al menos 10 minutos. Es decir, la meteorología ya tiene un nombre oficial para estas nubes creadas por actividad humana. No es poca cosa.



Por qué pueden calentar

La explicación parece sencilla, pero tiene truco. Los cristales de hielo reflejan parte de la luz solar, lo que puede enfriar un poco la superficie. Pero también atrapan radiación infrarroja que la Tierra intenta enviar al espacio, y ahí aparece el efecto de calentamiento.

No todas las estelas tienen el mismo impacto. Algunas duran poco y apenas cuentan. El problema llega cuando el aire sigue siendo frío y húmedo, porque entonces las estelas crecen, se juntan y forman cirros de estela que pueden permanecer varias horas y cubrir grandes superficies.

En conjunto, el calentamiento domina cuando se calcula el efecto anual global. Según explica la Universidad de Reading, algunas nubes de cirros de estela pueden ejercer un impacto climático comparable al de decenas o incluso cientos de toneladas de dióxido de carbono. Parece una nube fina, pero no siempre lo es.

El dato que cambia el debate

Un estudio publicado en Nature Communications calcula que, si no se aplican medidas para evitar estelas, la aviación podría añadir en 2050 unos 0,040 K de calentamiento por CO₂ y unos 0,054 K por estelas. Dicho en claro, en ese escenario las estelas pesarían más que el CO₂ de la aviación en ese horizonte concreto.

El mismo trabajo estima que una estrategia de evitación aplicada de forma gradual entre 2035 y 2045 podría recuperar alrededor del 9 % del presupuesto de temperatura que queda antes de superar el límite de 2 °C del Acuerdo de París. Si se retrasa 10 años, esa recuperación bajaría al 2 %. El reloj climático, otra vez, corre más rápido de lo que parece.

Cambiar altura, no cambiar aviones

La parte más llamativa es que la medida no exige rediseñar toda la aviación. Los investigadores de Cambridge señalan que cambiar la altitud de crucero unos miles de pies hacia arriba o hacia abajo podría evitar las zonas atmosféricas donde se forman estelas persistentes.

La autora principal del estudio, Jessie Smith, lo resumió de forma muy directa al explicar que evitar estelas puede ser tan simple como cambiar rutas. También advirtió que «no soluciona todo», pero que podría marcar una gran diferencia.

En la práctica, los aviones ya modifican rutas o altura para evitar turbulencias o mal tiempo. La idea sería usar una lógica parecida, pero mirando también a la humedad y al frío en altura. Un pequeño desvío puede gastar algo más de combustible, aunque el estudio indica que el calentamiento añadido por ese CO₂ extra sería mucho menor que el calentamiento evitado al reducir estelas.

El problema está en predecirlas

Aquí viene la parte menos vistosa, pero quizá la más importante. Para evitar una estela primero hay que saber dónde se va a formar. Y eso exige mejores previsiones de humedad a la altitud de vuelo, justo una de las variables más difíciles de medir con precisión en la atmósfera.

El proyecto MIST, en el que participan Honeywell Aerospace UK, Boeing UK y la Universidad de Reading, trabaja precisamente en un sensor de humedad para detectar mejor las condiciones que favorecen la formación de estelas. La idea es integrar esas mediciones en aviones comerciales y mejorar los cálculos sobre su impacto climático.

La Organización de Aviación Civil Internacional también pide prudencia. En su informe sobre oportunidades operativas para reducir estelas y otros efectos no CO₂, señala que hay retos importantes, como predecir bien las regiones sobresaturadas de hielo, verificar si las maniobras funcionan y evitar consecuencias no deseadas sobre combustible, CO₂, seguridad o capacidad del espacio aéreo.

Europa ya mira más allá del CO₂

Durante años, el debate climático de la aviación se ha centrado casi por completo en el dióxido de carbono. Tiene sentido, porque permanece en la atmósfera durante mucho tiempo. Pero los efectos no CO₂, como los óxidos de nitrógeno, el vapor de agua, las partículas y las estelas, también cuentan.

La Comisión Europea recuerda que estos efectos no CO₂ representaron más de la mitad del forzamiento climático neto de la aviación en 2018, con una cifra del 66 %. Además, desde el 1 de enero de 2025 está previsto un sistema europeo de seguimiento, notificación y verificación de efectos no CO₂ por vuelo. Esto ya no es una nota al margen.

Para el pasajero, esto no significa que cada línea blanca sea una catástrofe ni que todos los vuelos tengan el mismo efecto. Significa que mirar solo el CO₂ se queda corto. Y que una aviación menos dañina tendrá que combinar menos emisiones, mejores combustibles, rutas más inteligentes y datos meteorológicos mucho más finos.

Una nube pequeña con una gran pregunta

Las estelas son un buen ejemplo de cómo el cambio climático se esconde en detalles que parecen menores. Una línea blanca en el cielo puede durar poco, pero si se convierte en nube persistente puede alterar el balance de energía de la Tierra durante horas. Y eso se nota cuando miles de vuelos repiten el mismo patrón cada día.

La solución tampoco está cerrada. Cambiar rutas puede ayudar, pero necesita coordinación entre aerolíneas, pilotos, controladores, meteorólogos y reguladores. No sirve improvisar. Hay que medir, probar y aplicar con cabeza.

El estudio completo sobre las oportunidades y riesgos de evitar estelas de condensación ha sido publicado en Nature Communications.

Imagen autor

Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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