Australia lleva décadas tratando a los burros salvajes como un problema a eliminar. En regiones como Kimberley (Australia Occidental) la gestión se ha apoyado en controles aéreos y programas continuados porque los animales dañan cercas, compiten por puntos de agua y presionan riberas frágiles. En ese tiempo se han sacrificado cientos de miles de burros y el debate público se ha movido casi siempre en un eje simple (control o desastre).
Pero algo está cambiando, no porqaue el burro sea distinto, sino porque parte de la ciencia y del manejo de tierras empieza a preguntar otra cosa (qué procesos ecológicos pueden activarse si el animal se usa con límites, objetivos y monitoreo). La idea no es “dejar sueltos” a los burros salvajes, sino pasar del exterminio permanente a un enfoque de ingeniería ecológica bajo control.
El dato incómodo que empuja el giro
En Kimberley, un análisis difundido por ABC indicó que se han invertido alrededor de 78 millones de dólares australianos en unos 40 años de controles y que la justificación económica se ha defendido con retornos para la ganadería. Al mismo tiempo, la propia gestión regional habla en términos de escenarios y ratios de beneficio costo, lo que revela que el asunto ya no es solo “matar o no matar” sino elegir una estrategia medible con resultados distintos según el esfuerzo y el objetivo.
Ese terreno es justo donde entra la propuesta alternativa (usar a los burros como herramienta de restauración en sitios degradados, con densidades bajas, cercados, rutas previstas y retirada inmediata si aparecen impactos negativos).
Cómo un burro puede “fabricar” agua sin magia
La evidencia más citada viene de desiertos fuera de Australia, especialmente de un estudio en Science sobre équidos libres (caballos y burros) que excavan pozos para alcanzar agua subterránea en cauces secos. Esos pozos aumentaron la disponibilidad de agua, redujeron distancias entre puntos de hidratación y fueron usados por decenas de especies distintas.
Esto no significa que cualquier manada en Australia vaya a “salvar” el desierto automáticamente. Sí significa que existe un mecanismo ecológico real y medido (pozos excavados por équidos) que puede convertirse en herramienta si se replica en condiciones comparables y con seguimiento serio.
Suelo duro, lluvia que no entra y el papel de las pezuñas
En zonas áridas, una costra superficial puede impedir que la lluvia infiltre y que germinen semillas. El pisoteo moderado, en el lugar adecuado, puede romper esa costra y crear microdepresiones donde el agua se queda más tiempo y se infiltra mejor. El problema es el exceso (cuando el pisoteo deja suelo desnudo, aumenta erosión y rompe riberas). Por eso la palabra clave aquí es “moderado” y “diseñado”.
A esto se suma un vector sencillo (las heces transportan semillas y nutrientes). No es un milagro, es dispersión biológica. El valor aparece cuando el manejo concentra la actividad en parcelas degradadas y protege zonas sensibles.
El laboratorio real está en el campo y ya hay un caso australiano
En 2024 ABC contó la historia de un ganadero que está usando burros salvajes como parte de un enfoque regenerativo en un proyecto descrito como pionero en Australia, con conflicto legal incluido porque la normativa sigue tratándolos como plaga en varias jurisdicciones. El reportaje recoge un punto crucial (hay interés por probar beneficios, pero también límites y reglas que hoy no están pensadas para “convivir con burros” sino para erradicarlos).
Ahí está el corazón del giro (no se trata de romantizar al burro, se trata de diseñar un sistema de manejo que convierta un riesgo en un servicio ecosistémico, o que descarte la idea si el riesgo domina).
Qué tendría que cumplir un “burro útil” para no convertirse en desastre
Un enfoque responsable se parece más a un protocolo que a una consigna. Primero (zonificación) dejar fuera riberas, humedales sensibles, manantiales y áreas de alto valor ecológico. Segundo (densidad) trabajar con números bajos y objetivos concretos (infiltración, reducción de polvo, creación de microhumedales) y retirar animales si hay señales de degradación. Tercero (infraestructura) cercados, puntos de agua alternativos y corredores de paso que eviten pendientes frágiles. Cuarto (medición) transectos de vegetación, compactación del suelo, turbidez del agua y biodiversidad asociada a pozos. Quinto (bienestar animal) cualquier control debe seguir códigos de práctica humanitaria vigentes.
En resumen, Australia no está “descubriendo” que los burros son buenos. Está descubriendo que el manejo inteligente puede convertir a un animal problemático en una herramienta puntual, o confirmar con datos que en ciertos lugares el costo ecológico es demasiado alto. Y ese matiz (probar, medir, ajustar o descartar) es lo que separa la restauración de un nuevo ciclo de conflicto.





















