Según la psicología, las personas que hablan con sus mascotas como si fueran personas suelen mostrar estos 8 rasgos

Publicado el: 11 de febrero de 2026 a las 09:45
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Persona sentada junto a su perro observando la ciudad, una escena asociada al vínculo emocional entre humanos y mascotas

La ciencia lo vincula con empatía, lectura de señales no verbales y búsqueda de conexión (sin que sea, por sí solo, un indicador clínico)

Hay quien lo hace en casa, en la calle o incluso en voz baja mientras pasea. Hablarle a una mascota como si fuera una persona suele interpretarse como una manía entrañable, pero también puede leerse como una forma cotidiana de relación social. La psicología lo encuadra a menudo dentro del antropomorfismo, la tendencia a atribuir rasgos humanos a seres no humanos. Y, aunque no permite diagnosticar nada, sí se asocia con ciertos patrones de personalidad y de vínculo.



Conviene una cautela básica. La investigación sobre interacción humano animal es prometedora, pero no siempre consistente, porque influyen la cultura, el tipo de mascota, el contexto y el propio estado de ánimo. Aun así, hay señales repetidas en la literatura científica sobre qué suele haber detrás de ese diálogo doméstico.

Estos son ocho rasgos que aparecen con frecuencia asociados a quienes “conversan” con su mascota.



  1. Alta sensibilidad a las emociones
    Interpretar si un animal está inquieto, confiado o estresado exige atención al tono corporal, a la mirada y a microcambios de conducta. La interacción con animales se ha relacionado con variaciones en marcadores de estrés y vínculo, como cortisol y oxitocina, en estudios experimentales con perros y dueños.
  2. Empatía entrenada
    La empatía hacia animales y humanos tiende a correlacionar, y algunos trabajos sugieren que la inteligencia emocional se relaciona con esa empatía, especialmente cuando hay experiencia previa con mascotas.
  3. Antropomorfismo moderado
    Atribuir intención o “opiniones” a un perro o un gato no es solo fantasía. La investigación encuentra que percibir capacidades mentales en la mascota puede ir de la mano de un vínculo más fuerte y de mayor sensación de apoyo social.
  4. Búsqueda de un “mundo compartido”
    Poner motes, usar un tono específico o mantener rutinas verbales construye una cultura privada entre humano y animal. Esa continuidad no es trivial, porque ayuda a sostener el vínculo y a estabilizar expectativas cotidianas, algo especialmente relevante en periodos de estrés.
  5. Necesidad de conexión sin juicio
    Para algunas personas, hablar con la mascota funciona como un espacio seguro de desahogo. No sustituye las relaciones humanas, pero puede amortiguar la sensación de soledad y aumentar la percepción de apoyo, algo que instituciones sanitarias han recogido en revisiones divulgativas de evidencia.
  6. Atención fina a lo no verbal
    Quien se acostumbra a leer orejas, cola, postura o ritmo de respiración entrena una habilidad útil también con personas, porque obliga a detectar señales sutiles más allá de las palabras. Esa transferencia no es automática, pero es una hipótesis coherente con lo que se sabe de cognición social.
  7. Rutinas como ancla psicológica
    Hablarles al volver a casa, antes de salir o durante el paseo no es solo costumbre. Puede ser un marcador de orden diario. Y las rutinas asociadas a mascotas se han propuesto como uno de los mecanismos por los que conviven con mejoras en bienestar en algunas poblaciones, también en la infancia.
  8. Mejor “puerta de entrada” social
    Los dueños que interactúan abiertamente con sus animales suelen resultar más abordables en espacios públicos. No es una ley, pero sí un efecto observado en la vida cotidiana y coherente con la función social de las mascotas como catalizadores de conversación, además de la sensibilidad creciente hacia su protección.

El matiz final importa. Hablar con una mascota no te hace automáticamente más inteligente, más empático o “mejor persona”. Lo que sugiere la evidencia es algo menos épico y más interesante. Ese hábito puede reflejar una forma de vincularse, de regular emociones y de practicar una comunicación muy basada en señales, con beneficios potenciales para el bienestar.

Y si alguien se ríe, suele ser más un prejuicio cultural que un argumento psicológico. En muchos casos, ese diálogo es simplemente una manera humana de cuidar un vínculo que, aunque no conteste con palabras, responde con conducta.

El estudio ha sido publicado en PubMed.

Imagen autor

Adrián Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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