Hoy 29 de septiembre es el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos 2026 y Greenpeace pide que este se controle desde la producción primaria.
Greenpeace explica que, antes de que los productos lleguen a las tiendas, es decir, a nivel del sector primario, ya existe una pérdida, que solo en España es de 3,12 millones de toneladas, según datos aportados por el Centro Común de Investigación de la Comisión Europea. Para la ONG es obvio que se debe investigar por qué se produce este desperdicio de alimentos, cómo sucede y cuáles son los más afectados.
Según el MAPA, en los últimos 5 años contados del 2020 al 2025, la pérdida se redujo en más del 19%, pero estos datos corresponden al desperdicio que se genera tanto fuera como dentro de los hogares y no toma en cuenta el total de la cadena alimenticia. Ello imposibilita conocer las cifras reales de las pérdidas en las explotaciones agrarias.
Para Greenpeace es fundamental conocer cuáles son las causas de desperdicio de alimentos que pueden evitarse, como es el caso de las exigencias estéticas, el rechazo a nivel comercial de los productos o que las cosechas se queden sin compradores. Para la ONG es fundamental poner en valor los recursos que se emplearon: mano de obra, energía, agua, etc., y que también se pierden.
Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos: el coste es inasumible
Con motivo del Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos, que se celebra mañana 29 de septiembre, Greenpeace denuncia que la pérdida y desperdicio de comida no solo tiene un alto coste ambiental, sino que, en plena subida de precios para las familias, supone un fallo inadmisible en el sistema alimentario actual. Como explica Greenpeace en su modelo alimentario sostenible, actualmente se desperdicia un cuarto de los alimentos que se producen para consumo humano.
Según un reciente informe de la organización, la producción de alimentos está enfrentando una gran presión por la llegada de los fondos buitre, tan de actualidad; estos están replicando el modus operandi de la especulación con la vivienda: acaparan tierras en regadío, instauran modelos superintensivos incrementando el precio de la tierra, lo que dificulta la continuidad de las pequeñas explotaciones. Y eso también tiene impacto en el desperdicio de alimentos, ya que, para estos fondos, la tierra es un activo financiero más y basan sus modelos en la sobreproducción de alimentos y estándares estéticos estrictos.
En la reciente XII Conferencia Iberoamericana de Ministras y Ministros de Agricultura y Pesca, el ministro Luis Planas remarcaba que “hemos reducido [en España] un 20% en los últimos 5 años la pérdida y desperdicio de alimentos”, cuando los datos a los que se refiere solo muestran la reducción del desperdicio alimentario en hogares, no en el conjunto de la cadena alimentaria. Asumiendo la parte por el todo.
La pérdida y el desperdicio de alimentos no comienzan en el supermercado ni en los hogares. Se produce antes de que los alimentos lleguen a la cadena de distribución: en las propias explotaciones agrarias. Según datos del Joint Research Centre (JRC) de la Comisión Europea, en España se pierden en la producción primaria 3,12 millones de toneladas de alimentos, una cantidad que sitúa al país como segundo de la UE, tras Francia.
Disponer de información rigurosa y pública sobre dónde, cuánto y por qué se producen estas pérdidas es imprescindible para poder prevenirlas. Sin embargo, actualmente persiste una falta de información suficientemente detallada y homogénea sobre las pérdidas en la producción primaria.
“Tirar comida es tirar el agua, la energía, los insumos o el trabajo humano que se necesita para producirla, generando emisiones que incrementan la crisis climática y contaminando ecosistemas que se requieren para vivir saludablemente. Necesitamos otro sistema alimentario que priorice a las personas y al medioambiente por encima de la producción sin límites. Reducir la pérdida y desperdicio de alimentos y producir de manera sostenible es salvaguardar nuestro medio rural, nuestros ecosistemas y nuestro clima”, afirma Helena Moreno, responsable de la campaña de sistemas alimentarios sostenibles.
La ley debe mejorarse
Como señalaba recientemente este artículo del CSIC, las pérdidas y descartes de alimentos en el campo son un síntoma de un modelo de producción que se ha convertido en un problema crónico. Según esta investigación, hay amplia evidencia de que muchos cultivos son descartados y no contabilizados. En ocasiones, se produce tanto que se permite tirar producción para regular los precios, por ejemplo, en el sector de frutas y hortalizas, algo inaceptable en regiones con escasez de agua como el sur de España, donde se produce la gran parte de estos alimentos.
La Ley 1/2025, de 1 de abril, de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario, supone un gran avance hacia la prevención y la reducción de las pérdidas y el desperdicio de alimentos. Sin embargo, a día de hoy, la información pública disponible se concentra en el desperdicio generado en hogares y fuera de ellos, mientras persiste una falta de datos sistemáticos sobre las pérdidas en la producción primaria.
Los últimos datos del Joint Research Center de la Comisión Europea señalan que en España se pierden en la producción primaria 3,12 millones de toneladas de alimentos, siendo el segundo país de la UE con más pérdidas después de Francia. Esa cantidad (lo que se tira en producción) es aún mayor que lo que se pierde desde la post-cosecha hasta los hogares (3,1 millones de toneladas).
