Un nuevo estudio liderado por la investigadora Carla Freitas, del Instituto de Investigación Marina de Noruega, pone números a algo que muchos biólogos sospechaban desde hace años. Las grandes ballenas no solo se comen a medio océano. También lo abonan. Y su orina y sus heces pueden aumentar hasta en un 10 % la producción de fitoplancton en pleno verano en los mares nórdicos y del mar de Barents, justo cuando la superficie del agua se queda casi sin nutrientes.
¿Por qué importa esto al ciudadano de a pie, más allá de la curiosidad escatológica? Porque el fitoplancton es la base de la cadena alimentaria marina y uno de los grandes “pulmones” del planeta. Sin esas microalgas no hay zooplancton, ni peces, ni grandes depredadores. Y también habría bastante menos oxígeno en el aire que respiramos.
Cómo han medido el “efecto fertilizante” de las ballenas
El equipo de Freitas midió primero qué llevan exactamente los desechos de las ballenas. Analizaron heces y orina de rorcuales aliblancos (minke) y de rorcuales comunes, y después extrapolaron los resultados a seis especies de ballenas barbadas que se alimentan en el mar de Noruega, Groenlandia, Islandia y el mar de Barents.
El resultado es una mezcla muy concreta. La orina aporta sobre todo nitrógeno. Las heces concentran fósforo y metales traza esenciales como hierro, zinc, cobre o manganeso. Todos ellos son ingredientes que el fitoplancton necesita para crecer y que, en superficie, se agotan rápido cuando llega el verano y el sol dispara la fotosíntesis. “La orina de ballena no solo es una fuente importante de nitrógeno, se libera además en una forma que el fitoplancton puede usar enseguida”, explica Freitas en la nota del propio instituto.
Con esos datos químicos en la mano, los científicos usaron un modelo ecosistémico para simular qué pasaría con y sin la contribución de nutrientes procedentes de las ballenas. La comparación es clara. En agosto, en zonas oceánicas alejadas de la costa, la presencia de estos cetáceos puede elevar la producción primaria hasta un 10 % y aumentar la biomasa de zooplancton en proporciones similares. De media anual el efecto es más modesto, en torno a un 0,6 % en todo el área, aunque alcanza entre un 2 y un 4,5 % en cuencas concretas del mar de Noruega y del norte del mar de Barents.
Lo que libera una sola ballena y muchas juntas
Visto de cerca, las cifras impresionan. Según el artículo científico, una ballena minke que se alimenta en estas aguas libera cada día unos 8 kilos de materia fecal seca y unos 101 litros de orina. En el caso de las ballenas de mayor tamaño, como el rorcual común, los valores se multiplican varias veces.
Si ampliamos el foco, la película cambia de escala. El conjunto de ballenas barbadas que veranean en los mares nórdicos y del mar de Barents recicla más de 815 toneladas de nitrógeno y unas 325 toneladas de fósforo al día durante la temporada de alimentación. Es un auténtico “ascensor de nutrientes” que sube materia desde aguas profundas hasta la capa iluminada por el sol, justo donde el fitoplancton la puede aprovechar.
Del fitoplancton al clima y a los peces
En la práctica, ¿qué supone ese 10 % extra de producción de plancton en verano? Para empezar, más comida para el zooplancton, esos pequeños organismos que se alimentan de microalgas y que, a su vez, sirven de alimento a peces como arenques o bacalaos. El modelo muestra aumentos de hasta un 10 % en la biomasa de mesozooplancton en algunas zonas, lo que refuerza la base de toda la red trófica.
También hay un efecto climático. Cada vez que el fitoplancton crece, absorbe dióxido de carbono disuelto y lo convierte en materia orgánica. Una parte de ese carbono queda almacenada durante años en el océano profundo cuando las partículas y los restos se hunden. El nuevo trabajo subraya que las ballenas actúan como piezas clave en ese rompecabezas, aunque su contribución no es, ni de lejos, suficiente para compensar las emisiones humanas de CO₂. Los autores recuerdan que el impacto global sigue siendo limitado y que el grueso del problema climático está en las chimeneas y los tubos de escape, no en el mar.
Quedan preguntas abiertas
Pese a la solidez del modelo, los propios investigadores admiten que quedan dudas razonables. No todos los nutrientes que expulsan las ballenas se disuelven igual de rápido ni a la misma profundidad. Una parte puede hundirse antes de ser aprovechada. Además, la proporción entre nitrógeno, fósforo e hierro cambia según la dieta y la especie, lo que puede favorecer a unos tipos de fitoplancton frente a otros. El equipo apunta que hacen falta más datos sobre movimientos finos de las ballenas, sobre cómo se disgregan sus heces en el agua y sobre la contribución de otros grandes vertebrados marinos para afinar los cálculos.
Lo que sí parece claro es que proteger a las ballenas tiene un doble efecto. Por un lado, salvamos a animales carismáticos que estuvieron al borde del colapso por la caza industrial. Por otro, reforzamos un proceso natural que ayuda a mantener productivos algunos de los mares más sensibles al cambio climático. En gran medida, cuidar a las ballenas es cuidar también el “huerto invisible” del océano.
El estudio científico completo “Impact of baleen whales on ocean primary production across space and time” se ha publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).


















