El mediterráneo occidental es cada vez más caliente y salado

Plataforma SINC

Cada año la temperatura de la capa profunda del Mediterráneo occidental aumenta 0,002ºC, y su salinidad, un 0,001 de unidad de salinidad. Estos cambios, aunque mínimos de año en año, se producen de forma continua y constante con una aceleración desde los años 90.

Los resultados son consistentes, “pero para confirmar esta tendencia a la aceleración necesitamos más años de observación”, asegura Manuel Vargas-Yáñez, autor principal del trabajo e investigador en el Centro Oceánico de Málaga del Instituto Español de Oceanografía (IEO).

En su estudio, publicado en el Journal of Geophysical Research, los investigadores analizaron la temperatura y salinidad de las tres capas del Mar Mediterráneo: la superior (desde la superficie hasta los 150-200 metros con agua que entra del Atlántico), la intermedia (de los 200 a los 600 metros de profundidad con agua del Mediterráneo oriental que entra en la cuenca occidental a través del canal de Sicilia), y la profunda (de los 600 metros al fondo del mar con agua del Mediterráneo occidental).

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Análisis de datos de temperatura y salinidad en el Mediterráneo

“Estas capas, sobre todo la profunda, ocupan un volumen inmenso, y calentar cada año una milésima su temperatura requiere de una cantidad grandísima de calor”, puntualiza el investigador.

El equipo también ha observado un aumento de la salinidad y del calentamiento de la capa intermedia del mar. En la capa superior no lo han visto de forma clara, “pero podemos inferirlo a partir del calentamiento del agua profunda y de trabajos de otros equipos y nuestras investigaciones en curso”, declara Vargas-Yáñez.

Monitorizar el mar

El equipo de investigación recopiló los datos de temperatura y salinidad a través de la base de datos MEDATLAS (Atlas del Mediterráneo con datos oceanográficos), y los de los programas de monitorización del IEO. Se tomaron todos los datos del Mar de Alborán, del Mar Catalano-Balear, del Golfo de León, Mar Ligur, Mar Tirreno y de la cuenca argelina, entre 1943 y 2000.

“Es preciso apoyar las redes ya existentes y construir otras nuevas para monitorizar el mar. Sólo de esta forma se pueden detectar, de forma fiable y robusta, los cambios que se están operando en él”, concluye Vargas-Yáñez.

 

 

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