Por tanto, la cantidad de comida que se queda en la producción primaria por diferentes motivos, como puede ser la falta de precios justos o la sobreproducción, es mayor que el desperdicio de alimentos que ocurre desde la post-cosecha hasta que el producto llega a la mesa de las familias.
“Es curioso cómo el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación habla del desperdicio de alimentos, señalando solo a las familias, obviando lo que pasa en el resto de la cadena alimentaria, ¿Qué pasa con la falta de precios justos a los agricultores y esas pérdidas en campo? ¿Qué pasa con las cantidades ingentes que se desperdician en los grandes supermercados? ¿Quién es el culpable de que los productores tengan que deshacerse de esa producción? Necesitamos datos para poder responder a estas preguntas y actuar sobre las causas“, sostiene Moreno.
Menos desperdicio de alimentos, menos emisiones a la atmósfera.
La pérdida y el desperdicio de alimentos tienen también una importante dimensión climática. El desperdicio alimentario supone el 20% de las emisiones totales del consumo en España, 21,4 Mt de CO2eq, lo equivalente a lo que emite Lituania en un año, principalmente vinculado a los productos cárnicos, los aceites y los productos pesqueros (8,5, 2,9 y 2,1 millones de toneladas respectivamente).
De llevarse a cabo el escenario de transición alimentaria modelizado por Greenpeace, que combina una reducción aproximada a la mitad del desperdicio con la transformación del modelo alimentario, las emisiones asociadas al desperdicio se reducirían un 96%, descendiendo hasta los 0,87 millones de toneladas de CO2eq. Lo que se debe, por un lado, a la reducción a la mitad de la cantidad de alimentos desperdiciada y, por otro lado, a la reducción de la huella de carbono de los alimentos por la transformación del modelo.
Pérdidas agrícolas por culpa de la crisis climática
Uno de los indicadores que el propio Joint Research Centre (JRC) de la Comisión Europea utiliza para analizar la pérdida y desperdicio de alimentos son las pérdidas por desastres climáticos. Es decir, toda esa producción que, debido a eventos como DANA, borrascas, pedriscos u olas de calor, no se ha podido cosechar.
Los datos provisionales de Agroseguro correspondientes al periodo comprendido entre el 1 de enero y el 26 de agosto de 2026 sitúan en 1,28 millones de hectáreas la superficie agraria asegurada afectada por adversidades climáticas e incendios y elevan a 441 millones de euros la previsión de indemnizaciones a los productores.
A ello se suma el plan de ayudas extraordinarias aprobado por el Gobierno en febrero de 2026, con un presupuesto total de 2.874,1 millones de euros para agricultores, ganaderos, pescadores y acuicultores afectados por las borrascas en Andalucía y Extremadura. El paquete incluye ayudas por pérdida de renta, apoyo a los seguros agrarios, reparación de infraestructuras y una línea de financiación.
Estas cifras no equivalen a la cantidad de alimentos perdidos, pero muestran la dimensión económica de los daños que los fenómenos meteorológicos extremos están causando en el sector agrario. A este impacto se suma el coste ambiental asociado a la pérdida de producciones y de los recursos empleados para obtenerlas.
“La crisis climática está incrementando las pérdidas de producciones agrarias. Si no adaptamos nuestros sistemas agrarios y alimentarios, veremos cómo los agricultores y las agricultoras, ganaderos y ganaderas perderán cada vez más producciones. Esto tiene que ser una política de Estado, la adaptación de nuestro sistema alimentario para lo que ya está llegando y lo que está por llegar, y que afectará directamente a nuestra seguridad alimentaria y a las personas que viven en el medio rural”, concluye Moreno.
Demandas de Greenpeace en el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos
Para reducir esa pérdida y desperdicio de alimentos, que supone una gran huella ambiental y un lastre social y económico, Greenpeace reclama:
- Reducir la pérdida y desperdicio de alimentos a la mitad para 2050, y de esta manera, reducir las emisiones y la huella ambiental asociada a este despilfarro de comida.
- Garantizar la transparencia y la publicación periódica de datos sobre toda la cadena alimentaria. El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación y las comunidades autónomas deben disponer y hacer públicos datos comparables, actualizados y desagregados sobre volumen, origen, causas y evolución de las pérdidas y el desperdicio de alimentos, desde la producción primaria hasta el consumo. Esta información debe permitir identificar los puntos críticos y diseñar medidas eficaces de prevención.
- Impulsar la transición hacia un modelo alimentario más sostenible, justo y resiliente desde la producción al consumo, que permita producir alimentos de calidad, en cantidad suficiente y respetando los límites ambientales y sociales, garantizando condiciones justas para quienes producen los alimentos y reforzando la capacidad de mitigación y adaptación del sistema alimentario frente a la crisis climática y la pérdida de biodiversidad.











