Su capacidad para excavar taludes y colarse en infraestructuras convierte su expansión en un problema urbano, con una solución tan incómoda como tentadora (capturarlo y comerlo)
La llegada del cangrejo chino de manoplas (Eriocheir sinensis) a los ríos europeos ha dejado de ser una rareza biológica para convertirse en una alerta de gestión cotidiana. Este crustáceo, originario de Asia oriental, está incluido en la lista europea de especies exóticas invasoras de “preocupación para la Unión”, lo que obliga a prevenir su introducción y a contener su expansión.
El problema no se limita a lo ecológico. En ciudades y áreas densamente pobladas, su comportamiento excavador tiene efectos físicos sobre el paisaje fluvial. Las galerías que abre en las riberas pueden favorecer desprendimientos y erosión, un riesgo que en tramos canalizados o con márgenes reforzados se traduce en costes y obras de mantenimiento. La presión aumenta cuando el animal aparece en grandes números durante sus migraciones, un patrón que explica parte del salto del campo a la agenda municipal.
El recorrido de esta invasión está bien documentado en algunos puntos críticos. En el área de la bahía de San Francisco, estudios y evaluaciones oficiales apuntan a que la vía más probable de entrada fue el agua de lastre, el mecanismo clásico con el que las especies viajan como polizones en el comercio global. En el Reino Unido, el río Támesis lo registra desde hace décadas y el seguimiento científico ha alertado del crecimiento de sus poblaciones en la cuenca. En la costa este de Estados Unidos, la evidencia de capturas repetidas en el río Hudson ha alimentado el debate sobre si puede consolidar poblaciones estables en el estuario.
Su impacto se entiende mejor cuando se mira el detalle. No sólo compite con especies locales y consume una dieta amplia. También puede obstruir tomas de agua y sistemas de refrigeración o captación, un tipo de interferencia que ya ha sido señalado en análisis de riesgo en Europa del norte y que encaja con los problemas reportados en plantas e instalaciones hidráulicas.
Ahí aparece el “punto débil” que algunos científicos plantean con cautela. Si el cangrejo está en número suficiente, su captura dirigida podría funcionar como herramienta de control. El Natural History Museum mantiene un programa de seguimiento y publicó un informe sobre el caso del Támesis que alimentó esa discusión, incluida la opción de una explotación controlada. La idea tiene lógica práctica, pero choca con dos límites. El primero es legal y de política pública, porque el marco europeo restringe la comercialización de especies invasoras precisamente para no incentivar su dispersión. El segundo es sanitario, porque el animal puede actuar como hospedador intermediario de parásitos asociados a la ingestión cruda o mal cocinada, un riesgo citado por agencias y evaluaciones científicas aunque dependa de que el ciclo del parásito esté presente en la zona invadida.
En ese cruce de caminos, la gestión se vuelve menos épica y más incómoda. El cangrejo chino de manoplas no es solo una amenaza “de naturaleza”, también es un test de estrés para riberas urbanas e infraestructuras. Su control, si llega, probablemente combinará vigilancia, captura selectiva y barreras en puntos sensibles, con un debate inevitable sobre hasta qué punto convertir al invasor en recurso puede ayudar sin abrir una puerta nueva a su expansión.
El informe oficial ha sido publicado en Natural History Museum.




















